el callejero

El hombre de las cien tribus

Alberto Usó está a punto de cumplir 70 años, 50 de ellos viajando al "tercer mundo" para retratar a los indígenas y establecer puentes para ayudarles económicamente

15/03/2020 - 

VALÈNCIA. Alberto Usó (Castellón, 1950) no tarda ni un minuto en matizar que él no es un aventurero, un misionero, ni un médico. Él solo es un viajero que ha recorrido 32 países de lo que él llama Tercer Mundo -eso de países en vías de desarrollo le parece un eufemismo-. No le interesa, en cambio, la cuenta de los que ha visitado en Occidente. Mientras la mayoría de la gente intenta conocer las grandes capitales del planeta -Nueva York, Londres, París, Berlín, Tokio...-, Alberto siempre tira hacia el Sur. “Si me das a elegir entre un hotel de seis estrellas con balneario o quince días en el Sahara, yo me voy al Sahara. Y eso que habré bajado ya más de veinte veces...”.

Aunque, en realidad, Alberto sí es un aventurero y sí tiene algo de misionero. Lo primero lo demuestra el hecho de que ha retratado algunas tribus que muy pocos más han logrado captar con sus cámaras. Lo segundo, entendido desde la vertiente caritativa, se adivina al escuchar que tiene tres niñas apadrinadas en Nepal y dos chicas y un chico en Etiopía.

Su bondad te aplasta las costillas en plena crisis del coronavirus. Le dan igual las recomendaciones y que pidas lavarte las manos antes de saludar: en cuanto te has descuidado, te atrapa con un gran abrazo de oso. “Yo es que soy de abrazos”, dice con una amplia sonrisa. La que no se le borra ni cuando cuenta que le han quitado medio riñón, medio pulmón y medio testículo. Nada la frena y recién llegado, como quien dice, de Etiopía, ya está pergeñando su siguiente expedición. “Yo organizo siempre los viajes. Ahora estoy barajando entre Cuba, Libia o Namibia y Botsuana. Luego reúno un día a los amigos, se los expongo y entonces me van poniendo pegas por gustos, dinero o fechas. Y al final decido yo el destino y el que puede, se viene”.

Alberto dejó de trabajar a los 55 años. Pero antes se partió el lomo. Literal. “Mi padre estaba inválido y yo era el mayor de tres hermanos y tenía que trabajar para llevar un jornal a casa. Hasta los 30 trabajé como un burro, haciendo planos de casas en tres turnos: de 8 a 15 horas, de 15 a 19.30, y de 19.30 hasta las dos de la mañana. A los 30 años tenía la espalda destrozada. Entonces cambié de profesión: seguí coordinando obras con un sistema innovador, que entonces no existía en España, trabajar a precios netos y darle los descuentos al propietario. Ahora está de moda y se llama project manager”.

Siempre fue un tipo audaz. De adolescente le gustaban las montañas y las cuevas. “Primero empezamos por las cuevas de aquí y luego nos fuimos a por las de Canarias. Después nos metimos en las de San José (en la Vall d’Uixó). Cuando entramos nosotros tenían 650 metros y cuando salimos, dos mil. Descubrimos cuatro sifones y eso que no teníamos ni idea de bucear, pero a los 19 años eso no te frena y cuando salimos habíamos descubierto un kilómetro y pico de galerías. Yo, que sabía dibujar, hice la topografía de las cuevas”.

Con los picos les pasó algo similar. Primero hollaron los de España, luego se fueron a por el Cervino (4.478 metros) y el Mont Blanc (4.810), el coloso alpino. Y, alcanzado el techo de Europa, llegó el momento de los Andes. “Con 24 años nos fuimos a Ecuador, a subir volcanes, como el Cotapaxi, el más alto del mundo (5.897). Y al año siguiente, volvimos a Perú. Y al otro, a Bolivia. Mi primera afición fueron las montañas y buscar selvas y gente”.

Los países más pobres, con regiones más ignotas, acabaron por atraparle. Allí desarrolló su pasión por la fotografía, su obsesión por retratar a la gente de cada lugar y su gusto por regresar y mostrar lo que había descubierto. “Muchos castellonenses veían así que había otros lugares en el mundo. Nosotros siempre fuimos los raros, los que no nos gustaba quedarnos en casa viendo el fútbol”. Ahora acaba de estrenar una exposición en Valencia, en las Cervezas del mercado de Colón, dedicada a las mujeres africanas.

Alberto fue recorriendo el mundo en busca de momentos únicos. Como la fiesta de los hermosos bororo, en Níger, donde más de cien jóvenes se engalanan, pintan su piel y lucen sus dentaduras marfileñas para ganarse el favor de las mujeres, que son las que eligen. O la celebración que se realiza el día del año que los monjes de un monasterio del Everest abren las puertas, se disfrazan, tocan trompas de seis metros de longitud y beben hasta perder el control. “De allí aprovechas y subes hasta el campo base, a 5.500 metros. Tienes que ir poco a poco. Si no hubiera hecho montañas de joven, no hubiera podido llegar”, reflexiona. O contemplar las pinturas rupestres del Tassili, en Argelia, “adonde tienes que llegar después de ocho horas de caminata echando las tripas en el desierto del Sahara”.

Este viajero castellonense ha llegado a las profundidades de Sudamérica, Asia y África. Pero el continente negro es su perdición. Namibia, Kenia, Tanzania, Libia, Egipto... Y Etiopía, su último destino. Allí se desplaza, en rutas en coche de más de un día, hasta el sur para fotografiar a las tribus que habitan, como en el Neolítico, en ambos márgenes del río Omo, que parte en dos el país con, durante años, un único puente en el norte. “Era como si, para ir a Tortosa, tuvieras que remontarte hasta Zaragoza para cruzar el Ebro. Y sin buenas carreteras”. El sur, explica Alberto, es “una zona salvaje y agreste donde viven varias tribus: las de la derecha del Omo son visitables, pero ariscas. Y ya no van con lanzas sino con AK-47. Las de la otra parte son salvajes que por la noche cruzan a robarles mujeres, niños y ganado. Si no, cambian vacas por Kalashnikov. Y al día siguiente, cabras por las balas. Nunca juntas porque saben que les dispararían en cuanto cayeran las armas en sus manos”.

