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22 millones de razones: memoria, derechos y futuro

Publicado: 28/04/2026 · 06:00
Actualizado: 28/04/2026 · 06:00
  • Manifestación del 1 de mayo en València en 2025.
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El Primero de Mayo no es una fecha cualquiera. Es memoria, es identidad y es, sobre todo, compromiso. Compromiso con quienes nos precedieron y con quienes vendrán. Por eso, cuando hoy escucho discursos que banalizan la historia, que blanquean la dictadura o que coquetean con el fascismo apelando a los sentimientos más primarios, inevitablemente pienso en mis abuelos. Porque quien olvida el pasado está condenado a repetirlo.

Mi abuelo paterno nació hace dos siglos. Tras quedarse viudo por la muerte de su primera esposa en el parto de su primer hijo, conoció a mi abuela. No fue a la guerra por viejo, así lo explicaba él. Tuvieron hasta 14 hijos; a la edad adulta solo llegó la mitad. Eran humildes, muy humildes. Trabajaban en el campo, en una finca a orillas de las lagunas de Ruidera. Allí nacieron todos sus hijos, ella asistida por mi abuelo, matrón a la fuerza. Él y su navaja asistieron a mi abuela en la mayoría de los nacimientos. Solo ellos sabrían las penurias que pasaron.

Cuando mi abuelo murió, yo apenas tenía dos años. Había muerto Franco y estábamos a las puertas de la democracia. Sé que acabó su vida, orgulloso de su familia y con un único bien: una guitarra con la que pidió ser enterrado. Pobres de solemnidad, no tuvieron derecho a nada. Hubo días en los que ni siquiera pudieron comer, pese a trabajar de sol a sol. Mis tíos, los más mayores contaban que, incluso siendo ya adultos, el domingo también debían madrugar: quien se levantaba primero podía vestirse para ir a ver a su novia; quien no, no tenía muda.

Mis padres salieron en los setenta de La Mancha para buscar un futuro mejor. Llegaron a Valencia cargados de sueños y de una determinación inquebrantable por trabajar. Y lo hicieron durante más de 50 años. Yo crecí en un barrio obrero, sin grandes lujos, pero sin carencias esenciales. Trabajaban los dos, aunque en la mayoría de los casos, las mujeres como mi madre se dedicaban a sus labores, que eran todas las que no hacía el resto de la sociedad, criar y cuidar. Hoy, es obvio, vivimos mejor que entonces. Mi hija e hijo viven mejor que viví yo. Pero ese progreso no es casualidad, ni nos ha llovido del cielo. Es el resultado de décadas de lucha colectiva.

Porque el progreso nunca ha sido individual. Nunca ha sido el “sálvese quien pueda”. Esa falsa modernidad que algunos venden hoy, basada en el individualismo y en el repliegue nacional, no construye nada que merezca la pena. El progreso ha sido siempre colectivo. Y así debe seguir siendo si queremos seguir avanzando.

El movimiento obrero en España tiene una historia clara, profunda y compartida. Desde el nacimiento siamés del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores. Desde aquella comida clandestina de 1879, encabezada por Pablo Iglesias Posse, el objetivo era claro: la abolición de clases, la emancipación de los trabajadores, la reducción de la jornada laboral, mejorar los derechos de los más vulnerables. Objetivos que, más de un siglo después, siguen teniendo plena vigencia.

Antes de la dictadura, los avances sociales impulsados por el socialismo ya estaban en marcha. Pero el franquismo no solo paralizó el país, sino que cercenó todos los derechos sociales, especialmente los de las mujeres, devolviéndolas a un papel subordinado e invisible. Fue la democracia, y dentro de ella la acción política de los gobiernos socialistas, la que permitió recuperar y ampliar derechos.

Todos los avances laborales y sociales en España tienen un hilo conductor: la lucha de la clase trabajadora organizada y la acción de gobiernos progresistas. Desde la universalización de la sanidad y la educación, hasta la consolidación del sistema de pensiones, pasando por la ampliación de derechos laborales y sociales.

En los años de gobierno liderado por Pedro Sánchez, estos avances han sido evidentes: la reforma laboral que ha reducido la temporalidad a mínimos históricos, la subida del salario mínimo en más de un 60%, la revalorización de las pensiones conforme al IPC, o la ampliación de derechos como los permisos de maternidad y paternidad. Medidas que han mejorado la vida de millones de personas.

Frente a ello, la trayectoria del Partido Popular es igualmente clara. Ningún gran avance social lleva su firma. Al contrario, han aprovechado las crisis para recortar derechos, debilitar la negociación colectiva y precarizar el empleo. Se opusieron a la subida del salario mínimo, a la reforma laboral, a la revalorización de las pensiones. Siempre en contra de la mayoría social.

Y, sin embargo, pretenden apropiarse del discurso del bienestar mientras defienden bajadas de impuestos indiscriminadas. No se puede estar a favor del Estado del bienestar y pedir menos impuestos. Los impuestos no son un castigo: son la garantía de los servicios públicos. Son educación, sanidad, dependencia, pensiones. Lo que hay que defender es un sistema fiscal progresivo, donde quien más tiene más aporte, para seguir avanzando en igualdad.

El manifiesto de este Primero de Mayo de las Comisiones Obreras y de la Unión General de las Trabajadoras y Trabajadores lo deja claro: “Derechos, no trincheras. Salarios, vivienda y democracia”. En un contexto internacional convulso, con guerras, desigualdad y el avance de la ultraderecha, el sindicalismo reivindica más derechos, más cohesión social y más democracia. Porque sin democracia no hay derechos laborales. Y sin derechos laborales, la democracia se vacía.

Hoy los retos parecen nuevos, pero el fondo sigue siendo el mismo: salarios dignos, acceso a la vivienda, reducción de la jornada laboral, protección frente a la precariedad. Y tener presente que la digitalización y la inteligencia artificial deben servir para mejorar la vida de la gente, no para aumentar la desigualdad.

Por eso el sindicalismo sigue siendo imprescindible. Porque los derechos no se regalan: se conquistan. Porque cada avance ha sido fruto de la lucha colectiva.

Este Primero de Mayo tenemos 22 millones de razones para salir a la calle. 22 millones de trabajadores y trabajadoras que sostienen este país cada día. 22 millones de historias de personas como la de mis abuelos, como la de mis padres, que seguramente será la tuya.

Y también tenemos una responsabilidad: no olvidar. No olvidar de dónde venimos. No olvidar quién ha estado siempre del lado de la mayoría social. No olvidar que el progreso es una conquista colectiva.

Como dijo Clara Campoamor: “La libertad se aprende ejerciéndola”. Y yo añadiría: los derechos se defienden ejerciéndolos, pero también recordando quién los hizo posibles.

Porque tenemos 22 millones de razones para saber que vamos en la dirección correcta, pero seguimos trabajando para trabajar para vivir y no vivir para trabajar.

Por eso seguimos reivindicando el Primero de Mayo.

Nos vemos en las calles.

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