Imanol Arias: "No he parado de trabajar y eso me permite quitarme el tormento de pensar qué huella dejas"

Entrevista

CULTURA

El actor visita este 21 de octubre Onda junto a María Barranco para presentar 'Mejor no decirlo'

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CASTELLÓ. Imanol Arias y María Barranco acude este 21 de octubre a Onda para presentar 'Mejor no decirlo', una comedia sobre los secretos, las verdades y los silencios de la vida en pareja que huye de los tópicos para invitar al espectador a reírse de sus propias contradicciones. Castellón Plaza ha charlado con el actor, quien a sus 70 años atraviesa un buen momento personal y profesional y mantiene la serenidad que le permite seguir disfrutando sobre los escenarios.

-'Mejor no decirlo' aborda la comunicación y los silencios en la pareja. ¿Cómo se construye una comedia a partir de algo tan cotidiano sin recurrir a los chistes fáciles?

-La obra trata de una pareja que llevan quince años junta. Para un matrimonio francés es muchísimo; para nosotros, no tanto. Descubren que se aman profundamente y llega un momento en que deciden que, precisamente porque se quieren tanto y tienen ya una edad, deben hacerlo todo juntos. En lugar de compaginar sus trabajos y sus amistades para reservarse momentos privados, consideran que tienen que compartirlo todo. Y, en ese empeño, hablan continuamente. Para ellos, esas conversaciones son algo sanador. Tampoco están ya en una edad como para hacer otros esfuerzos de manera continuada, ¿entiendes? En ese ir y venir, estando siempre uno al lado del otro, se preguntan constantemente qué les parece esto o qué opinan de aquello.

-¿La trama nace de esa necesidad de hablarlo todo?

-Sí. A partir de ahí se construye esta pieza tan inteligente que ha escrito Salomé Lelouch . Se nota la mirada femenina, la importancia que concede a las palabras, a las definiciones y a los temas. Se abordan cuestiones como el aborto, la gestación subrogada o la libertad de una persona para no tener que definir su sexo. Además, todo se plantea desde dos posiciones vitales diferentes, incluso opuestas, pero no porque los personajes se empeñen en discutir, porque discuten bien poco. Lo que ocurre es que cada uno tiene una historia personal con respecto a la verdad. Ella, el personaje de María Barranco, es una bomba de sinceridad, talento y belleza. No tiene prejuicios. Él, en cambio, es un hombre al que algo que le sucedió en la vida le ha llevado a comportarse como un editor de Harper's Bazaar, es decir, va siempre con mucho cuidado. Lleva treinta años arrastrando una mentira que afecta a su familia, y eso lo convierte en una especie de payaso blanco con nariz roja. Mira, ella sería Fofó y él, Miliki.

-La obra avanza a través de conversaciones y confesiones. ¿Qué relación se establece con el espectador?

-Empiezan a suceder cosas y los personajes van exponiendo sus opiniones y sus dudas, siempre en relación con su propia historia y con su pareja. Se produce una especie de conversación matrimonial en la que el espectador siente que está en la cama con ellos, escuchándolos. Eso es maravilloso porque les permite reírse de sí mismos, contradecirse y disfrutar. Esa es la propuesta que llevamos a escena. Y también determina nuestra manera de hacer la función. No hace falta cambiar ni una sola letra. Son los espectadores quienes nos dan el ritmo. Hay gente que se ríe durante mucho tiempo y no le importa perderse el comienzo de la frase siguiente. Otros se ríen brevemente porque no quieren perderse nada. Ese es el mecanismo de este aparato teatral.

-¿Cuántas funciones llevas ya a tus espaldas?

-Mi experiencia con esta obra viene de lejos. Estuve un año entero representándola por Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay. Desde que empezamos aquí, en octubre de 2025, llevamos unas 150 funciones. En la gira americana hicimos cerca de 300.

-¿Cómo consigues que tantas funciones no se conviertan en una rutina?

-La ciencia y la ortodoxia teatrales, en todos los géneros, apuntan que la repetición es lo que permite sostener una realidad en escena. Y esa repetición se basa en la escucha, en no tener ya en la boca la frase siguiente sino en recibir, dar, recibir y dar. Había una gran actriz uruguaya, China Zorrilla, una de las más grandes que he visto junto con Norma Leandro, Marisa Paredes o Nuria Espert. China decía que no hay que lanzar la frase al patio de butacas, sino dejar que se te caiga de la boca al escenario, como cuando se te cae una cascarita, y permitir que sea el espectador quien vaya a recogerla, porque eso es lo que le gusta. Cuando no tienes que lanzar la frase, la repetición te permite reconstruir esa especie de vasija de barro. Después de cada función, ¡pum!, la aplastas, la humedeces un poco y la tapas con un trapo. Y al día siguiente vuelves a empezar.

-Además, con María Barranco al lado imagino que es difícil caer en la rutina.

-María tiene un talento enorme y una gran ventaja, que es muy técnica. Cuando recibió la función el texto estaba adaptado a determinados giros y formas de hablar de Argentina y pudo proponer que se incorporaran o transformaran algunos pasajes para adaptarlos mejor a España. Se hizo desde su punto de vista y la experiencia fue maravillosa.

-¿En tu caso no fue así?

-No, porque en Argentina yo interpretaba el papel como español. Así que, cuando se hicieron esos cambios que propuso María me encontré con un texto que parecía el mismo, pero era nuevo. Era como trabajar con otro director, aunque no lo hubiera. Está siendo una experiencia muy reconfortante. Te diré que llenar siempre las salas te lleva a hacerte una pregunta. ¿Es tan floja y tan sencilla la obra que se llena porque al público le gusta más el teatro comercial?

