Mer Gómez: “La mirada médica es la que dice que, como un cuerpo está enfermo, tiene que ser modificado”

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  • Mer Gómez.
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VALÈNCIA. Lola ha conocido a alguien, un ligue que le ha puesto cachonda. Lo que podría ser un lío más. Y a pesar de que, dicho así, no parece gran cosa, en realidad ella arrastra su historial clínico,  impuesto desde que todavía es una niña y con su cuerpo convertido en un territorio de dudas. 

En Aske (Consonni, 2026), su primera novela, la escritora y activista intersex Mer Gómez recorre el camino de una protagonista que busca cómo re-habitar su cuerpo quitándose de encima los sometiemientos a los arquetipos que pretenden definirlo. Una historia sobre la patologización de los cuerpos intersex, pero también sobre la amistad, el deseo y la posibilidad de construir una vida propia más allá de la norma.

— Lo primero que sucede en la historia es un lío cualquiera. Bajo esa escena que podría parecer tan normal, ¿que querías ya ir exponiendo?
— Aunque fue una decisión que tomé casi en el último momento, internamente el libro quería empezar hablando de deseo. Quería que empezase por ahí, con el deseo entre dos mujeres que, como bien has dicho, luego se va explicando, cómo se desarrolla todo ese proceso a lo largo de la vida de la protagonista. Pero primero, tiene sentido empezar poniendo el deseo en el centro.

— La intervención clínica no tiene lugar hasta casi la mitad del libro. ¿Qué necesitabas contar antes?
— Aunque esta es mi primera novela, es cierto que es el tercer libro que publico. Para mí, como escritora, pero también como activista intersex, visibilizar las historias de vida de personas intersex en diferentes géneros y formatos ha sido siempre una prioridad.

En este sentido, creo que la novela, además de poner el deseo en el centro, también quería intentar hacer comprender a las personas lectoras qué suponía para esa niña protagonista, Lola, empezar a pensar en su cuerpo de otra manera una vez que recibe el diagnóstico. Empezar a verlo como un cuerpo menos deseable que otros, sin tener muy claro si tenía derecho a desear otros cuerpos, porque todas las opiniones médicas iban en la línea de modificarlo para convertirlo en un cuerpo normativamente deseable y normativamente de mujer.

— Lo de aprender que tienes un cuerpo no deseable es interesante porque ese mensaje no se lo están transmitiendo las personas que la quieren o con las que incluso tiene experiencias sexoafectivas. Se lo está diciendo directamente la mirada clínica.
— Ahí entramos precisamente en la gran lucha, o diría que la lucha prioritaria, del activismo intersex y de los colectivos de personas intersex: por una cuestión estética, no se puede intervenir obligatoriamente ningún cuerpo que no tenga un problema de salud. No se puede modificar un cuerpo por tener características sexuales que no encajan en un arquetipo estético, de manera obligatoria y siguiendo unos protocolos clínicos que cumplen a rajatabla el binarismo sexual.

Creo que la historia de Lola, tal y como la he escrito en esta novela, se nutre de muchas historias de personas intersex, de mujeres intersex, que he ido conociendo a lo largo de estos años y que han pasado por experiencias similares a las que narra Lola.

A la vez, es triste que, hasta el momento en que llega el diagnóstico, Lola no tuviese ningún conflicto con su cuerpo ni con su identidad. Es a partir de ese diagnóstico cuando empieza todo ese tabú y ese rechazo hacia su propio cuerpo. Es la mirada médica la que dice: este cuerpo está enfermo y tiene que ser modificado.

Siento que es también la historia de muchas personas que han ido recibiendo estos diagnósticos a diferentes edades y que, hasta entonces, quizá no se habían planteado si su cuerpo era más o menos deseable, si tenían más o menos derecho a desear o si encajaban en un determinado arquetipo. Al final, esto nos atraviesa a todas las personas, no solo a las intersex, sino a todo el mundo.

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— Cuando hablamos de la mirada clínica, podría parecer que nos referimos a una mirada científica, por decirlo de alguna manera. Pero, en realidad, lo que prevalece es la idea de que la salud sexual depende, por ejemplo, de poder ser penetrada. En un momento del libro incluso explicas la confusión de Lola entre la distinción entre la primera experiencia sexual con penetración y perder la virginidad.
— A mí me interesaba mostrar que, en el caso de los cuerpos intersex, no se trata únicamente de obedecer al arquetipo de mujer, sino también al arquetipo heterosexual. Al final, el sistema en el que vivimos se sostiene sobre pilares como el binarismo sexual, la heterosexualidad obligatoria y, en este caso, también la práctica sexual coitocéntrica.

