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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

El rayo que no cesa

19/05/2019 - 

VALÈNCIA. Hace unas semanas comentaba con un amigo, el uso que se viene haciendo de un tiempo a esta parte del rayo que cruza la cara de Bowie en la portada de Aladdin Sane. Todo fue a raíz de un post que publicó en el que se veía el susodicho rayo también sobre los ojos y el hocico de un carnero, una descontextualización concebida esta vez como idea publicitaria. Cuando comentamos en privado el tema, la sensación compartida era de agotamiento. ¿Cuántos rayos de esos nos quedan por ver? O mejor dicho, ¿dónde nos encontraremos  esos rayos que quedan por caer en esta incesante e inofensiva tormenta? Intentamos buscar un motivo a esta obsesión. Finalmente decidimos que es mucho más sensato dejarlo correr y dedicarse a otra cosa.

Pero uno que tiene naturaleza obsesiva, no deja correr este tipo de asuntos. El otro día me crucé con una camiseta en la que se veía a la Princesa Leia marcada también por el rayo de las narices. Tuve una recaída filosófica. ¿De dónde venimos? ¿A dónde nos dirigimos? ¿Queda alguna parte del cuerpo en el que no se haya dibujado aún el rayo ese? ¿Algún ser vivo que aún no lo haya lucido? Entonces me acordé de que pertenezco a una generación que tuvo una relación infinitamente menos visual con sus fuentes culturales porque entonces sólo existía la prensa, el cine y la televisión para acceder a ellas. Ciñéndome al caso de Aladdin Sane, cuando ese disco apareció en 1973, en España ni siquiera fue publicado. Una vez Bowie se transformó en un fenómeno comercial, RCA hizo lo posible por explotarlo aquí también. Para ello se tuvo que renunciar a la portada abatible, que al abrirse mostraba a un Bowie desnudo y afeminado,  como si se estuviera ofreciendo a todo aquel que mirase. Los censores de Franco no iba a permitir semejante mariconada, así que la imagen voló del disco, como volaron tantas otras que atentaban contra la moral y el decoro de los fascistas que nos gobernaban.

En un mundo sin internet, ese tipo de imágenes –por ejemplo, el rayo- estaban restringidas a los aficionados a la música y poco más. Ni siquiera cuando Bowie se convirtió en una estrella, ya en los ochenta, existía esa conciencia colectiva acerca de la fuerza que emanaba de su imagen en casi todo lo que hacía. Lo mismo se puede decir con uno de mis fetiches favoritos, el plátano del primer disco de Velvet Underground. Me hace gracia recordar lo muchísimo que me costó –en esfuerzo y en dinero- poder tenerlo cuando hoy ese plátano aparece lo mismo en un llavero que en una funda de móvil que en una mochila. Devoto como soy del mundo de Lou Reed, Warhol y los Velvet, he tenido que aprender a vivir con esa descontextualización que, inevitablemente, también deriva en una cierta frivolidad. La banana pintada por Warhol es un elemento decorativo que queda muy bien tanto si quieres demostrar que tienes buen gusto musical como si lo que quieres es resultar tan chic como Kate Moss.

Otra cuestión que también suele encender a los seguidores es el uso que hace la moda del logotipo de los Ramones, convertido en un motivo para decorar camisetas. Camisetas que se ponen fans del grupo y también  gente que no tiene ni la más remota idea de quiénes son los Ramones y que, probablemente, tampoco va a hacer nada por averiguarlo. La moda se abastece de este tipo de iconografía y a mí eso me parece algo natural. Quizá llegue un día en que camisetas con la frase preferiría no hacerlo comiencen a proliferar y que gran parte de sus compradores sean personas que no saben quién es Bartleby. A otra escala, ocurre lo mismo con el diseño que Peter Saville hizo para la portada de Unknown Pleasures, el primer álbum de Joy Division. Una imagen que es también pasto de camisetas y que incluso ha llegado a estar impreso en la suela de unas deportivas de edición limitada. Se lanzan colecciones de prendas y complementos con motivos relacionados con ídolos del pop, como ha sido el caso de las series que Vans ha dedicado a distintas etapas de Bowie. O como cuando Converse sacó su colección con el famoso plátano de Warhol. ¿Por qué una cosa nos parece mal y la otra bien? A mí, personalmente, me cargan ambas cosas, no quiero llevar a Bowie ni a Joy Division ni a nadie que admire en los pinreles. Pero claro, yo soy un señor mayor tirando a cascarrabias.

Al final, después de darle muchas vueltas, y por más que me harte de ver rayos y más rayos pintarrajeados en las caras y los puntos más inauditos, he de asumir que esa categoría llamada pop –término que tanto nos gusta usar- implica este tipo de uso indiscriminado. Marilyn Monroe, Elvis, Bugs Bunny, el ratón Mickey, el logo de los Stones, Epi y Blas, Tiburón, el logo de Chanel, son imágenes absorbidas por la cultura popular que, a su vez, se ha visto elevada a la enésima potencia gracias a internet y las redes sociales. A quienes como yo y como otros millones más hemos crecido atentos a ciertos personajes y sus respectivas estéticas, nos llama la atención esa proliferación sin ton ni son. Pero si lo piensas bien, dicho uso está en la propia naturaleza de dichas manifestaciones. Me sigue pareciendo agotadora la proliferación de referencias al rayo de Bowie de la misma manera que me produce rechazo escuchar una y otra vez que saltaron todas las alarmas. Siempre será mejor la sobredosis de referencias visuales relacionadas con Bowie que las de otro tipo. Al menos sus raíces están situadas en la libertad para ser quien quieras ser. Puede que ni la importancia de los Ramones, ni el existencialismo de Joy Division ni la osadía de Bowie impregnen a quienes lucen indiscriminadamente dichos símbolos, pero en cierto modo, yo creo que es un triunfo, el punto de partida para poder incidir en algo que, de otra manera, sin esa sobreexposición, sería inexistente o estaría olvidado. Y en cualquier caso, yo creo que la responsabilidad de quienes conocemos el contexto de dichos símbolos, es hacer lo posible por divulgarlo precisamente por eso, para que al final no queden vacíos de su fondo y se conviertan únicamente en forma, en cebo de usuarios de IG que han descubierto que existe una renacer personal a través del exhibicionismo y la apropiación.

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