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Luciana de Luca: “La acumulación tiene algo de maldición”

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VALÈNCIA. Antes de que dos mormones llamen a las puertas de un pueblo de naturaleza más bien agnóstica; o antes de que una hija decida romper con la herencia de una familia privilegiada pero gobernada por una madre que todo lo controla; o antes incluso de que el amor, la fe y la muerte desordenen cualquier certeza, llegan las moscas. Una huelga en el cementerio desencadena la invasión de estos insectos y precipita el derrumbe de un orden que ya estaba corroído por dentro. Ahí empieza y está todo, con esa imagen que abre El amor es un monstruo de Dios, la segunda novela de la escritora argentina Luciana de Luca.

Publicada ahora en España por Barrett, la novela reflexiona sobre el peso de los linajes, la fragilidad de los privilegios o las formas en que el amor y la religión prometen una salvación que nunca termina de llegar. Y de eso reflexiona la autora en conversación con Culturplaza.

— Parece la historia de una familia o la historia de una pareja de mormones. ¿Por qué empezar con la imagen y la historia de unas moscas invadiendo un pueblo?
— Creo que tiene que ver con aquello que es muy pequeño, pero insiste; con aquello que molesta y que, de alguna manera, trae una imagen de corrupción. Hay moscas donde algo se descompone: la descomposición es el alimento de las moscas, y la descomposición también forma parte de la vida. Tiene que ver con plantear, desde el principio, un punto de vista en el que hay descomposición, hay muerte, hay vida, por supuesto, y hay cosas que se están transformando.

Además, hay algo que hemos vivido, no solo desde la pandemia, sino también en otras ocasiones: la amenaza de lo pequeño, de lo invisible, de aquello que consideramos domesticado, como la naturaleza, pero que realmente nos pone en jaque. Si los insectos decidieran invadirnos, no nos quedaría otra que cerrar todas las ventanas y esperar a que alguien se ocupe de espantarlos.

— Me gusta mucho que utilices la expresión "punto de vista" porque, efectivamente, ese primer capítulo funciona casi más para establecer unas coordenadas de lectura que para hacer avanzar la trama o presentar a los personajes.
— Sí. En estos días, en los que he pasado mucho tiempo hablando del libro y compartiéndolo, he pensado bastante en esa idea. Ese comienzo funciona como un prólogo, como un umbral. Empezar por la descomposición y no por la descripción o por la acción tiene que ver con darle al lugar el protagonismo que realmente tiene, que es enorme. Incluso creo que, si uno hiciera una lista de atributos de la novela, el lugar sería uno de los personajes de los que más cosas terminamos conociendo.

— El hecho de que la narradora sea esa hija que se siente deforme, o a la que le dicen que es deforme, ¿también responde a la voluntad de que la narración, los personajes y las percepciones puedan estar también deformadas?
— Absolutamente. Hay una traducción constante de su mirada. Su forma de ver, exagerada, hiperbólica por momentos, dramática y muy apasionada, es una traducción de aquello que observa. Yo siempre pienso que ella no es fea como dice que es o como se siente. Del mismo modo, todo lo que ve también está atravesado por esa percepción de sí misma. Su mirada transforma la realidad constantemente, y todo acaba estando teñido con esa intensidad con la que ve todo.

— Y así acaba dibujando una madre muy mala, un padre ausente pero bueno (del que siente cierta compasión), un pueblo que ciertamente está ahogado… ¿Cuánto nos tenemos que creer de su punto de vista y cuánto tenemos que entender la distancia que hay entre su punto de vista y lo que podría ser una mirada panorámica de la historia que está contando?
— Bueno, ahí tendríamos que entrar a discutir quizá un poco más la idea de la verdad. Yo creo que tiene que ver con cuánto uno decide empatizar o entregarse a la narración del personaje. Seguramente ese pueblo no sea tan distinto de como ella lo vea, y sin embargo, es imposible no verlo infiltrado por su propia manera de pensar, por sus propios ojos. 

El compromiso de quien lee va a depender un poco de dónde decida tomar a esta narradora: o asumirla completamente y seguirla porque le interesa la lectura o pensar que es una persona que tiene alguna perturbación o está muy dolida, muy herida, y entonces solo puede ver, digamos, desde el ojo de esa herida. Cualquiera de los dos caminos igual me parece totalmente válido.

— Ella decide no tener descendencia como decisión consciente y resulta especialmente interesante porque parte de esa familia o de esos privilegios —luego hablaremos de lo que significa realmente el privilegio—.
— Cada uno tiene un rol y muy pronto el lector descubre que ese plan de esa madre que todo lo manda, todo lo ordena y siempre impone su voluntad, va a desmoronarse rápidamente. Al principio, si esto fuera una partida de ajedrez, todos tienen un lugar asignado. Pero después cada uno hace cualquier otra cosa: nadie puede hacer los movimientos que tenía previstos o que se esperaban de él.

Ahí es donde todo se derrumba, se desarma, y los personajes empiezan a avanzar un poco a tientas, entre el desastre y también las ganas de vivir. Porque, si uno no puede cumplir con el rol que le fue otorgado o asignado desde el principio, seguramente podrá hacer otra cosa. De eso también trata la novela: de buscar qué puede hacer cada uno de ellos cuando ese lugar deja de existir.

