En 2018, una docena de congresistas de EEUU decidió preguntarse si el presidente de entonces estaba en condiciones de ejercer. Para ello, consultaron a la psiquiatra Bandy X. Lee (Yale), autora de El peligroso caso de Donald Trump: 27 psiquiatras y expertos en salud mental evalúan a un presidente.
¿Es nuevo dudar de la salud mental de quienes mandan? En absoluto. Calígula ya daba señales sin necesidad de X (Twitter). Ricardo III tampoco necesitó rueda de prensa para inquietar. Y el neurólogo David Owen se ocupó de ponerlo por escrito en En el poder y en la enfermedad, repasando dolencias y efectos secundarios del mando en el último siglo. Y es que la actualidad nos regala cada día motivos para preguntarnos si nuestros dirigentes están preparados... o simplemente colocados en el lugar correcto en el momento adecuado.
El sociólogo Erving Goffman lo explicó con precisión quirúrgica: lo que hoy llamamos “síntoma”, ayer parecía simplemente “una desviación de las normas”. Primero pensamos “qué personaje”; después, si insiste, pensamos “ah... era esto”. En el trabajo pasa igual: al inicio se confunde el problema con “estilo de liderazgo”. Y claro, luego vienen las bajas.
En el filme La trama, Russell Crowe (alcalde de Nueva York) se lo suelta a Mark Wahlberg sin anestesia: “Nosotros infringimos porque podemos; infringimos porque nos gusta”. Hay jefes que han adoptado esa frase como misión, visión y valores. Con la ventaja de que no se les exige guion: se les exige resultados. Y el miedo, ya se sabe, es muy productivo... durante un rato.
Aquí entra Stanley Bing, que resume en cinco los síntomas del “jefe loco”:
- Rigidez de carácter, que le impide admitir que las cosas no son siempre como a uno le gustaría. La realidad, ya se sabe, tiene el mal gusto de no obedecer.
- Inadaptación, que se compensan con la necesidad de agrandarse y exhibirse en todos los aspectos. Cuanto menos encaja, más volumen ocupa.
- Reafirmación frágil: le cuesta decir “no” y también decir “sí” con criterio; vive en el “ya veremos” como estrategia corporativa.
- Perfeccionismo desconfiado: nadie lo hace bien, salvo él. Y a veces ni eso.
- Episodios de furia incontrolada: a veces por algo; a veces por deporte. Hay quien entiende “gestión emocional” como “que los demás gestionen mi emoción”.
Y por si el diagnóstico se queda corto, Bing remata con su “pentaedro” que configura el cerebro del “jefe loco”. Cinco nodos —en combinación más o menos predominante— que quizá le resulten inquietantemente familiares. Traduzco a lenguaje de oficina:
- El abusón: su emoción es la ira. Lidera por amenaza, interpreta la resistencia como traición y confunde autoridad con miedo. En resumen: si preguntas, molestas; si discrepas, conspiras.
- El paranoico: su emoción es el miedo. Desconfía de todo, carece de empatía y la contradicción le parece un golpe de Estado.
- El narcisista: emoción variable. Temerario, disperso, convierte su “generosidad” en factura de admiración.
- El pusilánime: ansiedad en vena por un íntimo sentimiento de que no está a la altura. Se refugia en burocracia, micromanagement, comisiones y modas. Si no sabe liderar, organiza reuniones.
- El adrenalínico: vive al borde del abismo. Crea fuegos para poder apagarlos y llamarlo “gestión de crisis”.
Moraleja: hay menos pacientes diagnosticados que personalidades complicadas con tarjeta de visita. Y no olvidemos que los políticos y los jefes —¡sorpresa!— salen de entre nosotros. Así que sí: la salud mental también se sienta en la mesa de dirección.
Al fin y al cabo, en este asunto se suelen identificar dos hipótesis:
- El mundo es razonablemente normal, pero lo dirigen trastornados.
- El mundo está loco... y para dirigirlo hay que estar un poco loco también.
La pregunta no es cuál es cierta. La pregunta es: ¿en qué bando se coloca usted... antes de la próxima reunión?