DISTINGUIDO CON LA CRUZ DE SAN RAIMUNDO DE PEÑAFORT

Ernesto Tarragón: “El notario es un jurista de cabecera”

Reconocido con la Cruz Distinguida de Primera Clase de la Orden de San Raimundo de Peñafort, el notario castellonense subraya que la sociedad conoce poco la labor de asesoramiento gratuito que ejercen los fedatarios públicos

8/02/2021 - 

CASTELLÓ. La carrera profesional de Ernesto Tarragón Albella (Castelló, 1956) dibuja una trayectoria que recorre diferentes regiones españolas con estación de destino en su ciudad natal. Nacido un lunes de Magdalena, este polifacético notario inició su carrera como fedatario público en 1984 en L’Olleria (Valencia) y posteriormente pasó por Vecindario (Las Palmas), Alzira (Valencia) antes de llegar a Vitoria (Álava), donde permaneció una década antes de regresar a la Plana en junio del año 2000. De vuelta, ha combinado su ejercicio profesional con ocupaciones como la presidencia de la Fundación Balaguer-Gonel y, en el plano lúdico, con una militancia entusiasta en Moros d’Alqueria y el Chapter Castellón de Harley Davidson.

Licenciado en Derecho por la Universidad de Navarra, desde 1999 es miembro de la Sección Internacional del Consejo General del Notariado de España, inicialmente en la delegación española en la CAUE (Comisión des Affaires de l’Union Européenne) de la Unión Internacional del Notariado Latino (UINL) -comisión después rebautizada como CAE- de la que fue vicepresidente entre 2010 y 2013.  Consejero honorario de la propia UINL y delegado para Asuntos Africanos del Consejo General del Notariado Español, ha sido ponente en diversos congresos internacionales de la Unión Internacional y conferenciante en otros foros jurídicos. Además, ha sido profesor asociado de la Universitat Jaume I durante 15 años y vicepresidente de su Consejo Social durante 6 de ellos. Titulado en Mediación Civil y Mercantil, Sus méritos y aportaciones profesionales en el ámbito jurídico acaban de ser reconocidos con la concesión, por parte del ministro de Justicia, de la Cruz Distinguida de Primera Clase de la Orden de San Raimundo de Peñafort, que comporta el tratamiento de Señoría y categoría de comendador. Su carácter afable y desenfadado desmiente la gravedad de tales títulos y suprime la frialdad inicial de las entrevistas a través de la pantalla. La conversación fluye salpicada de anécdotas más y menos publicables.

- Señoría, ¿cómo ha recibido la noticia de la concesión de la Cruz de San Raimundo de Peñafort?
- [Sonríe] Pues con sorpresa, porque no tenía ni idea de que se había iniciado el expediente para su concesión. Recibo en el correo muchos sobres oficiales, y entre ellos, del Ministerio de Justicia. Lo que no esperaba es que fuera del ministro. En una cuartilla muy sencilla me explica que reunido el órgano correspondiente, me ha sido concedida esta Cruz. Y yo lo estaba mirando y pensaba ¿será broma, será 28 de diciembre? Y luego ya, el pensamiento de “te estás haciendo viejo, Ernesto, porque esto sólo se lo dan a los mayores”, aunque en realidad tampoco sea así. El mayor mérito es siempre dar lo mejor de cada uno, con las naturales equivocaciones, pero con entrega, profesionalidad y honestidad. No sabía ni quién me lo había propuesto, al final pude confirmar que la iniciativa venía del Consejo General del Notariado, por reconocimiento a mis años en la sección internacional, llevando el notariado español por el mundo y por haber abierto el camino del notariado español en África. Vamos, supongo que será por eso… y aunque sin jubilarme, por mayor.  

