Libros y cómic

'DICCIONARIO DE LAS TRISTEZAS SIN NOMBRE'

Todo lo que sentimos tiene un nombre; John Keonig crea las palabras que faltan

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VALÈNCIA. ¿Alguna vez has sentido una reacción territorial instintivas cuando un amigo se ha interesado por una de tus obsesiones? ¿Alguna vez, mirando a tu alrededor, has nota que eras feliz y has intentado saborear el momento conscientemente? En ocasiones, aquello que sentimos en nuestros corazones no encuentra una palabra que lo describa, aunque existe la intuición compartida de que no es una cuestión individual.

John Koenig quiere ponerle remedio a ello y bucea en decenas de idiomas para crear las palabras que lo concreten. Lo hace en el peculiar Diccionario de tristezas sin nombre (Capitán Swing, 2026), un artefacto para reflexionar sobre lo que tal vez no es un tabú, pero tampoco compartimos. En el lenguaje hay un consuelo, una puerta abierta, un punto de encuentro, una ruta que explorar.

Todo empieza con una observación, con mantener los sentidos y el corazón abiertos para captar aquello que aún no tiene nombre. Háblame de esa predisposición, que va más allá de lo puramente lingüístico.
— Creo que es, en cierto modo, una forma de estar en el mundo que siempre he tenido. Me gusta tomar muchas notas sobre lo que siento e intentar seguir la pista de las emociones a lo largo de los años, ver cómo regresan. Una de las cosas más interesantes de poner nombre a las emociones es que dejan de ser tan misteriosas. Normalmente, las cosas pasan por tu cabeza como una tormenta o como una nube: aparecen y desaparecen. Pero cuando le pones nombre a algo es como aprender el nombre de los pájaros de tu barrio o de los árboles que te rodean. De repente te sientes mucho más en casa, porque empiezas a notar cómo las cosas van, vienen y cambian; y dejan de ser sensaciones o experiencias aisladas que luego se esfuman; y eso hace que parezcan estar bajo tu control, lo cual resulta mucho más tranquilizador. 

¿Sientes que buscar palabras es un proceso poético, aunque en tu caso se condense en una sola palabra?
— Sí, creo que sí. De hecho, al comienzo del libro hay una cita de Steven Wright que dice "Leí el diccionario. Pensé que era un poema acerca de todo". Y así es como veo este libro: como 300 o 400 maneras distintas de mirar el mundo, de intentar capturar cómo me siento cuando estoy vivo. El paso del tiempo, las distancias entre las personas, la idea de que tengo todos estos pensamientos en la cabeza, como una galaxia de cosas moviéndose a una velocidad increíble. Y lo único que puedo hacer es convertir todo eso en una pequeña palabra cada vez. En ese proceso se pierde muchísimo en la traducción. Y creo que ahí es donde entra la poesía, porque en la poesía lo importante son las conexiones entre las palabras, esas conexiones que invitan al lector a construir su propio significado. Eso es lo fascinante de esa forma. Por eso siento que esto pertenece más a la poesía que a cualquier otro género.

Luego llega la investigación. En el prólogo mencionas que hay palabras que describen sentimientos muy concretos y que son exclusivas de algunos idiomas, como saudade en portugués. ¿Son esas palabras un reflejo de lo rico que puede ser el lenguaje?
— Sin duda. Cada una de esas palabras es, básicamente, una lente a través de la cual mirar el mundo. Es una visión del mundo en sí misma. Parte de lo que inspiró este libro fue aprender algunas de esas palabras. Ubuntu, por ejemplo, del suajili, que significa “yo soy porque nosotros somos”. O en japonés, mono no aware, que se refiere al pathos de las cosas, a la tristeza inherente a la propia existencia de las cosas. Me encanta aprender esas palabras y coleccionarlas. No sé por qué surgieron en un idioma concreto. No sé por qué saudade apareció en portugués o duende en español. Es fascinante, pero no tengo una respuesta. No soy antropólogo ni nada parecido. Lo que sí sé es que, si palabras así pueden tener ese efecto, entonces también se pueden inventar palabras siguiendo el mismo proceso y aportar sangre nueva al lenguaje. El lenguaje es creativo, es absorbente, genera palabras nuevas constantemente, pero necesitamos ser un poco más conscientes a la hora de intentar capturar la naturaleza salvaje que tenemos dentro de la cabeza y convertirla en algo de lo que podamos hablar y compartir con los demás.