Pretendía que en el libro esto se pudiese leer como una cuestión que nos atraviesa a todas las personas, pero que, en este caso específico, permite observar cómo atraviesa además a una mujer intersex.

— En las conversaciones con otras personas, aparecen también un montón de historias LGTBQ+ que están presentes en todas las familias. Un padre que se va de casa porque es maricón, una persona del pueblo de la que se sospecha, etc. Me parece muy interesante la normalidad con la que estas historias aparecen salpicadas por la novela y cómo no las presentas como algo extraordinario, sino como cosas que pasan.
— Siento que es algo en lo que estoy pensando mucho últimamente, quizás a raíz de empezar a hacer presentaciones. Para mí, escribir y construir esta novela casi diez años después de empezar a visibilizarme públicamente como intersex y de relacionarme con personas intersex, queer y del colectivo ha tenido mucho que ver con esto.

Por un lado, la historia de Lola es también la historia de muchas personas intersex. Está construida a partir de las historias de muchas personas que he ido conociendo. Pero las amistades y los personajes que aparecen en la novela también están muy inspirados en todas esas personas que, sobre todo durante estos últimos diez años, me han ido rodeando.

Al final, quienes pertenecemos al colectivo podemos sentirnos muy identificadas con cuestiones como el armario, el silencio, la violencia y las discriminaciones, e incluso con la manera en que hemos ido creciendo junto a otras personas que han vivido situaciones parecidas a las nuestras. Para mí era imprescindible poder contar con qué nos hemos ido encontrando muchas de nosotras a lo largo de nuestras trayectorias vitales.

Creo que algo que también plantea el libro es cómo alguien que creció en los años noventa o a principios de los dos mil ya sabía qué estaba socialmente aceptado y qué no. La protagonista, junto con sus amigas, va nombrando situaciones en diferentes momentos de su vida. A lo largo de ese proceso, desde la niñez hasta la adultez, Lola va encontrando palabras, identificando y poniendo conceptos a cuestiones que ya le chirriaban.

Por eso, no tendría sentido que, para contar lo que quería contar, los demás personajes no estuviesen también envueltos en todo esto.

— Precisamente por lo que dices, naciste en los 90 y perteneces a una generación que ha vivido en dos mundos totalmente diferentes: una infancia estuvo atravesada por una normatividad que se daba por sentada y que apenas se cuestionaba, ni siquiera mediáticamente (en la que los movimientos populares todavía estaban muy marginados o relegados en el debate público); y, por otra parte, la misma generación ha ido viendo en primera fila cómo estas cuestiones han ido ganando espacio y ha ido tomando conciencia de ello. La generación que ha vivido la transición del paradigma LGTBIQ+, a pesar de todo lo que aún queda pendiente.
— Creo que quienes crecimos en los años noventa fuimos viendo cómo no teníamos referentes, aunque, al mismo tiempo, algunos empezaban a aparecer, sobre todo en el ámbito audiovisual y mediático. Veíamos a personas queer y a personas que no encajaban de una manera u otra en determinados programas de televisión.

Es justo lo que has dicho: aunque no teníamos los referentes que podemos tener hoy, en 2026, ya había una lucha que había comenzado. También había personas visibilizándose en la calle, trabajando y reivindicando derechos; en este caso, para conseguir el matrimonio homosexual.

Los años noventa también estuvieron marcados por un activismo político que empezaba en las calles. Muchas personas comenzaron a visibilizarse y, aunque no estaban en el centro mediático, estaban ahí.

Es muy interesante tu reflexión porque es verdad que crecimos en un momento en el que, de alguna manera, estaba todo, pero no veíamos nada. O veíamos poco. Sabíamos cuáles eran las normas y también cuáles eran los castigos. Los referentes que había terminaban convirtiéndose, en cierto modo, en una parodia. No acababan de representar vidas que pudieran vivirse plenamente y desarrollarse en el día a día con total naturalidad.