- ¿Te consideras un jurista vocacional?
- Sí, desde crío. Desde pequeño, desde bachiller tuve claro que quería estudiar Derecho y tenía una clara influencia de la figura de los abogados del Estado. Yo me crié en la Delegación de Hacienda; mi padre era de los más antiguos que llegó a haber en España, nombrado por el ministro Barrera de Irimo, a finales del franquismo, y se jubiló siendo ministro Solchaga. Y en las delegaciones de Hacienda había una figura joven, envidiable y pletórica, que recién aprobado llegaba, y para mí era una referencia. Tenía mucha afinidad con uno de ellos, David Herrero, por cuya influencia yo estudié Derecho. La idea era ser abogado del Estado, pero se produjo una circunstancia curiosa: mi primo Sebastián Albella -presidente de la CNMV entre 2016 y 2020-, que era nieto y sobrino de notario, parecía que por tradición familiar se inclinaba más por la notaría. Pero un día cambiamos los temas y él es abogado del Estado y yo notario; no me arrepiento en absoluto.

- ¿Qué es lo que más te gusta de tu profesión?
- Me gusta mucho de ella el contacto con la gente. Un notario es un jurista de cabecera, igual que tenemos el médico de cabecera. Y luego están los grandes especialistas, para situaciones especialmente complicadas o especializadas. El notario es quien conoce la trayectoria jurídica que sigue una persona a lo largo de su vida, desde que se casa hasta el testamento, con todos los documentos que va generando, la herencia de sus mayores… el notario va acompañando. Y por eso existe una cierta fidelización hacia la figura del notario en los documentos que afectan a las personas, luego podemos cambiar… porque la clientela va donde quiere. Yo no tengo un sentido patrimonial de la clientela, y precisamente esa es una de las grandezas del notariado: el alto nivel técnico de los notarios permite cambiar sin grandes problemas. Son las cualidades personales las que mantienen la fidelidad.

- ¿Qué valores veías en esas figuras que te orientaron al mundo jurídico?
- Mantengo la fidelidad a los abogados del Estado, porque éste elige a los mejores para ponerlos a su servicio: es una profesión que acredita un conocimiento técnico extraordinario en muchas disciplinas. Toca muchos campos del Derecho, del privado al público, administrativo, fiscal… mientras los notarios nos dedicamos más al privado, somos especialistas con una visión del Derecho entre particulares y particularmente en Derecho de sucesiones. La preparación del primero es una visión más universal del Derecho y son grandes juristas: de hecho muchísimos están en excedencia porque el mercado les hace ofertas tentadoras por parte de las asesorías jurídicas de las grandes compañías.


- ¿Pero qué te atrae, de niño, estas profesiones?
- Sobre todo, el sentido de justicia. Porque el Derecho va vinculado a ese concepto. No puede haber un jurista a quien no le duela ver una injusticia. Y al principio, claro, te fijas en las cosas más llamativas. A mí me gustaban mucho las películas y novelas de juicios, y siempre me ha parecido un refinamiento de nuestra civilización que los asuntos se resuelvan en los tribunales y no a tiros. Una frase que nos gusta mucho a los notarios es de Joaquín Costa, que poca gente recuerda que era notario: “a notaría abierta, juzgado cerrado”. Es decir, que siempre que quepa la posibilidad de un pacto, no es necesario ir a un juicio para que un tercero, un juez, decida quién tiene razón.

- Todos pasamos por el notario a lo largo de nuestra vida, pero ¿qué es lo más desconocido de su profesión?
- [Medita brevemente la respuesta] Pues yo creo que lo más desconocido es precisamente es la labor de servicio, de asesoramiento gratuito que ejercemos los notarios. Quizá la sociedad al notario lo ve como una persona de la que se puede fiar pero a la que tiene miedo porque tenemos fama de caros. Y luego te das cuenta de que el servicio individual que se presta la mayor parte de las veces no es caro; es más, la gente se sorprende de que un testamento sólo valga 38 €, IVA incluido. Se preguntan cómo es posible; hay documentos objetivamente baratos, porque el precio de los notarios lo fija el Gobierno y lo mueve muy poco… y si lo mueve es para bajarlo. Y lo que se desconoce es que pueden venir a hacer cualquier planteamiento jurídico relacionado con un documento que pretendan hacer: el notario presta ese asesoramiento dirigido al otorgamiento de un documento, se otorgue o no se otorgue.