¿Qué ocurre cuando mezclas raíces de distintos idiomas para construir una palabra?
— Ese es, en realidad, mi proceso. Normalmente intento no mezclar idiomas y procuro que todas las palabras suenen “reales”. Pero también lo veo como una especie de arte del collage: tomas pequeños fragmentos y los unes. Es curioso, porque en algunas lenguas eso molesta a ciertas personas. A veces dicen: “Ese no es el significado real de esa palabra”. Y yo pienso: bueno, forma parte del juego. Así es como funciona. No hay reglas en el lenguaje. Si algo significa algo para alguien, significa algo, y nadie puede decir que esté mal.

En la edición española, acompañan al texto ilustraciones en forma de collage.
— Fue una de mis partes favoritas del libro, y llevó bastante tiempo. Básicamente me puse a buscar en Instagram porque quería collages hechos con recortes de papel, ensamblados a mano y luego, en parte, trabajados de forma digital. Me encanta esa idea de que muchas de esas imágenes parten de un mundo antiguo, que luego es recortado y recompuesto de forma abrupta. Así es como siento la realidad hoy en día: todo es un pastiche de tiempos anteriores, todo está mezclado, superpuesto. Me atrae mucho esa estética y creo que encaja perfectamente con lo que hago con las palabras y, en cierto modo, también con los sentimientos. Al final, lo que intento es afinar el sensor que tenemos. En lo emocional, en el lenguaje y en el arte visual, todo es collage.

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Aunque la idea de crear una palabra puede parecer un proceso muy solitario, al haber nacido en internet y haberse desarrollado con el tiempo, ha sido en realidad un proceso muy colectivo, con la comunidad que has ido creando.
— En parte sí. Invito a la gente a escribirme correos y contarme cómo se siente. No es que tome directamente sus definiciones y las incluya en el libro. Quería que el libro partiera del interior de mi cabeza, para ser fiel a lo que puede experimentar una sola persona. Muchas de las sugerencias que recibí eran muy conmovedoras, pero hablaban de experiencias sobre las que no puedo hablar, como padres que han perdido a un hijo o personas con enfermedades terminales. Son vivencias a las que no puedo poner voz, aunque creo que necesitamos palabras para ellas. A veces les he respondido animándoles a que, si pueden, intenten crear ellos mismos una palabra para eso, porque seguro que no es una experiencia aislada. Todo ese intercambio me ha hecho sentir mucho menos solo dentro de mi cabeza, y eso es profundamente gratificante. Mis sentimientos ya no me parecen tan aterradores, porque muchas veces lo que los hace insoportables es el aislamiento.

Las palabras que propones están huérfanas hasta que la gente las utiliza. ¿Qué necesitarían para cobrar vida?
— No sé si estoy de acuerdo con la idea de que una palabra no está viva hasta que se pronuncia, porque el lenguaje también sirve para organizar el interior de la cabeza, para dar forma a conceptos puramente imaginarios. Si conoces una palabra y esa palabra te permite concebirte de otro modo, para mí eso ya es real y ya merece la pena. Evidentemente, tiene más fuerza y más recorrido cuando conecta a las personas y las saca de sí mismas, y eso me parece muy importante. Pero me importa mucho más eso que el hecho de que mis palabras “se hagan reales”. Podría desaparecer todo lo que he escrito y no me importaría, siempre que la gente hable de lo que siente. Eso es lo que de verdad quiero.

