LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Recuerdos musicales de la cosecha del ‘79

14/07/2019 - 

VALÈNCIA. Como las efemérides son ya uno de los grandes ejes del periodismo, suelo hacerme listas con cosas que cumplen años. Acontecimientos, discos, fallecimientos, personajes. Da la sensación de que el futuro interesa muchísimo menos que el pasado y en cierto modo me parece lógico, que no apetecible. Lo que vemos cuando miramos hacia atrás nos ofrece seguridad porque ya lo hemos vivido. Sabemos qué es y de qué se trata. Nos une a momentos concretos en los cuales, desde el presente, nos recordamos más felices de lo que somos ahora. Idealizamos el pasado cosa mala y supongo que es inevitable. Vivir el presente es una tarea cada vez más extenuante y posiblemente eso le reste posibilidad de disfrute. Por eso gustan tanto las noticias basadas en las efemérides. Se cumplen 40 años del estreno de tal película. El disco aquel cumple 30 años. Feliz cumpleaños a fulanito, que aunque lleva décadas muerto, nació en un día como este. Recordar es una buena oportunidad para prestarle atención a cosas a las que le prestamos atención en su momento. También sirve para hacerse el impostor y clamar a voz en grito –ahora que la información viene servida en bandeja a domicilio y el riesgo de hacer el ridículo es mínimo-, sí, sí, cómo me gustaba a mí este disco, qué fan era yo de aquel grupo aunque cuando vino por primera vez a Valencia ni me enteré. Cuanto más viejo más mola. Más prestigioso, más importante y todo esos adjetivos que ahora apenas se escuchan porque con decir mítico ya está.

Cojo mi lista de efemérides. Busco discos viejunos cuyo aniversario –certificación de antigüedad, diría yo- esté más o menos próximo al verano. Repaso álbumes que aparecieron en 1979, los cuales puedo decir que viví como parte de mi cotidianeidad, porque los de 1969 me vinieron dados. Sólo tenía 6 años cuando The Stooges sacaron I Wann Be Your Dog y tampoco creo que fuese un disco con mucho calado en España y menos aún en mi ciudad. En cambio, la cosecha de 1979 me pilló deseoso, hambriento de novedades y originalidad, de asuntos que no se parecieran demasiado a lo que le gustaba a los más mayores. Podría decir exactamente lo mismo de la añada musical alternativa que hubo en 1978, pero entonces la efeméride no saldría redonda, así que para esta ocasión me quedo con 1979. Lo que ocurrió en 1977 me pilló por sorpresa. Un año después seguía intentando cogerle el paso al asunto. Pero la llegada de 1979 me halló alerta, conscientemente maravillado, más que sorprendido, al ver todas las mutaciones que la música estaba sufriendo. El pop cambiaba conmigo, como si estuviese regresando a su adolescencia en un viaje inverso al mío. La sensación era arrolladora. Florecía eso a lo que ahora se recurre tanto, la etiqueta del postpunk, que yo creo que entonces no era más que un recurso de la prensa especializada extranjera. Postpunk era todo lo que pasaba en aquellos meses después del punk, después de la new wave, aquel cruce de caminos sonoros en los que todo era posible.

Miro la lista de marras y veo que en junio de aquel año The Cars sacaron el prodigioso Candy-O, con aquella portada de Vargas que hoy ya no se podría usar y que seguramente ha dejado de gustarle a más de un seguidor del grupo. Más allá de las polémicas sobre posible sexismo, Candy-O era una obra triunfal, la apoteosis de un grupo que dominaba las melodías e incorporaba los nuevos sonidos sintéticos al eje básico del rock: guitarra, bajo y batería. Todo lo que sonaba a promesa de futuro, a la inminencia de ese mañana que se nos prometía desde la ciencia ficción, sonaba delicioso. Por eso también fue una catarsis la llegada del primer disco de los B-52’s. En el mundo civilizado apareció el 6 de julio de aquel año. Aquí llegó meses más tarde, así que nos perdimos la alineación planetaria que supuso el recibir ese disco tan veraniego en pleno verano. Bueno, un disco así te cambia la vida llegue en verano, en navidades o en Fallas.

En junio de 1979 también salió el primer disco de Joy Division. Nunca me llamaron excesivamente la atención hasta Love Will Tear Us Apart. Los discos aparecieron aquí con bastante puntualidad gracias al sello Edigsa, que incluso se preocupó de respetar el cartón rugoso de la portada inglesa de Unknown Pleasures. Pero se ve que los diseños neoclásicos de Peter Saville me predisponían en contra de aquella música, que se me antojaba sombría de un modo poco atractivo, tanta estatua de cementerio y tanto grabado en mármol. Remi Carreres y José Luis Macías eran de los que acudían a Harmony a comprar discos como aquel, y allí teníamos un par de sencillos de Joy Division de importación que se morían de asco hasta que llegaron ellos. Yo era más de PiL. Metal Box salió ese otoño. Llegó a Harmony en su lata metálica, como si fuera una película, con aquella música hermética tan obstinadamente alejada de los parámetros del rock. Eso ponía de mal humor a gente que había disfrutado con los Sex Pistols. Sí, en realidad la intención, también era esa.  Hubo un disc jockey –no de la primera división- que se llevó un ejemplar para ponerlo –eso decía él- en una discoteca hoy considerada hoy como el big bang de la modernor localDos días después lo devolvió.

Otro disco de ese verano – a mí me llegaría en otoño- fue el Fear of Music de Talking Heads. Sobre este no me extiendo porque quiero dedicarle un artículo para él solo. Así que cerraré con Eat To The Beat, de Blondie, que salió en octubre pero que estuvo antecedido por Dreaming. Como con Debbie Harry nunca consigo ser objetivo –y eso que es única a la hora de mancillar su aura-, diré que a mí este disco me gusta mucho, más allá del debate de si marcó o no el comienzo de su declive. Un disco que tiene una canción como Atomic es un disco con inmunidad diplomática, bula papal y pase access all areas de mi vida. A menudo me pregunto si ‘Atomic’ no fue una de  las fuentes de inspiración del ‘Blue Monday’ de New Order. En aquella época nadie metía guitarras a lo Morricone en temas pop y menos aún, en tema dominados por secuenciadores a lo Moroder. Es la típica cuestión sobre la que podría pasarme reflexionando todo mi tiempo de vacaciones. Lo digo muy en serio. Yo solito puedo tener una conversación con este tema como la que abre Reservoir Dogs. Es lo que decía antes acerca del pasado, de la utilidad de las efemérides y de lo bien que vienen para olvidar una actualidad que cada vez resulta más insultante.

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