-No es una mala pregunta, Imanol.

-Bueno, en este caso concreto puedo decir que no. Creo que estamos llenando las salas gracias al boca a boca. Llevamos ya 150 funciones con todo vendido.

-¿Qué encontraste en este texto para decidirte a embarcarte en el proyecto?

-Venía de hacer teatro durante varios años, incluso en una etapa en la que lo compaginaba con 'Cuéntame'. La adaptación de 'El coronel no tiene quien le escriba', de García Márquez, y 'Muerte de un viajante', de Arthur Miller, fueron proyectos que me ilusionaron mucho. Este último lo trabajé con Rubén Schumacher, uno de los grandes montadores de la obra de Miller en América Latina. Aprendí muchísimo de teatro, aunque fue un proceso que me hizo caer varias veces. Antes del estreno tuve que pasar incluso por una especie de dinámica del sueño, porque estaba llegando a un punto en el que me volvía loco.

-¿A estas alturas de tu carrera todavía hay obras capaces de ponerte contra las cuerdas?

-Sí. Hay obras, como esa, que te confrontan contigo mismo como actor. Empecé entonces a ilusionarme con la idea de no limitarme a recibir trabajos, sino de proponerlos. En ese momento me llamó el productor con el que siempre había trabajado en Buenos Aires y me habló de esta pieza de Lelouch, de la generación de Yasmina Reza, y me propuso hacerla. Lo mejor de todo es que me ofreció interpretarla con Mercedes Morán, a quien conozco desde que era muy joven. He visto todos sus trabajos y me pareció un regalo. Así que me entregué al proyecto.

-¿No dudaste en hacer las maletas y marcharte a recorrer América con la obra?

-Acababa de terminar el rodaje de 'Cuéntame' y la gira de 'Muerte de un viajante'. Tenía tiempo suficiente y, además, atravesaba un momento en el que, por decirlo de alguna manera y sin entrar en detalles más escabrosos, quería alejarme un poco del ruido. Se acercaba una etapa difícil de mi vida que tenía que resolver. Pensé que era el mejor momento para empezar esta maravillosa aventura, que duró siete meses en Buenos Aires. Después vinieron Montevideo, Santiago de Chile, Asunción... Y, cuando ya no había más visados posibles, tenía que decidir si me quedaba allí o volvía. Regresé y busqué la manera de traer la obra a España.

-Salir de gira por las provincias tiene fama de ser agotador. ¿Tienes algún método para sobrellevarlo?

-Tengo una deformación profesional porque conocí a Juan Echanove cuando era muy joven. En 1992 hizo una gira larguísima con 'El cerdo' y se dedicó a elaborar una especie de tratado filosófico y vital sobre las cosas que funcionan cuando estás de gira. Decía que hay que alojarse en un hotel que te puedas permitir, sin pasarte, pero tampoco quedándote corto. Que hay que dedicar el resto del día, hasta la hora de la función, a estar bien, pasear, conocer la ciudad y comer. Y, dentro de tus posibilidades, comer en el mejor sitio. Me he tomado su tratado al pie de la letra. Busco un buen restaurante, sin excederme porque no hago comidas copiosas; después paseo por la ciudad, escucho hablar a la gente, descanso media hora y, antes de la función, empiezo a repasar el texto como si fuera un padrenuestro. Para mí no es nada pesado.

-Aunque el cuerpo también tendrá sus límites. ¿No acabas agotado?

-Claro que me canso. Si hago funciones de jueves a domingo, cuando llego a casa me quedo sin salir y duermo para recuperarme. A mi mujer y a mis hijos les hace mucha gracia porque normalmente soy muy activo. Me gusta estar en casa, pero cocino y hago cualquier cosa antes que quedarme parado. Así que, cuando vuelvo tan cansado de la gira, les resulta chocante y me dejan dormir todas las horas que haga falta.

-¿Sigues disfrutando del escenario?

-Me lo paso bien en las funciones. Tengo ya 70 años y para mí es un privilegio poder hacerlo y estar bien físicamente. Eso sí. Te tengo que confesar que estoy un poco obsesionado con lo de estar bien. De hecho, a veces me digo que no he de caer en lo de tomarte todos los suplementos que te dicen porque un día me voy a reventar el hígado. Pero, en fin, lo paso bien. 

-Hago un repaso a tu trayectoria y es inevitable recordarte como el Lute o en 'Anillos de oro', 'Brigada central', 'Tiempo de silencio', 'Cuéntame'… ¿Has parado alguna vez?

-He tenido un enorme privilegio y no he tenido parones. He pasado temporadas fuera de España, pero siempre trabajando. Además, pertenezco a otra época del teatro, el cine y la televisión. Al principio hice rodajes cinematográficos para series muy importantes que, como solo había una cadena, llegaban a veinte millones de espectadores. Algunas son las que has mencionado. Trabajaba continuamente, aunque era bastante selectivo. Rodaba dos películas al año. En aquellos años de juventud vivía con lo justo, con una línea de crédito en el banco. Presentaba una película en mayo, terminaba de cobrarla en diciembre y reponía lo que había gastado. Como te digo, no he parado de trabajar. Y eso me permite quitarme de encima algo que puede atormentar a un artista: pensar qué huella dejas. Yo no dejaré ninguna huella, solo recuerdos para una generación que irá desapareciendo.

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