Vivimos tiempos convulsos, de una polarización extrema que no deja de crecer. El dogma se impone a la razón, alimentando a hordas de fanáticos convencidos que forman ejércitos dispuestos a erradicar cualquier pensamiento distinto del suyo. En estos tiempos resulta muy pertinente releer la obra del periodista Manuel Chaves Nogales, uno de los grandes cronistas de la España y la Europa de los años 20 y 30 del pasado siglo.
Chaves Nogales ejerció el periodismo en su natal Sevilla y en Madrid hasta su exilio a París, en noviembre de 1936, cuando el Gobierno de la República se trasladó a Valencia. De la capital francesa tuvo que huir a Londres tras la invasión nazi. A lo largo de su carrera firmó crónicas desde Moscú y desde Roma. Allí constató, según sus palabras, cómo la dictadura comunista condenaba a malvivir a los trabajadores y cómo los fascistas no habían aumentado la ración de pan de los italianos. Fue, por tanto, testigo directo de las grandes tragedias del siglo XX.
El periodista sevillano se consideraba “un pequeñoburgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”. Esta autodefinición esboza su carácter poliédrico, que le valió el señalamiento e incluso la persecución de rojos y azules. Chaves Nogales fue un personaje incómodo porque huyó de los patrones de pensamiento, que son la vía fácil para dejar de pensar.
El escritor tuvo un criterio propio para interpretar la brutal realidad de su tiempo. Lo hizo desde una única verdad: el odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; una aversión natural al único pecado que, según él, existía: “el pecado contra la inteligencia”. Esta posición le aproxima a otra de las figuras del periodo, el profesor Miguel de Unamuno, también sospechoso para ambos bandos.
El prólogo de la obra A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España debería ser de obligada lectura en las aulas de Historia. Antes de exponer nueve relatos de la Guerra Civil, Chaves Nogales reflexiona sobre la tragedia colectiva que representó la guerra. Y lo hace con una honestidad que sorprende en un contexto en el que resulta cada vez más difícil cuestionar a los propios. Su apoyo a la República no le impidió alertar de la deriva del gobierno republicano y relatar el “terror rojo”, al tiempo que rechazaba el golpe de Estado de los militares insurrectos.
Desde la perspectiva actual, en la que no hay matices y todo se reduce a un binomio simplista de buenos y malos, la equidistancia de Chaves Nogales ha sido motivo de ataques. Quienes viven de alentar el enfrentamiento no toleran que alguien relatase que “idiotas y asesinos se han producido en ambos bandos”.
El análisis de Chaves Nogales en los primeros meses de la Guerra Civil asombra porque esboza el futuro inmediato de aquella España. Era consciente de que, de uno u otro lado de las trincheras, iba a salir un dictador que obligaría a los españoles a trabajar desesperadamente y pasar hambre durante años.
El escritor confiaba en que el futuro régimen dictatorial llegara a una convivencia entre ciudadanos de diversas ideas. Sin embargo, se equivocó. Hubo que esperar a la muerte de Franco para que la sociedad española emprendiera ese camino, cristalizado en la Transición, hoy nuevamente cuestionada.
Buena parte de quienes critican ese proceso se ven reflejados, paradójicamente, en el texto de Chaves Nogales: extremistas desde la comodidad, que sustituyen el análisis por la consigna y el matiz por la adhesión inquebrantable a un bando.
La figura de Manuel Chaves Nogales merece ser destacada en estos momentos. La lectura de sus obras debería servir para fomentar una ciudadanía crítica, capaz de aceptar la pluralidad ideológica y la tolerancia política, frente al revanchismo. Chaves Nogales nos enseña a dudar, que es el mayor logro de la Ilustración.
Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor de Historia