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memorias de anticuario

El renacer de un gran maestro llamado Antonio Fillol

13/12/2020 - 

VALÈNCIA. La gran historia del arte se compone muchas pequeñas historias entrelazadas. Una de ellas tiene que ver con la injusticia en forma de infravaloración, sino de olvido, de unos artistas en beneficio de otros. La consideración que tenemos de los creadores y su obra es el resultado un cúmulo de situaciones que en ocasiones no dependen objetivamente de la calidad e importancia de su arte, a veces no depende ni de ellos mismos. Hasta la llegada del inodoro de Marcel Duchamp, para situarnos gráficamente, las razones por las que un artista era valorado tenían que ver con características bastante objetivables, a parir de ese momento “crucial” en la historia del arte, todo estalla y todo puede ser posible. La apreciación del arte y su valoración social y de la crítica, así como su cotización, en muchos casos, ya no se ciñe a criterios de común aceptación y consenso.

La historia de Fillol era una de esas narraciones que nos temíamos que acabaría con un irremediable desenlace marcado por el olvido paulatino. Una injusticia más… pero parece que los astros se han puesto de acuerdo para que, en este otoño de la pandemia, la figura, gigante, de Antonio Fillol se haga presente de forma súbita y casi misteriosa, como la silueta del Mesías que emerge de la luz cegadora en su formidable obra Los amigos de Jesús.  Además de cumplirse el 90 aniversario de su fallecimiento en 1830, circunstancia que ha pasado desapercibida (cierto, tampoco es un centenario), sin quererlo se ha convertido en el artista que está en boca de todos, con ocasión de la exposición “Invitadas” que el Museo del Prado dedica a las mujeres y sus roles en el panorama artístico español, y que estará abierta hasta el día 14 de marzo. Paradójicamente, para un artista tan valenciano, tenía que ser “Madrid” quien lo rescatara. Una vez más, todo pasa por Madrid. Además, hace escasas fechas el ayuntamiento de València en el seno del programa de adquisiciones denominado Crida pel patrimoni del que he tenido el gusto de ser miembro del jurado, ha adquirido, entre otras, una obra de nuestro artista a la galería Noël Ribes. Para completar este otoño con nombre propio, este mismo jueves se ha presentado en el Colegio de Arquitectos de València con un lleno hasta la bandera, restricciones mediante, la reedición mejorada de la ya magnífica monografía del artista con el título Antonio Fillol, Naturalismo radical y modernismo. Un volumen que en su día se publicó con ocasión de la exposición que el ayuntamiento le dedicó en 2015. La obra se debe a dos especialistas en la materia como Javier Pérez Rojas y José Luís Alcaide, está magníficamente editada por la valenciana Ediciones ELCA, siempre comprometida con la cultura y el patrimonio, y el patrocinio para que esto sea posible, y esto me interesa recalcarlo especialmente, se debe a la fundación El Secreto de la Filantropía, un empeño personal de Luís Trigo. No es la primera vez, ni será la última, que hable de esta fundación, porque esta sociedad, especialmente la valenciana tan huérfana y escasa, hoy en día, de iniciativas así, necesita muchos Luís Trigo. En cuanto al libro les recomiendo encarecidamente su adquisición para ustedes o para regalarlo estas fiestas. El disfrute de sus imágenes y también la lectura del texto es total. Van a descubrir historias e imágenes asombrosas de un artista asombroso.  

La bestia humana

Advirtamos que el menosprecio de la figura de Antonio Fillol no se produce en vida de este pues fue reconocido popular y académicamente, recibió encargos y premios e impartió enseñanza. Nombrado director del por entonces relevante Círculo de Bellas Artes hoy tristemente desaparecido, era una figura considerada, y gracias su decidido carácter, logró sanear las cuentas de esta venerable institución, llevó a cabo una incesante actividad con conferencias de artistas y celebridades, conciertos de música clásica, programas formativos y hasta actividades benéficas.