"la sociedad VE al notario como una persona de la que se puede fiar, pero a LA QUE tiene miedo porque TIENE fama de caro, y la mayor parte de veces no lo es"

- En cualquiera de los dos casos.
- Sí, y ojo, hay buena labor notarial en ambos casos. También cuando no se autoriza porque una vez recibido el asesoramiento notarial, las partes consideran que les conviene o no hacerlo. El notario no es un ejecutor de la voluntad: primero debe saber si lo que la gente te dice que quiere hacer es realmente lo que quiere hacer. Al profesional muchas veces se le pide que asuma tu responsabilidad: es el “¿y usted qué haría, doctor? ¿cómo lo haría?”. Nosotros explicamos la situación, evitando utilizar jergas y no interpretar literalmente lo que la gente te dice, porque no utilizan los términos técnicos con precisión. Tú tienes que preguntar qué quiere hacer la persona y luego decirle de qué forma se puede hacer, y qué implicaciones tiene el camino trazado, las cosas buenas y malas… y como estamos en un mundo tan material, en la mayor parte de nuestro asesoramiento la pregunta es “¿y esto cómo lo puedo hacer desde un punto de vista fiscal más barato?”. Cuántas veces no se han autorizado las escrituras que me encargaban, tras decirles las consecuencias fiscales de esa donación, por ejemplo. “Oiga, es que vengo a poner el piso a nombre de mi hijo”. Y les dices, “eso es que quiere regalarle el piso”, y te dicen “sí, sí”. Y cuando le explicas el impuesto que va a tener que pagar por la plusvalía que se le genera en renta, a efectos de IRPF, entonces hay gente que se da cuenta de que va a pagar 10-15.000 €… y bueno, el notario debe dar siempre una alternativa, por ejemplo explicarle que va a tener el mismo resultado si en lugar de dárselo en vida, lo pone en el testamento como una mejora o aparte del reparto general. Es decir, el notario ejerce una función de consejo que especialmente en las capitales se desconoce más: en los pueblos no, allí la gente sabe que puede acudir al notario.

- Pero hay otros tipos de notario.
- El notariado debe su prestigio social a dos tipos de notario. Uno es el del pueblo, porque con independencia de la persona hay una estándar de calidad que trae confianza, y otro son los ‘monstruos’ que saben muchísimo y que son unos fenómenos publicando cosas o forzando la interpretación del Derecho. Muchas instituciones son producto notarial, desde la Sociedad Limitada, que luego pasó a ser ley, hasta la última, en la que participé personalmente: la autotutela, que tú puedas regular una situación de incapacidad propia. Es decir, yo doy un poder a mis hijos pero quiero que valga aunque yo pierda la capacidad; o al revés, les doy un poder para el caso en que yo sea incapaz, le digo al juez que designe a mi propio tutor. Eso ahora está en el Código Civil pero empezó con trabajos en la comisión de la UINL, de la que formé parte desde 1999. En ella, participaban los países europeos con nuestro sistema jurídico notarial, que está está basado en el Derecho Romano, y en nuestra mentalidad la seguridad jurídica se busca en la fortaleza documental: cada vez que alguien viene a la notaría, firma y entrega un cheque con sus ahorros de muchos años o con su capacidad de crédito para los próximos 20. Firma y sólo espera una mirada del notario diciéndole “tranquilo, que está bien”. Y se levanta más tranquilo, hipotecado para 20 años, porque tiene confianza. Eso es distinto en el mundo anglosajón.

