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la cultura invisible / OPINIÓN

El chico que se comió a su perro

9/02/2019 - 

 La primera vez que leí una ficción distópica no sabía siquiera el significado del término. Debía de tener diez u once años. En casa siempre había cómics, lo he contado alguna vez, mi hermano mayor nos enredaba a los tres para seguir cualquier colección que comenzase; intentarlo al menos, y si leído el primer número no valía la pena, puede que lo dejáramos pasar. Y no recuerdo el cómic en concreto, puede que fuese Creepy, puede también que la historia fuese escrita y dibujada por Rafael Aura León, tiene pinta, pero tampoco lo sé con certeza. Esta duda me va a empujar un día, el verano próximo, a bajar al sótano donde descansan todos estos tebeos y comprobarlo. Pero lo cierto es que recuerdo el ambiente distópico, y cómo el chico protagonista, tras vivir diversas aventuras de peligro y salir indemne en compañía de su perro, finalmente decide aplacar el hambre y salvar la propia vida comiéndoselo.

Desde entonces en numerosas ocasiones esta historia ha vuelto a mí. Especialmente porque tengo pasión por los amigos peludos, los compañeros eternos, incluso después de muertos. Yo, por ejemplo, cada vez que mato un perro en mis novelas sé que mato y entierro de nuevo siempre al mismo perro, mi perro-lobo Tristán. No por ser el más querido, los perros son como los hijos, se quiere a todos por igual, pero sí por ser el que más me quiso, y en eso no hay discusión posible. Y quede claro que todos mis perros me quisieron, o lo disimularon muy bien. Pero aquel perro no era de este mundo.

QUIZÁ TODO HAYA SIDO SIEMPRE UNA DISTOPÍA. CUALQUIER CULTURA, CUALQUIER CIVILIZACIÓN HUMANA.

Pues como decía, la escena del perro comido por su dueño me pareció un dilema filosófico —sin saber yo tampoco con diez años lo que era eso— irresoluble. Un planteamiento límite en una situación límite. Nada más límite que una distopía. ¿No creen? Pero ¿qué es una distopía, exactamente? Según la RAE, distopía sería «la representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana». Si quitamos lo de «futura», ¿no les suena mucho esta sociedad? Bueno, bromas aparte —o no—, la distopía ha llegado este fin de semana de la mano de uno de los festivales más consolidados de la provincia a Castellón. Una apuesta arriesgada que lleva catorce años ofreciendo buen cine con buena música en directo. Una experiencia especial, sin duda. Los que vimos nacer el Cinemascore no damos crédito al paso del tiempo; ya son catorce años, y parece que comenzó ayer. En el cartel de este año vemos La carretera, de John Hillcoat, con la música en directo del británico hombre orquesta Paddy Steer; Fahrenheit 541, de François Truffaut, con música de los folktrónicos Tunng; THX 1138, de George Lucas, con música de los vila-realenses Güiro meets Russia —que hace un par de meses hipnotizaron a todos nuestros hijos en la Casa dels Mundina de Vila-real—; y Blade Runner, de Ridley Scott, bajo el cielo sonoro de los barceloneses Seward. Todavía están a tiempo si leen esto antes del domingo a las 20 horas, corran.

Volviendo al dilema del chico que se comió a su perro en un mundo distópico, agotada ya cualquier otra oportunidad de sustento. Quizá el chico no quería hacerlo. Quizá fue un pacto entre ellos. Uno de los dos debía continuar. Y lo que es seguro es que un perro nunca se comería a su dueño. Y ese acto de fidelidad los hubiese condenado a los dos al mismo silencio. Así que quizá el chico sacrificó todo aquello en lo que creía por continuar aquella gesta que vivió junto a su perro por los dos, incluso a costa de que uno de los dos se alimentase del otro.

Ya ven, es fácil equivocarse. Tan fácil como acertar. A veces incluso pueden ser la misma cosa, según el momento en que nos encontremos. No me hagan mucho caso, pero creo que no hay que buscar distopías —más allá de la ficción— muy lejos de aquí. De nuestro tiempo. Quizá todo haya sido siempre una distopía. Cualquier cultura, cualquier civilización humana. Éste, como cualquier término, se define muy bien por el contrario. Quizá comerse al propio perro sea una metáfora de que existir tiene un precio, de que nunca vamos a seguir siendo los mismos, porque nos hemos comido a nuestro perro, a nosotros mismos, lo que éramos, y por el camino ha caído todo lo que nos acompañaba. Ése es el precio, el cambio inevitable, doloroso y necesario que no se ha detenido nunca. Se podría deducir de ello que la vida es movimiento y que lo único realmente distópico es bajar los brazos y rendirse. Buen viaje.


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