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Agricultura

La ruta del tomate

El mes de junio no solo se ha perpetuado en el tiempo por celebrar el solsticio de verano. Junio se ha caracterizado, entre otras cosas, por aperturar en el calendario el bautizo del tomate primerenco de la variedad valenciana. La cosecha de esta hortaliza supera límites y desborda pasiones. Nos vamos de ruta

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No solo los aficionados al séptimo arte se deleitan con la filmografía de culto. Desde hace siglos, el culto al tomate perfila el vértice gastronómico de muchos comensales. Los eruditos en esto de sembrar tomates, los agricultores, lo corroboran. Los vendedores lo certifican. Más que culto, diría yo, exquisitez. Buscan los de piel fina, dulces, de buen tamaño, nada arenosos y que no produzcan acidez durante las sobremesas.

En los últimos años, el tomate ha despertado un cierto interés fuera de los fogones y las cocinas. Investigadores, estudiantes e historiadores han abordado el estudio del origen de la hortaliza con cierto valor académico —en algunas regiones de Italia ocurre lo mismo con el queso parmesano—. Muestra de ello fue por ejemplo la organización de un congreso de la tomaca en el año 2017.

La biblioteca de la Universidad Politécnica de Valencia cuenta con un documento que aborda el origen y desarrollo del tomate en nuestro territorio, situando a la localidad de Orihuela, en el siglo XVIII, como fuente referencial y punto neurálgico:

«Así, una de las noticias más tempranas sobre una tributación por cultivar tomates aparece en 1780: en el libro de viajes Travels Through Spain, escrito por el irlandés John Talbot Dillon, para confirmar la fertilidad de la huerta de Orihuela».

Ese trabajo de M. López-Terrada también recoge que la 'agromanía' europea de la primera mitad del siglo XVIII no fructificó en Valencia hasta la aparición de los primeros volúmenes de la Agricultura general y gobierno de la casa de campo de José Antonio Valcárcel. Valcárcel fue miembro activo de una institución típicamente ilustrada, la Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia; y su Agricultura general, publicada en diez volúmenes, debe ser considerada como la superación de los saberes tradicionales y la adaptación de las aportaciones del nuevo método agronómico.

La ruta del 25

El texto certifica lo que sentiría en mi desplazamiento por la ruta del 25, donde recogí testimonios que aportaron los lugareños, a los que realicé las entrevistas a pie de arena, sobre los procedimientos del cultivo de sus antepasados:

«De marzo en adelante, ya se transponen las planticas: a un pie y medio de distancia una matica de otra en suelo preparado, y este dividido en tablares con sus regueras. Se cuida de escardarlos y regarlos a sus tiempos: empiezan a dar fruto hacia últimos de mayo, y duran hasta las heladas, sucediéndose los tomates unos a otros en una misma mata». Luego, Valcárcel indica lo habitual que era realizar la denominada 'barra', una especie de bóveda hecha de cañas junto a la que se plantaban «las maticas, a una distancia proporcionada una de otra, y conforme crecen los brazos, se les dirige por encima de la barraca, de modo que la llegan a cubrir toda: en esta postura maduran bien y pronto los tomates, y se mantienen en fructificar bastante tiempo».

Escribir sobre la variedad valenciana nos conduce a un recóndito lugar marinero, que rema a través de una ruta que cruza el Parque Natural de L’ Albufera, trazando un itinerario por la mancomunidad que, inconscientemente, han creado El Perellonet, El Perelló y El Mareny. Sin duda, el resultado del cultivo sobre la arena de playa es el favorito para miles de paladares de valencianos y nacionales.

El viaje, sin sobresaltos y aguantando los decibelios de un joven imberbe, recorre la mitificada Ruta del Bacalao. La ruta es agradable. Ambas liturgias han convivido en el tiempo. Una persiste en el recuerdo a través de la música, gracias a las salas que aún mantienen al vinilo que no para de sonar cada sábado noche, y la del tomate, que ha seguido cosechando sus frutos. 

Los recuerdos de Amparo

Mi parada es en una de las fincas más antiguas de la pedanía en El Perellonet, más conocida como Trencaperols. Allí me aguarda en la entrada, junto a una robusta higuera, Amparo Chardí. La mujer  va impoluta de los pies a la cabeza. Le precede un túnel repleto de flores de paraíso de su primo Ramón. Trencaperols es un paraíso. 

Caminamos hasta un comedor de verano, engalanado de viejos utensilios y recuerdos fotografiados por sus padres, sobrinos y su amiga Esther. Voy a mantener con ella unas conversaciones sobre un tomate primerenco. 

Antes de empezar, Amparo me comenta que su familia ha cultivado principalmente la variedad del tomate cuarenteno. Primera en la frente: «Aquí, en la finca, casi nunca plantamos valenciano». 