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— En términos puramente materialistas podría hablarse de una familia privilegiada. Sin embargo, esta familia es casi lo contrario al privilegio. Las muertes que hay dentro de ella, o incluso las propias dinámicas familiares antes de llegar a la muerte, hacen pensar precisamente en que, a pesar de la abundancia, viven en la tragedia.
— Ahí está esa idea de que la acumulación compra la vida, compra la tranquilidad, compra la serenidad. Pero ya hemos visto que eso no sucede así. Si lo pensara en un tono un poco más profético, diría incluso que la acumulación tiene algo de maldición. La acumulación de capital en una persona es también la carencia en otra. Todo el dinero que alguien acumula le está faltando a otras personas. Sería difícil pensar que los privilegios solo vienen acompañados de buenas noticias. Si esto fuera un cuento de hadas, también vendrían con muchas maldiciones.

Lo que más me interesaba era pensar en los estratos sociales y en cómo, dentro de cada uno de ellos, se reproducen dinámicas, actitudes, vocabularios, planes familiares y costumbres. Y cómo todo eso puede destruirse muy rápidamente. Esa idea de la familia perfecta, de la familia ideal, que en realidad no existe en ningún caso. Todo es tan frágil que, al final, la posesión, el dominio de la tierra o del dinero no sirven de nada, porque en realidad no son dueños de nada, igual que todos nosotros.

— Te quería preguntar por el papel de la fe en la historia, que es otro de los grandes temas, además del amor. Concretamente, por la relación del pueblo con la fe antes de la llegada de los mormones. Igual que en la familia lo que sucede tiene que ver con el pasado de cada personaje, del pueblo no sabemos qué lo ha hecho escéptico o qué lo ha llevado a aceptar tan rápidamente esa nueva creencia. ¿Cómo entiendes tú esa relación con la fe?
— Creo que tienen una relación bastante frágil y testimonial con la religión, con la creencia. Es una relación perezosa, diría yo, y además está continuamente hackeada por las cosas que suceden. Pasa eso de que, cuando ocurre una tragedia, mucha gente piensa: "¿Cómo Dios puede hacerme esto?". 

Yo no lo pienso porque no creo en Dios, pero es una reacción bastante habitual. Creen porque hay que creer, pero no hay una verdadera entrega, ni una convicción profunda, ni mucho menos una práctica constante. Es un pueblo, como te digo, un poco perezoso.

Por eso, cuando sucede lo que ocurre después de la llegada de los mormones, aparece esa pregunta: ¿quién le rezó a un dios ajeno para que esto sucediera? Hay algo de comicidad en esa idea, como si cada uno pudiera venir con su propio dios a ofrecer algo: "Yo tengo los mejores milagros". Es casi una mirada capitalista sobre las deidades.

— Dices que el pueblo es perezoso y, precisamente, uno de los mormones afirma que "creer es insistir". Ahí aparece una concepción de la fe totalmente opuesta, la de estos dos chicos que no dejan de llamar a las puertas.
— Ellos son lo opuesto en ese sentido y, en realidad, en casi todos los sentidos. Van, golpean las puertas, insisten. Está esa idea de poner la otra mejilla: cuando los rechazan, vuelven a intentarlo. De alguna manera, el milagro —o el supuesto milagro— viene a reforzar precisamente esa lógica: la idea de que quien permanece, quien insiste, quien sigue pidiendo sin cesar, acaba obteniendo aquello que busca.

— En una entrevista que te hicieron sobre este libro, te preguntaban por el amor romántico. Y respondías que este es un amor bello y criminal al mismo tiempo. Sin embargo, al leer la novela cuesta encontrar una grieta luminosa dentro de las relaciones amorosas que aparecen. ¿Existe realmente?
— Creo que las grietas luminosas están en la relación entre la protagonista y su hermano, que representa uno de los amores más limpios y más genuinos de la novela. Y también creo que el enamoramiento con el mormón supone una grieta de luminosidad en tanto que es un impulso vital. Es una persona que empieza la historia diciendo: "Quiero destruirlo todo. Quiero ser la última de esta cadena. No quiero tener una hija. No voy hacia ningún paisaje". De pronto conoce a alguien y se olvida de la destrucción. Empieza a pensarse como parte de un par, como parte de un conjunto, y aparece la posibilidad de que algo crezca entre ellos. Creo que esas son las grietas por las que entra la luz en la novela. Ahí hay, finalmente, algo de fe en el amor dentro del corazón de esta escritora.

— A pesar de la distancia y la repulsa que establece la madre con el padre, de repente parece tomarse muy en serio el duelo, ¿tiene que ver con seguir representando una familia funcional o hay algo más detrás de ese comportamiento?
— Es una pregunta interesante. Creo que tiene que ver con un choque de fuerzas. Por un lado, está la desesperación por perder al esposo, que en realidad es también la desesperación por perder el control. Alguien se le escapó, alguien salió de su dominio, alguien tomó una decisión que no era la que ella había decidido que debía tomar.

Después creo que sí hay una tristeza natural, pero rápidamente queda cubierta, opacada, por la dimensión performática del duelo. Es como decir: "Ahora soy una viuda y voy a comportarme como una viuda". Ocupará ese lugar y pasará rápidamente de un estado al otro.

Sería más benevolente de mi parte decir que está triste por la muerte de su marido, y un poco sí lo está. Pero creo que, en realidad, está mucho más desesperada por la desobediencia. Lo que verdaderamente la destruye es darse cuenta de que todo se le está escapando de las manos. Eso es lo peor que le puede pasar.

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