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¡Es la geografía, estúpidos! O el cierre de Ormuz y el nuevo shock energético asiático (I)

Publicado: 05/04/2026 · 06:30
Actualizado: 05/04/2026 · 06:30
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Arrancamos el artículo con un título de claras reminiscencias clintonianas. En efecto, con este eficaz eslogan, “Es la economía, estúpido”, el asesor de Clinton, el perspicaz James Carville, incidió en que, al final, es la situación económica de los votantes la que determina el resultado de las elecciones. Y si lo extrapolamos a algo tan básico y generalmente irremediable como la geografía, es ésta también la que condiciona muchísimos de las situaciones con gran incidencia en países y poblaciones. 

Desde el 28 de febrero pasado, el mundo se ha convertido en un lugar mucho más peligroso e inestable. Gracias a los buenos oficios de la incombustible pareja  integrada por el presidente Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Con su ofensiva bélica contra Irán, además de las pérdidas en vidas humanas (incluyendo a la autocrática cúpula del régimen iraní) y destrucción de infraestructuras, uno de su efectos más directos ha sido el cierre del estrecho de Ormuz lo que a su vez a provocado probablemente la mayor crisis energética global desde de los años 70. Sin embargo, en este caso no se trata solo del impacto energético, que es devastador, si no además hay componentes ligados a la geoestrategia y a la tecnología que no se daban en el anterior shock energético. 

¿Qué persigue el ataque militar de Estados Unidos e Israel? Se descarta que se tratase de una reacción de urgencia ante una amenaza inminente del régimen iraní en el ámbito de la obtención de la bomba atómica. En este sentido, la dimisión el pasado 17 de marzo de Joe Kent, director del Centro Nacional Contraterrorista de Estados Unidos en protesta por una guerra que no respondía precisamente a ningún riesgo urgente es particularmente ilustrativa. Desde el minuto cero de la intervención armada, el presidente Trump ha manifestado que busca un cambio de régimen basado en el convencimiento de que el sistema iraní se encontraba en un momento de especial vulnerabilidad y fragilidad. 

La respuesta iraní ante lo que consideran, y no sin razón, un peligro existencial no se ha dejado esperar. Ha sido calculada y fulminante con un propósito evidente: sumir a la región en el caos, escalar la tensión y provocar efectos de alcance global. Así todos los países aliados de Estados Unidos en la zona se han visto afectados (ataques contra ciudades del Golfo como Dubai, Doha, Bahrein y Kuwait), se han lanzado ofensivas certeras contra las bases americanas de la zona, se ha movilizado el eficaz y letal Eje de la Resistencia (grupos armados no estatales como Herbola en el Líbano, Hamas en Gaza y los hutíes en Yemen junto con milicias activas en Irak y Siria) al que Irán lleva apoyando desde hace décadas y, la respuesta de más impacto, se ha procedido al cierre del más relevante y sensible punto de tránsito energético del planeta, el estrecho de Ormuz. 

Como anécdota que evidencia la importancia colosal del Estrecho de Ormuz, traigo a colación un hecho histórico muy poco conocido (de hecho tengo que confesar que lo ignoraba hasta ponerme a estudiar el tema para este artículo): entre 1580 y 1622 Ormuz fue parte del imperio de la Corona Española. En aquella época era clave para el control de todo el comercio marítimo del Golfo Pérsico que conlleva, ni más ni menos, tener la llave de las rutas comerciales más eficientes entre ambos continentes.

Así, la llamada Unión Ibérica cobraba aranceles y derechos a todo barco que circulase por la zona constituyendo una importante fuente de ingresos para las arcas de la Corona Hispánica y el pilar esencial y muy estratégico de la presencia de la monarquía hispánica en Asia. Hay una vieja frase de navegantes intrépidos que resume el valor de Ormuz: “el mundo es una anillo y Ormuz su piedra preciosa”. La pérdida de esta plaza en 1622 por, y esto sí que es anticipatorio de las guerras del siglo XXI, un desabastecimiento de agua que hizo rendirse a la guarnición que la defendía supuso probablemente el principio del largo fin del imperio español. El hecho indignó a Francisco de Quevedo, quién en unos versos titulados Al mal gobierno de Felipe IV mencionaba este acontecimiento relevante al expresar que “los ingleses, Señor, y los persianos han conquistado a Ormuz”. 