Al construir estas palabras, da la sensación de que también hay una cierta parodia dirigida a la sobriedad de los diccionarios. ¿Lo sientes así?
— Sí, al cien por cien. En cierto modo es una parodia de un diccionario, porque el diccionario es autoritario: transmite la idea de que “esta es la respuesta”, “este es el significado”, algo fijado, cerrado, real, y que debes aceptar. A veces me pregunto incluso si los diccionarios no deberían haberse inventado nunca, porque así no funciona el lenguaje. El significado no vive en las palabras: el significado está en nosotros. Somos nosotros quienes nos volcamos en esos recipientes vacíos. Y creo que olvidamos eso por completo. El diccionario es un formato muy solemne, muy serio consigo mismo, mientras que mis definiciones a veces son cómicas, absurdas o directamente una burla de lo ridículos que somos y de lo absurda que es la vida. Así que sí, gran parte del libro busca socavar deliberadamente esa seriedad.

Por eso las palabras no están ordenadas alfabéticamente. Hay seis grandes categorías, pero nada más.
— Exacto. Está dividido por temas en seis universos emocionales: el mundo exterior, el yo interior, la gente que conoces, la gente que no conoces, el paso del tiempo y la búsqueda de sentido. Funciona casi como un eje, algo bastante geométrico. Así fue como encajó todo cuando las ordené. No quería un orden alfabético porque eso genera una especie de barra de progreso mental —“vale, estoy en la F… no estoy avanzando nada”.

Mis sentimientos ya no me parecen tan aterradores, porque muchas veces lo que los hace insoportables es el aislamiento

¿Cómo te gustaría que se leyera el libro?
— Como a cada cual le apetezca. Puedes leerlo de principio a fin y funciona, pero también puedes cogerlo una vez al año y leer una sola definición, o abrirlo cuando tengas un rato. Es totalmente modular, lo cual creo que es ideal para gente con poca capacidad de atención —como yo— o para personas muy ocupadas. Todo es autocontenido. Y si quieres algo más largo, hay ensayos que proceden de mi serie de YouTube: empezaron como transcripciones y luego fueron adaptados; algunos son incluso más largos que los vídeos originales. En el fondo son pequeños bocados de sentido. Siempre me ha gustado lo que te da una novela, pero exige mucho trabajo llegar a esa recompensa. A veces prefiero leer una lista de citas de grandes libros: lees una, piensas “vale, lo entiendo”, y sigues adelante. Eso es, en cierto modo, lo que intento hacer con este libro.

Algunas definiciones crecen y se convierten en reflexiones. Háblame de esas piezas, que tienen una naturaleza distinta a la de las breves.
— El proceso es bastante evolutivo, casi biológico. A veces empiezo escribiendo una definición sobre una sensación concreta, como la conciencia de la propia mortalidad, y eso en realidad comienza como un ensayo. Luego me doy cuenta de que ahí hay cosas distintas que no tienen mucho que ver entre sí: algunas tienen que ver con la idea de que tu vida es una historia y con el deseo de conocer el final para entender su arco; otras hablan de las personas, del sentido, de muchas cosas distintas. Así que tengo que dividirlo en definiciones diferentes.

En otros casos ocurre lo contrario: me doy cuenta de que llevo tiempo escribiendo sobre lo mismo y todo acaba confluyendo en un solo texto más largo. Y hay definiciones que no se pueden expandir: no hay nada más que decir, funcionan por sí solas. Otras, en cambio, lo exigen. 

¿Cómo es tu relación con los traductores del libro a otros idiomas?
— Confío en mis traductores, y creo que hacen un trabajo brillante. Me encanta el título en español del libro, me parece precioso [el título original, en inglés, es The Dictionary of Obscure Sorrows]; ojalá sonara igual de bien en inglés. Cada edición es distinta. En la italiana, por ejemplo, la traductora añadió sus propias definiciones en una sección final, lo cual me pareció muy interesante. Hay muchas variaciones. Y es emocionante verlo, sobre todo porque yo he tomado prestado de muchos idiomas distintos. Ahora siento que, de algún modo, estoy devolviendo algo.

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