Unas tribus resultan más asequibles. Otras menos. Y luego están los bume, que le costaron cuatro años y tres viajes hasta que los tuvo a tiro de su Nikon D700. “Los bume, que significa ‘los que nunca se lavan’, que lo sienten como un insulto y prefieren que les llamen nyangatom, ‘‘comedores de leones’. No llegué a ellos hasta el pasado mes de diciembre”.

Alberto Usó no viaja, hace miles de fotografías y se vuelve. Cada incursión atrapa un poco más su alma. En los últimos diez años ha ido cuatro veces a Etiopía. Todas ellas regresó a España pero su cabeza se quedó allí. Como cuando conoció a Kero, de la tribu hamer, un niña que le arrebató el corazón. “Estuve dos años pensando en ella y cuando volví me fui a buscarla preguntando por ella con una fotografía”. Kero tiene ahora 22 años y, gracias a Alberto, ha podido llevarse a cuatro de sus hermanos pequeños a un poblado mejor dotado. Alberto es dichoso y feliz pero sigue recordando el primer día que la vio vestida solamente con una piel de cabra que dejaba a la vista los pechos y la parte de atrás de su cuerpo. Y, aún así, ella salió corriendo en busca de unas sandalias porque le daba vergüenza que la viera descalza.

En la cuenca del Omo conoció también a un chiquillo desdichado, Elyas, de los karo, que cojeaba llamativamente desde que una furgoneta le pasó por encima y le hizo trizas la rodilla. A su regreso a Castellón, Alberto volvió a percatarse de que había entrado en su cerebro como un clavo. Y repitió la utopía de lanzarse por el sur de Etiopía preguntando por él sin más información que un retrato de Elyas con sus muletas. Volvió a lograrlo y hoy aquel niño es un joven de 22 años que después de prosperar en la escuela ha estudiado Turismo. “Es un hombre hecho y derecho que nunca para de reírse”, presume su benefactor.

Porque Alberto viaja y fotografía, pero también ayuda. Cada vez que vuela a Etiopía carga con 50 kilos de equipaje repleto de medicinas, ropa, mantas... Y, además, envía dinero -no podría entrarlo encima- a su amiga Bokolo para, cuando llegue, poder comprarle comida a su gente: sacos de sorgo, mijo, maíz... Sus fotografías le sirven para hacer exposiciones, para editar un libro titulado ‘Las últimas tribus del valle del río Omo’ o para regalárselas a los amigos y conocidos a cambio de la voluntad. Con lo que recauda, ayuda a causas concretas a través de oenegés, compra productos de primera necesidad que lleva él mismo en sus siguientes expediciones o manda su asignación a tres niñas que tiene apadrinadas en Nepal y a los tres de Etiopía. Porque después de Kero y Elyas ha conocido a una hermana pequeña de la primera. “Una niña que me tiene enamorado. Es diminuta y el último día me la encontré metida de cuerpo entero en mi bolsa, de la que solo asomaba la cabecita. Era su forma de decirme que quería venirse conmigo”.

Ese lenguaje no oral es su especialidad. Porque Alberto Usó no sabe una palabra de inglés, pero es experto en mímica. Así se ha comunicado por medio mundo. Con la ayuda de su libreta, donde anota palabras básicas como sol, luna o familia, otras más coloquiales como hola, gracias o guapa, o dibujos con los que averiguar que su amiga Bokolo necesita una vaca para arar la tierra.

Alberto ha subido durante su medio siglo de viajero empedernido hasta los 6.780 metros de altitud. Se ha colado por el cráter de los volcanes. Se ha sumergido por cuevas profundas. Y hoy, a tres meses de cumplir los 70, con medio riñón, medio pulmón y un testículo menos, mantiene insaciable su apetito viajero. Aún sueña con conocer una tribu de Australia o con subir a los volcanes del Chad. Y ya está preparando otro viaje a Etiopía, en diciembre. Esta vez toca el norte, para visitar las iglesias bajo tierra de Lalibela, pero, sobre todo, para subir el volcán Erta Ale, “uno que siempre tiene la caldera en ebullición”. Por eso hace un par de años se compró otra cámara, una Sony con 24 megapíxeles, el doble que su vieja Nikon, que encima puede grabar en vídeo las tripas del Erta Ale, donde se puede caminar sobre las capas de sus últimas erupciones, “una superficie donde parece que estés pisando un hojaldre”.

Tiene cierta prisa por ir a todos esos lugares. Y no por miedo al viaje final -“soy realista y sé que no pueden quedarme muchos años más”, expone- sino porque la globalización avanza sin freno. Al sur del río Omo, antes de desembocar en el enorme lago Turkana, han descubierto petróleo. “Y los estadounidenses ya están construyendo autopistas de cuatro carriles. Y, claro, las tribus les molestan”. Aunque primero llegó la amenaza de tres embalses, que sirve para “vender el agua a Egipto y la energía eléctrica a Sudán” pero que también está provocando que se seque el Omo. “Y sin agua ya me dirás qué futuro tienen las tribus”, augura Alberto, quien conserva el espíritu de aquel chaval que se sumergió en las cuevas de San José, aunque ahora pese treinta kilos más y te despida rodeándote con sus brazos y dándote palmadas en la espalda con unas manos como hogazas de pan.

 

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