Leyendo el contundente artículo de Joan Borja sobre el 750 aniversario de la muerte del rey Jaume I y la nula repercusión institucional concedida a la efeméride, resonaban en mi cabeza las palabras que la alcaldesa de Valencia, María José Catalá, dedicó a Alberto Núñez Feijóo durante el acto de proclamación de alcaldables del PP: “Te vamos a llevar a la Moncloa, porque Valencia siempre va a honrar y servir nuevas glorias a España”. Y comprendí, con tristeza, una buena parte de la actual realidad valenciana.
La figura del monarca de Montpellier, como recordaba el profesor Borja, evoca los orígenes del pueblo valenciano: su historia, su cultura y su lengua. Sobre esos elementos se construye una conciencia colectiva, primer paso para generar un sentimiento de identidad. Con ellos se cimienta una comunidad en la que las personas se reconocen y se sienten parte de algo común. Unos lo llaman país; otros, región; otros, comunidad. El nombre importa menos que la existencia de ese vínculo: sentirse identificado con el conjunto y orgulloso de formar parte de él. En eso consiste la dignidad.
Es difícil pensar que el olvido institucional —“silencio vergonzante”, lo llama Borja— se haya producido de forma involuntaria. Más si cabe cuando hay aniversarios para homenajear a santos y líderes musulmanes. Escuchando las palabras de Catalá, es lícito pensar que ese silencio responde a una voluntad deliberada de evitar cualquier manifestación capaz de despertar el sentimiento valenciano o valencianista; de avivar la dignidad de un pueblo.
Las palabras de la alcaldesa evidencian una actitud preocupantemente servil y retratan un territorio sin más iniciativa que recibir y cumplir órdenes. Sin más aspiración que ejecutar lo que le manden. Ese discurso otorga a los valencianos un papel de mero subordinado en el conjunto de España. Sin embargo, muchos aspiramos a que el pueblo valenciano ejerza una función protagonista en el desarrollo, el crecimiento y la mejora de un proyecto común como el que representa España. Y sí, se puede defender el proyecto colectivo desde la propia identidad.
Aunque las palabras de Catalá la sitúan ahora en el centro del debate, sería injusto atribuir exclusivamente a un partido político la ausencia de actos para recordar a Jaume I. Ninguna institución ha destacado por reivindicar a una figura clave de la historia valenciana. Esa unanimidad política en el olvido solo puede explicarse, en parte, por la falta de interés ciudadano. Ningún partido ha considerado que podía obtener rédito político de promover iniciativas con las que recordar a Jaume I. Por eso lo han dejado de lado. Y las instituciones han aprovechado esa apatía para no alimentar una conciencia colectiva que pudiera llevar a los valencianos a reconocerse como pueblo. Es un círculo perfecto: si los ciudadanos no lo reclaman, los políticos no lo reivindican; y si las instituciones no lo reivindican, los ciudadanos difícilmente percibirán que exista algo que reclamar.
Si uno no existe, no tiene carencias, ni virtudes, ni necesidades, ni retos.
Esta actitud, la ciudadana y la política, explica el verdadero papel que la Comunitat Valenciana desempeña en el conjunto de España. La cuarta comunidad autónoma en población y PIB adopta una posición de vasallaje ante unos señores —no importa el blasón que luzcan— que invariablemente la ningunean en el reparto de fondos e inversiones. De la misma forma que los gobernantes de las instituciones creadas por Jaume I pueden permitirse el lujo de ignorar al fundador de su pueblo, los grandes centros de poder nacionales pueden condenar a la irrelevancia a los valencianos. No hay consecuencias.
Tal es la indiferencia de los valencianos hacia su propio sentimiento de pertenencia que ni siquiera ha habido grandes voces reivindicando el origen valenciano del autor del gol del último Mundial. A la hora de la verdad, ni siquiera reivindicamos las glorias que aportamos a España cuando se alcanzan desde una posición de verdadero protagonismo. Es más: lo que ha habido han sido críticas de valencianos al valenciano que consiguió el gol.
En lugar de sacar pecho, nos hacemos el harakiri. Y, perdonen la hipérbole, mientras nosotros derramamos nuestra propia sangre, otros preparan con ella un suculento brebaje.
Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor