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LA LIBRERÍA

Ensayando el tiempo con el físico teórico Carlo Rovelli y el filósofo Arthur N. Prior

Nuestra mortalidad nos obliga a tratar de entenderlo, pero el tiempo, lejos de dejarse ver, parece estar disipándose con las nuevas teorías en torno a su naturaleza hasta el punto de estar al borde de la extinción

15/04/2019 - 

El tiempo va a desaparecer, porque en realidad, cuando el reloj corre, lo que mide no es el tiempo. No, no es el tiempo. De hecho todavía no nos hemos puesto muy de acuerdo acerca de una pregunta tan esencial como qué es el tiempo. O incluso si verdaderamente existe. Sabemos que cambiamos, que envejecemos. Pero el sueño va sobre el tiempo volando como un velero, y ese océano sobre el que se mueve a veces parece muy cierto, y en otras ocasiones, solo un efecto de la percepción humana. ¿Viene el futuro hacia nosotros, o vamos nosotros hacia el futuro? ¿Cuánto dura el presente? ¿Dónde está todo lo que ya ha pasado? Por lo que sabemos, que es bien poco, el desplazamiento solo se produce en una dirección, mal que nos pese. Cuanto más sabemos sobre el tiempo, más endebles se vuelven nuestras convicciones al respecto. Al explorar el cosmos de lo minúsculo, el tiempo desaparece, se vuelve irrelevante en las explicaciones de los fenómenos. Creemos medir el tiempo, pero en realidad lo que hacemos es poner en relación unos ciclos con otros y emplear esa relación a modo de guía tal y como nos enseñó Galileo cuando descubrió que las oscilaciones de un péndulo tenían siempre la misma duración midiendo la misma con sus latidos. Pero, ¿descubrió eso exactamente? ¿Cómo sabía Galileo que sus pulsaciones tenían siempre la misma duración?

De todos los cuerpos espaciales que conocemos hasta la fecha, los agujeros negros son los que menos encajan con nuestra forma de concebir la realidad: casi todas sus propiedades son antiintuitivas para nuestros cerebros de primate evolucionado solo hasta cierto punto. Durante los primeros momentos del hecho, la teoría parece sencilla: una estrella colapsa y comienza a condensar materia desarrollando un poderoso campo gravitatorio que atrae hacia sí y engulle todo lo que se le pone a tiro. A partir de ahí, la cosa se complica: la estrella se convierte en un sumidero que no deja escapar ni siquiera la luz. El problema es que un sumidero, según teníamos entendido, es un canal que desciende, pero el agujero negro comienza a caer hacia sí mismo profundizando más y más en la caída y acumulando y concentrando cada vez más materia engullida que no sabemos muy bien dónde va a parar ni en qué condiciones; su densidad se vuelve infinita, la distorsión que practica a su vecindario estelar, también, y también se vuelve infinitamente difícil de comprender lo que el agujero negro hace con el tiempo, que se ralentiza hasta parecer que se detiene. ¿Qué significa eso, y cómo puede ser? Por ahora es algo que escapa a nuestro conocimiento, aunque creemos que ocurre así. Pero no hace falta irse hasta un agujero negro para llenarnos de asombro, porque podemos visitar una librería y comprar el último libro del físico teórico Carlo Rovelli, ¿Y si el tiempo no existiera? -HerderEditorial, traducción de María Pons Irazazábal- y obtener así una nueva dosis de la fascinación que ya nos generó el autor con El orden del tiempo -Anagrama-. En esta ocasión Rovelli dedica algo más de espacio a lo personal para llegar después a sus ideas respecto a la gravedad cuántica y a la conclusión que da título ala obra: el tiempo no existe, el tiempo no transcurre por sí mismo, lo que existen son las relaciones entre objetos, nada más. Cambios respecto a otros cambios. Galileo, Galileo.

No nos vayamos de la librería sin pedir los Ensayos sobre filosofía del tiempo de Arthur N. Prior que publica Alpha Decay traducidos por Ignasi Mena, que si bien revisten una mayor dificultad casan muy bien con Rovelli para una experiencia intelectual intensa. Vivimos en un universo en el que entre lo que nos parece y lo que es existe un abismo, lo cual, por extraño que resulte, no nos incapacita para funcionar con normalidad: es como si desarrollásemos nuestras vidas sobre una máscara, pero una máscara capaz de cubrir casi todas nuestras necesidades básicas. Con las leyes de Newton podemos mandar misiones hasta Marte, aunque luego esas leyes no tengan validez ni sentido al mirar el universo en detalle. Cuando rascamos en la superficie de la apariencia, todo se complica y se vuelve radicalmente distinto. En la primera página de estos ensayos, Prior se pregunta si realmente el tiempo fluye, si realmente pasa, si en caso de que el tiempo fluya no debería existir un supertiempo sobre el que lo hiciera, para a continuación advertir que la propia idea del fluir del tiempo es solo una metáfora que empleamos para poder asirlo y más que domarlo, acariciarlo con la punta de los dedos.

La verdad es que en el fondo, siempre lo hemos intuido. Nunca nos hemos creído del todo que el tiempo fuese algo. Pese a su desenlace fatal, el tiempo ha sido para los mortales más la consecuencia que la causa, aunque podamos pensar lo contrario: hemos creado el tiempo para explicarnos la caducidad, porque como decía Artaud, vivir es arder en preguntas. “Nosotros nunca medimos el tiempo, lo que hacemos siempre es medir variables físicas A, B, C... (oscilaciones, latidos, curso del Sol, y muchas otras cosas), y comparamos siempre una variable con otra. Por tanto, medimos las funciones A(t), B(t), C(t), etc. Esto sigue siendo cierto hoy. Los relojes más sofisticados están basados en fenómenos cíclicos (la oscilación energética de un átomo de cesio, por ejemplo) cuyo número de ciclos se cuenta. Estos son mucho más estables y precisos que la oscilación de un péndulo, o que el ritmo cardíaco, pero se trata siempre de fenómenos naturales que se cuentan, y no del tiempo mismo”, afirma Rovelli. Quizás el problema no sea solo de índole física: una de sus aristas tiene que ver con el lenguaje, con sus límites y lo que nos hace dar por hecho. Como si el lenguaje no fuese un reflejo de nuestra realidad y no la realidad misma. Arriba o abajo no significa nada de forma permanente. Abajo solo es hacia donde algo cae. De la misma manera antes y después son referencias que no tienen sentido cuando explicamos los ladrillos mínimos de la existencia: es decir, el todo. Por tanto, y volviendo al principio: no es que vaya a hacerlo. Es que el tiempo ya ha desaparecido.

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