El “infortunio” por llamarlo así de Antonio Fillol, no fue la de compartir su tiempo con un monstruo como Joaquín Sorolla, al que admiraba, sino quizás vino después cuando ambos, y otros tantos, nos dejaron, y su legado tuvo que abrirse paso en una sociedad post sorollista nada proclive a aceptar los incómodos temas que abordó en muchas de sus telas. Hoy Fillol, a pesar de las recientes buenas noticias, es todavía un pintor poco conocido hasta en la tierra que lo vio nacer cuando, paradójicamente, a pesar de tratar su pintura asuntos universales, los sitúa en un decorado profundamente enraizado en su contexto social y cultural. Fillol en su pintura nunca deja de ejercer de valenciano, pero todavía su entrada en la Wikipedia es exigua en renglones, como si de un pintor de tercera se tratara. Una mueca fácilmente descriptible me generó la semana pasada cuando un importante diario nacional, en una elogiosa crítica “especializada” lo rebautiza como “Albert Fillol” (sic) en dos ocasiones. Buena parte de sus obras permanecen en los almacenes de museos como en el caso del Prado, que hoy por hoy no se plantea ingresar ninguna de sus lienzos en las salas de la exposición permanente, y otra parte todavía no ha salido a la luz lo que nos plantea otros temas que no podemos abordar hoy, como la creación museos dedicados al siglo XIX y hasta las Vanguardias. Seguro que algún cuadro de gran formato como el desaparecido Revolución del que únicamente tenemos un boceto, quizás ande enrollado a saber dónde.

Los amigos de Jesús

Su dominio abrumador de las técnicas pictóricas y las complejas composiciones le podían, de haberlo querido, sin mucha dificultad, haberle llevado por el terreno de los temas amables y más decorativistas, con las evidentes consecuencias en su contabilidad personal. Pero su necesidad más profunda le llevó a plasmar en el lienzo los asuntos que más le preocupaban y que pasaban por la defensa de los más débiles a través de la denuncia. Una suerte de paralelismo a lo que Blasco Ibañez, amigo de Fillol, haría con parte de su obra.

Es por ello que, el arte de Fillol se valore principalmente por la temática de denuncia social, y es cierto que este fue uno de sus logros en unos tiempos en que una visión así es toda una rareza, pero es que Antonio Fillol era, al margen de este audaz y valiente compromiso social, un gran pintor. Un virtuoso de las composiciones complejas y de la narrativa como hay pocos casos en el panorama español. Podemos decir que tiene un componente cinematográfico por la cantidad de cosas que cuenta y cómo nos las cuenta. Maestro de la luz a través del claroscuro (Los amigos de Jesús pintado en 1900, La resurrección de la hija de Jairo de 1891, o Defensa de la choza de 1895), las texturas, el color… pero sobretodo de las puestas en escena, de la narración. Ni siquiera Sorolla, salvo en casos concretos, profundiza en esta faceta que lleva Fillol hasta sus últimas consecuencias. Maestro también de la elipsis antes del cine, pues una parte intelectual del cuadro que no aparece en la obra por haber sucedido antes o bien porque va a ocurrir inmediatamente después (El sátiro, de 1906, Después de la refriega de 1904 o la Bestia humana de 1897). Incluso los protagonistas del lienzo miran fuera de escena como en su magistral ¡A ese! (1894): el hecho central sucede más allá de los límites físicos del cuadro, pero Fillol confía plenamente en la inteligencia del espectador haciéndolo cómplice de la obra y permitiéndole completarla. 

Debo acabar con una nota personal. Como antiguo alumno de los Jesuitas, la lectura de la completa monografía me ha revelado que Fillol fue autor del diseño e ilustración, de corte claramente modernista, de la portada de varios números de la revista Auras de colegio, la revista que publicaba, y lo sigue haciendo, la Asociación de antiguos alumnos del colegio San José de Valencia. Para los curiosos en la monografía aparecen en sendas ilustraciones los números 24 y 36 de los meses de diciembre del año 1919 y 1920. Dos preciosas y evocadoras portadas con la silueta del antiguo colegio de la Gran Vía Fernando el Católico con el antiguo cauce del Turia, que nos sirven también para concluir que, en este caso, hemos ido claramente a peor. Nunca es tarde si la dicha es buena y Fillol merece su segunda y definitiva oportunidad. 

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