Apenas iniciada la conversación no le saltan las lágrimas, pero casi. Son tantas las vivencias que le tengo que recordar que «la patria de cada uno es su infancia» y, hasta la fecha, Amparo no sale ni en ambulancia de la casa que labraron sus padres. «En la década de los cincuenta, normalmente para la llegada de las Navidades, levantábamos barracas con los recursos naturales, principalmente cañas y paja de arroz o borró, una planta autóctona de L’Albufera. Dejábamos secar en un cubo los tomates para sacar la pulpa. Se enjuagaban y así sacábamos las pepitas o simiente». De esa acción daba su fruto lo que hoy conocemos como el planter. En marzo se sembraban. Se acuerda que una nevada heló todo el planter que había sembrado en el campo de la tía Pepa, lugar donde hoy se asienta un polideportivo. 

El paso del tiempo hizo que las instalaciones se modernizaran, levantando túneles de plástico, que a veces, en el momento que el frío aparecía durante la gélida noche al bajar las temperaturas, en unos cubos se preparaba la paja para iniciar un fuego controlado, más humo que otra cosa, con la finalidad de que la llama no afectara al plástico que cubría el túnel, resultando que las tomateras no se congelaran.

Hace tiempo que eso del patriotismo lo tengo en cuarentena, la agricultura no entiende de nacionalidades, patrias ni religiones. Comer y dar de comer a tus hijos es el verdadero patriotismo. El resto de abanderados para los fieles, a los campeonatos del mundo o a las olimpiadas. Trabajar la tierra es uno de los oficios más nobles y sacrificados que se conocen desde la antigüedad. Y el reconocimiento hacia los que todos los días nos dan de comer está en batería baja. València ha sido una ciudad de huerta y de mercados. Poco queda de esas imágenes aéreas del green valenciano rodeando las torres y las murallas. Solo las litografías, la pintura, las postales y las fotos en color sepia. Recurrimos a ellas. 

Los tres grandes productores

A casi nadie le tiene que sorprender o extrañar que prácticamente la mayoría del tomate valenciano que se consuma en estas fechas estivales proceda de estos tres términos municipales. Me refiero al tomate de proximidad. Al nuestro. Al de casa. Lo curioso es que por extensión, en el catálogo, El Perellonet y El Mareny disfrutan de más hanegadas de cultivo que El Perelló.

La fina arena, varias generaciones de apellidos ilustres, la cooperativa de Agricultores de El Perelló y el empuje del Ayuntamiento local, agente colaborador en la organización de las Jornadas Gastronómicas, son culpables del alto reconocimiento y valor otorgado por parte de la sociedad valenciana de esta variedad.

Si las plagas no se ceban con ellos habrá buena cosecha. La tuta, principalmente, enemigo público del tomate junto a la araña, amenaza a este manjar rojo del Mediterráneo, que acompañado en el plato de ventresca o rúcula, y aderezado con una cucharada de aceite de oliva es realmente delicioso. La salinidad marca la diferencia con el resto de variedades. 

No solo el municipio de El Perelló vive del tomate; la pedanía de El Perellonet y El Mareny son grandes productores, aunque hay que resaltar que la verdura china renovó todas las plantillas e incentivó el interés por una agricultura totalmente envejecida. Una vez finalizado el radar de tramo, si circulan desde València, observarán a la derecha, en la carretera, extensiones repletas de túneles de malla o plástico, revestidos por cañas y apoyados sobre traviesas de madera con miles de tomateras suspendidas desde lo más alto. 

El papel de L’Albufera

El agua dulce de L'Albufera juega un papel destacado en su composición. Otro pilar básico dentro de la cadena alimenticia del tomate que se suma al inventario es la empresa Planters Taches y Viveros El Mareny, que amablemente nos abren sus instalaciones y nos explican los procesos de elaboración y composición de los semilleros.

En esa maltratada vía por las severas señales de circulación, la antigua carretera Nazaret-Oliva, hoy reconvertida en CV-500, el consumidor dispone de varios puestos de venta de cosecha propia, parada obligatoria, para poder adquirir los tomates y verduras con trato directo con el agricultor. Muchos puestos a pie de carretera forman parte del itinerario de la ruta del tomate. Una tradición, convertida en rutina para los que la transitan, sean segundos residentes o turistas que vienen a pasar sus días de vacaciones o descanso a los apartamentos o zonas de acampada.

En El Perelló desde hace tres años, Adrián y Adriana, un matrimonio de nacionalidad rumana, han abierto un comercio de calle especializado en el tomate. Lo cultivan y lo venden directamente a sus clientes, además de regentar un puesto en El Palmar abierto durante los fines de semana. En el luminoso luce A.M.A. LOS TOMATES. Aquí, encontrarán todo tipo de verdura fresca cuidada al detalle. Este mes, en El Perelló se habrá celebrado otra edición de esa Mostra de la Tomaca, donde miles de valencianos habrán degustado una gran variedad de ellos, así como de productos cultivados en la zona. Una vez al año no hace daño. En El Perelló, origen del planeta del tomate, les esperan con los brazos abiertos. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 137 (junio 2026) de la revista Plaza

 

 

 

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