Un símbolo de la panadería artesanal en Castelló: el Forn Adell atesora una tradición con más de 150 años

CASTELLÓN

El emblemático y singular comercio, desde 1875 en la calle Alloza, despacha también cocas, rosquilletas o bollería

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CASTELLÓ. Los hornos de pan tradicionales componen una pieza indivisible de la memoria colectiva de las ciudades. En este sentido, más allá de su función comercial, los establecimientos constituyen pequeños refugios donde el tiempo parece haberse detenido y donde cada detalle —el olor a leña, el calor de la boca del horno, la harina suspendida en el aire o el sonido de las palas de madera— impregna el ambiente y remite a otra época. En la actualidad, dentro de un contexto marcado por la producción industrial y el consumo acelerado, los negocios conservan una forma de trabajar que apenas ha variado durante generaciones. En Castelló, todavía persisten esos símbolos cotidianos, capaces de conectar el presente con el pasado. Entre ellos sobresale el Forn Adell, ubicado en el número 58 de la calle Alloza, un comercio que desde 1875 elabora pan y bollería artesanal y que representa uno de los testimonios más longevos del oficio panadero en la capital de la Plana.

Precisamente, la historia del horno se entrelaza con la de una misma familia durante más de un siglo. De esta manera, aunque existen documentos que constatan la actividad del establecimiento desde finales del siglo XIX, la actual saga comenzó cuando Alfredo Adell empezó a trabajar en él en 1915 y, apenas tres años después, asumió la propiedad del negocio. Más tarde tomaron el relevo su hija, Fina Adell, junto a su marido, Manuel Fuentes, hasta que la responsabilidad recayó sobre Manuel Fuentes Adell, tercera generación al frente del establecimiento junto a su mujer Raquel Ferragut. "Crecer en el negocio familiar es duro porque tienes que trabajar por él, pero también aprendes muchas cosas. Cuando se jubilaron mis padres, tuve que decidir si continuar o no, y decidí hacerlo", recuerda. La decisión ha permitido mantener viva una tradición que ha atravesado guerras, crisis económicas y profundas transformaciones sociales sin abandonar la esencia que convierte al horno en uno de los referentes de la panadería artesanal castellonense.

De abuelos a nietos: una evolución de la mano de los clientes

A lo largo de las décadas, la oferta y el perfil de los clientes que cruzan cada día la puerta del establecimiento también han virado progresivamente. A tal efecto, el pan en todas sus formas permanece como el producto más demandado, aunque con el paso del tiempo la variedad se ha ampliado con especialidades que afianzan la identidad del Forn Adell, como las cocas de tomate, cebolla o espinacas, además de las rosquilletasrotllos, magdalenas o la bollería tradicional. Sin embargo, existe un elemento que apenas se ha modificado: la fidelidad de la clientela. "Tenemos clientes de toda la vida; antes venían sus abuelos, después sus padres y ahora vienen sus hijos", explica Manuel. La continuidad convierte el horno en un espacio donde varias generaciones comparten recuerdos ligados al mismo mostrador, mientras el establecimiento se ha adaptado paulatinamente a los nuevos hábitos de consumo sin renunciar al carácter artesanal que lo distingue.

  • La historia del horno se entrelaza con la de la familia Adell durante más de un siglo. -

Al detalle, detrás de cada barra u hogaza de pan se engrana una rutina diaria que comienza cuando buena parte de la ciudad duerme. Así, la jornada arranca poco después de la una de la madrugada con el encendido del horno de leña, un proceso que marca el ritmo de todo el trabajo posterior. Mientras el combustible quema, la masa se prepara, se elaboran las piezas de pan y, una vez alcanza la temperatura adecuada, comienza el horneado. Después llega el turno de los pastissets de boniato, los rollitos o las magdalenas que completan la producción diaria antes de abrir las puertas al público. "Mantener un negocio así supone sacrificio y muchas horas de trabajo. El horno de leña requiere todavía más dedicación, pero forma parte de nuestra manera de entender el oficio", señala. Aunque parte de la maquinaria se ha modernizado inevitablemente con el paso de los años, el establecimiento apuesta por materias primas de proximidad, como las harinas suministradas por Harinera Segorbina, para elaborar un producto "totalmente natural y artesano".

El cruce del umbral como un viaje hacia otro tiempo pasado

Asimismo, el compromiso con la tradición se percibe en aquellos que descubren el establecimiento por primera vez. La acción de cruzar la puerta del Forn Adell supone un viaje en el tiempo hacia siglos pasados, encauzados por un pasillo que desemboca en la zona de venta y el horno en la parte posterior. "La gente siente que se traslada en el tiempo, aunque para nosotros sea el día a día", comenta su propietario, que también destaca la respuesta constante de la clientela durante años. Además, en etapas anteriores, el negocio contó con un segundo punto de venta en la calle Vera, regentado por la madre de Manuel Fuentes Adell y una de sus hermanas, aunque actualmente concentra toda la actividad en el histórico local de Alloza. La combinación entre tradición, calidad y cercanía ha permitido apuntalar una relación de confianza con varias generaciones de castellonenses.

  • La tradición, calidad y cercanía apuntalan una estrecha relación de confianza. -

No obstante, el futuro plantea los mismos interrogantes que afrontan numerosos oficios tradicionales. El principal desafío estriba en garantizar el relevo generacional en una profesión exigente, marcada por horarios poco habituales y una elevada dedicación diaria. Pese a ello, Manuel Fuentes Adell observa motivos para el optimismo. "La panadería tradicional continuará porque la gente cada vez busca más un pan de calidad y artesanal. Quizá vaya a menos porque cada vez hay menos personas dispuestas a asumir este tipo de trabajo, pero ocurre igual con otros oficios tradicionales", reflexiona. En definitiva, después de más de un siglo y medio de historia, el Forn Adell representa más que una panadería: constituye un pequeño patrimonio cotidiano de Castelló, un lugar donde la tradición sale cada madrugada del horno envuelta en el aroma del pan recién hecho.

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