VALÈNCIA. “Un fantasma desdobla su sábana y descubre que los pliegues son memoria. Recorre los escombros de su estado corpóreo, mientras un niño con “gafotas” y en constante interrogante se encamina hacia sí mismo. Niño y fantasma, dos líneas paralelas sin intención -pero con obligación- de cruzarse algún día. El niño, tristemente, será el fantasma, mientras que el fantasma ya no puede ser nada, pero ha sido”. De esta siniestra y curiosa manera se presenta el último trabajo de Lorenzo Montatore, quien publica ahora su cómic No sé, pero… creo que moriré (Astiberri), un trabajo que combina fotografía, collage y dibujo para hablar del miedo a la muerte y confrontarla.
Poniendo de protagonista a un gracioso niño “gafotas” le enfrenta a un fantasma, que será él mismo algún día, y le propone preguntas de lo más descabelladas. Con la inocencia de un crío y la sabiduría de quien ha vivido toda una vida, genera un universo en el que la muerte y la vida se dan la mano entre viñetas, generando un relato enternecedor, aunque de primeras se presente un tanto tétrico. “Este libro me sirve para reconciliarme con esta parte de la vida que es la muerte, me ayuda a dejar de rumiar sobre este tema. Me gusta hacer humor con este tema y poder llegar a nuevas reflexiones que rodean a la muerte”.
Viajando a cuando él mismo era niño, Montatore crea para No sé, pero… creo que moriré a un personaje que le ayuda a expresar sus miedos de la niñez. Atendiendo a esta idea de que “para morir solo hace falta estar vivo” crea un dibujo que se plantea cuestiones existencialistas constantemente mientras viaja entre todos los estilos posibles. Entre rotuladores, tijeras, pegamento, típex y cartón encuentra la forma de “volver a ensuciarse para crear” y un espacio en el que cabe el arte salido de las entrañas: “Con este cómic quería hacer militancia de dibujante, crear con lo que me sale de dentro y con el mismo ímpetu que puede crear un niño”.

“Mi huella está presente a lo largo de toda la historia porque entre los textos se cuelan algunas manchas y parte del error. Para mí es bonito emplear todos los estilos para hablar de las emociones”. De esta forma, el cómic se convierte en una herramienta infalible de la traducción de los pensamientos de Montatore hasta la edad adulta. No sé, pero… creo que moriré es la respuesta graciosa que dan los padres a todos esos chavales de siete u ocho años que se preguntan de repente el porqué de las cosas.
En el cómic se cuelan momentos tan tiernos como en el que el pequeño protagonista pregunta por las lápidas y su función, a lo que un adulto le responde: “Allí lo que hay son piedras con los nombres de tus parientes. Así no los olvidas”, y el niño replica: “¿Cómo los buzones?, zanjando la conversación con un: “Como los buzones del portal. Pero en vez de cartas les dejamos flores”. Ante un niño cabezón, gafotas e incrédulo de que los cuerpos lleguen al cielo cuando los ve frente a su redonda nariz, se encuentra un cómic que le pierde el miedo a la muerte a golpe de viñeta. Un trabajo que, irónicamente, es un canto a la vida y que invita al lector a volver a plantearse el mundo desde los ojos de un niño pequeño, con muchas preguntas y pocos miedos.