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— Muchas veces, las historias LGTBIQ+ en literatura encuentran refugio de una manera muy identitaria. Por ejemplo, muchas novelas sobre el descubrimiento de la homosexualidad durante la adolescencia acaban con un chico que encuentra refugio en un grupo de gays que viven con más libertad. En Aske, sin embargo, Lola va encontrando grupos de amigas, de amigues y de amigos que no necesariamente forman parte del colectivo. También desde fuera del colectivo puede haber cuidado, cariño y complicidades importantes para las personas intersex o de otros colectivos.
— Es cierto que las personas del colectivo nos hemos ido refugiando mucho en esa familia elegida que encontramos cuando salimos del armario. Pero también creo que, para mucha gente, es importante tener en cuenta el contexto concreto en el que crecemos y la familia que tenemos.

Para mí era necesario contar cómo Lola necesita salir de su pueblo, salir de su contexto y encontrarse en otros lugares con personas nuevas para ir encontrando su independencia, su libertad, su manera de ver el mundo y su propia identidad. Pero, al mismo tiempo, en la novela también he querido dar importancia al regreso: volver a esos lugares donde Lola había sido una niña feliz, donde había sido una adolescente rodeada de amigas de las que, por las circunstancias normales de la vida, a veces te acabas distanciando. Me parecía importante que volviese a todo eso, en primer lugar, para reconciliarse consigo misma, con ese entorno, con su familia y con el lugar en el que creció.

Por otro lado, en la vida nos encontramos con personas que no necesariamente pertenecen al colectivo, pero que también nos ayudan a pensar. Las amigas que Lola va encontrando, formen parte del colectivo o no, la invitan a reflexionar sobre cómo se han ido construyendo como mujeres en la sociedad en la que han crecido.

Algo que también trataba de reflejar en la novela es que la construcción de lo que significa ser mujer en esta sociedad nos atraviesa a todas las personas, aunque de maneras diferentes. La presión estética o la exigencia de cumplir con el arquetipo de mujer nos han influido a todas.

Lo he visto en mis amigas: aunque no hayan pasado por el mismo proceso corporal que yo ni hayan vivido las mismas violencias, existen violencias y normas estructurales relacionadas con el hecho de ser mujer que nos atraviesan a todas. Eso también me ha permitido identificarme con mis amigas, formasen parte del colectivo o no. Me han ayudado a crecer e incluso a construir mi propia identidad.

No sé si lo he hecho de manera consciente, pero creo que esa experiencia personal también tenía que estar en la novela. Mis amigas, tanto las mujeres queer como las que no forman parte del colectivo, me han enseñado mucho, me han cuidado y me han sostenido en momentos en los que ni siquiera era capaz de hablar de mi propia realidad.

— Has escrito varios libros y, en la propia novela, Lola aparece en algún momento como una gran lectora. ¿Qué particularidades tienen los relatos intersex dentro de la autoficción? ¿Qué nuevos focos se abren y qué temas se acentúan cuando habla la I dentro del colectivo LGTBIQ+?
— Precisamente por la falta de referencias culturales que seguimos teniendo, me parecía importante construir una historia desde mi experiencia como activista intersex y escritora intersex, con una protagonista intersex en el centro. Pero ojalá podamos llegar también a ese otro escenario.

Al mismo tiempo, ante la ausencia de referencias y referentes en la ficción, considero importante hablar de las violencias que hemos vivido las personas intersex, de la patologización y de la medicalización que han sufrido nuestros cuerpos. Pero también apuesto por construir historias que hablen de nuestras vidas con absoluta normalidad.

Mi objetivo es poder crear historias en las que otras personas puedan sentirse reflejadas. Creo que, cuando se empieza a construir ficción o narrativas sobre colectivos históricamente invisibilizados, muchas veces esas historias se centran en el drama, el dolor y todo lo triste que hay en ellas. Pero también necesitamos referencias que nos permitan pensarnos libres, como personas que podemos tener una vida vivible.

Para mí, esto es una prioridad. Quiero verme reflejada en historias que me permitan seguir siendo quien soy y que nos permitan tener vidas vivibles. Me parece imprescindible.

Es verdad que, dependiendo del ritmo de cada activismo y de cada una de las siglas del colectivo, las necesidades pueden ser distintas. Pero es necesario contar qué ha sucedido, qué violencias han sufrido nuestros cuerpos y qué hemos vivido. Al mismo tiempo, también necesitamos vernos reflejadas en espejos y referentes que nos permitan vivir desde el orgullo.

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