Esta derrota no tuvo obviamente el efecto del colapso económico de España pero sí cabe afirmar que fue un golpe al prestigio de España, una muestra de que el imperio empezaba a resultar ingestionable al ambicionar englobar prácticamente el mundo entero y, sobre todo, una derrota estratégica esencial. Estos acontecimientos permitieron el avance y preponderancia británica en el Índico y el desplazamiento del poderío marítimo hasta ahora concentrado en el Imperio Español a otras potencias europeas. Quizás podemos comprobar singulares paralelismos con la situación actual: potencias que entran en conflicto sin gestionar las consecuencias de sus actos o imperios que no son omnipotentes. Aunque la historia nunca se repite de forma exacta sí que indica por donde va la música. 

Pero volvamos a la actualidad, el estrecho de Ormuz concentra el tránsito de más del 20% del petróleo mundial y una cantidad enorme del gas natural licuado (GNL). Esta situación ha impactado en el tráfico de petroleros que ha sido prácticamente suspendido de forma total provocando una disrupción en el comercio energético global sin precedentes. Todo tiene un desagradable e irónico aroma de déjà vu histórico. Pensábamos, en nuestra ingenuidad e ignorancia, que el tiempo de los combustibles fósiles, del petróleo había llegado a su fin y nos encontramos en que, de nuevo, se ha convertido en una poderosísima arma geopolítica si bien esta vez en unas circunstancias en las que hay mucho en juego: la guerra por la supremacía geoestratégica y tecnológica global especialmente a través del desarrollo de la Inteligencia Artificial. 

Aquí conviene hacer un inciso que no puedo evitar en mi condición de tintinófilo. Tintín es un personaje fascinante. No está sometido a pasiones terrenales, no se le conoce el amor, no ambiciona el dinero, no tiene familia que le pervierta. Es amigo de los perros y de cierto capitán dipsómano y genialmente malhablado y algún chino. Reivindica por encima de todo algo que podría ser lo más preciado, la amistad y la aventura. Y viaja por todo el mundo. Y en este punto es curioso el carácter anticipatorio de algunas de sus historias. Esto sucede y viene al caso con el tema que estamos tratando en Tintín en el país del oro negro. Arranca con un suceso muy singular: la explosión, en principio, inexplicable de los motores de los vehículos. La causa: un complot dirigido a adulterar el combustible y de esta forma sembrar el caos en el mercado del petróleo mundial. Es evidente los inquietantes paralelismos con la situación actual. Si bien, en la actualidad los motores no explotan, las cadenas de suministro sí están colapsando. Por otro lado, los villanos son múltiples (no hay un solo Doctor Müller) y se materializan en Estados, empresas, grupos terroristas que buscan hacer de la energía un arma poderosa para alterar, a su favor, el sistema. Y precisamente el bloqueo de Ormuz es el equivalente contemporáneo del sabotaje de la gasolina de Tintín en el país del oro negro. No se pretende, de momento, una destrucción del mundo pero sí cambiarlo para volverle imprevisible y que solo unos pocos se puedan lucrar a través del envenenamiento de la economía como se ha conocido hasta ahora. 

Y el impacto en las económicas asiáticas que son las más pujantes puede ser enorme. ¿Por qué? Muy sencillo, el 80% del petróleo que pasa por Ormuz tiene a Asia como destino. Así nos encontramos que se ha organizado un sistema capitalista global de altísima sofisticación que está condicionado por un punto grotescamente estrecho que es Ormuz.

La buena noticia para Europa, es que tiene alternativas con las renovables a pesar de los problemas que supone; por su lado, Estados Unidos, no depende de nadie y es, hasta cierto punto, autónomo gracias a su producción interna y en especial el shale (el controvertido fracking). Pero la dependencia de Asia es estructural. Y si se depende de algo o de alguien, se es vulnerable. Por lo tanto, los efectos inmediatos del cierre de Ormuz es que el precio del petróleo se dispara, el GNL escala a precios astronómicos y todo se encarece por las rutas alternativas (tener que recurrir a la ruta del Cabo de la Esperanza no es barato) y por el incremento de costes especialmente en los gastos por seguros).

Esta inseguridad del entorno es muy problemática. Y también hay una víctima preponderante: Asia que no deja de ser el lugar por donde el crecimiento económico se estaba dando hasta la fecha en este siglo XXI. Dada la complejidad y extensión de la cuestión y el formato de estas columnas, diré, como en la mejor franquicia, we will return en la próxima parafraseando ese inolvidable James Bond will return al final de muchas de las películas clásicas del agente 007. 

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