- ¿En qué sentido es diferente el sistema anglosajón?
- Es sencillo: en nuestro sistema la pieza fundamental es el documento público complementado por el registro de la propiedad. En el anglosajón, esa seguridad es económica. No hay notarios como los conocemos aquí, sino que acuden a un sistema de seguros para acceder a una indemnización si el supuesto vendedor no fuera realmente propietario, o si la casa tuviera algún tipo de carga. Eso te da seguridad económica, pero no la seguridad de que la casa es tuya: para eso tendríamos que ir a juicio. En el mundo anglosajón, la debilidad del sistema documental se compensa porque el sistema judicial es muy fuerte, y entre ambas cosas, se procura seguridad jurídica. Pero es otra mentalidad.

- Y ¿en qué sistema se sitúan países como China?
Pues curiosamente China ha adoptado el nuestro: cuando los países emergentes en el comercio empiezan a comerciar masivamente, precisan sistemas de seguridad porque sin ella no hay confianza, sin confianza no hay inversión y sin inversión, no hay desarrollo. Y optan por el sistema notarial porque es más fácil y más barato. El coste de transacción para tener la seguridad es más barato en un sistema notarial, porque en el anglosajón tienes que pagar cada parte a su jurista y luego el seguro. Por eso, al extenderse a China, Japón y otros países como Indonesia, la UINL perdió la L de “Latino”. Ahora son 87 los países que siguen nuestro sistema.

"El banco piensa que cuanto menos se 'enrolle' el notario explicando cosas al cliente, mejor, pero tenemos una función equilibradora entre las partes"

- Decías que pese a todo, se desconoce la labor del notario como asesor jurídico.
- Y más ahora, que eso se refuerza por los grandes agentes económicos, los bancos, que no quieren ese asesoramiento jurídico: para el banco, mejor será cuanto menos se 'enrolle' el notario explicando las cosas al cliente, que por otro lado es la primera vez y probablemente la última que compra un piso. Piensan “bueno, no hace falta que le explique tantas cosas”. Pero según el reglamento, el notario tiene una función niveladora, equilibradora entre las partes. Soy imparcial, pero tengo que ser equilibrador. No hay notario de parte, es de las dos partes. Claro, eso está muy bien pero económicamente puede ser peligroso, porque sabes que el cliente bueno es el banco, que todos los días trae escrituras… pero ahí está la gracia de ser una persona que luego tenga el mérito profesional reconocido.

- ¿Cómo ha cambiado el notariado en los últimos 37 años?
- Va a sonar a que soy muy mayor [ríe], pero te respondo: técnicamente las nuevas tecnologías han supuesto un avance para el notariado, también es verdad que se ha perdido cierto toque artesano, pero no estoy convencido de que sea siempre mejor lo artesano. Obviamente las tecnologías han supuesto una ventaja, porque te dan la posibilidad de hacer un trámite electrónico, consultar el registro electrónicamente, hacer una verificación de datos en el momento de la firma. Antes esto eran advertencias que dejaba hechas el notario y ahora son comprobaciones. Todo eso ha mejorado la calidad del servicio. Lo que ha empeorado es la estandarización de los grandes operadores, los bancos, que no quieren ese asesoramiento. Esa contratación en masa ha perjudicado un poco al notariado, porque además los bancos tienen externalizadas esas funciones: generalmente las llevan a cabo gestorías y quien firma en nombre del banco en realidad más que un apoderado del banco es un simple nuncio: sólo transmite la voluntad. No te deja cambiar una coma porque la asesoría jurídica del banco ha dado ya el visto bueno a un determinado proyecto de escritura, que a lo mejor está mal y el notario no lo firma, pero pierdes muchísima frescura y agilidad, porque son cosas que se podrían resolver en el momento. Por tanto, ha empeorado porque yo he pasado de redactar escrituras de los bancos e incluso hacer minutas, a que ahora cada vez que quiero introducir una novedad se paraliza esa escritura, hay que volver otro día porque la asesoría jurídica debe revisarlo, etcétera.


- ¿Y en el papel que la legislación os asigna, ha cambiado algo?
- Sí, claro. Hemos ido ganando competencias, lo que demuestra el buen hacer del notariado. La más característica es casar, con los mismos efectos civiles que si te casara un juez o un alcalde. Y también divorciar, pero siempre que sea de mutuo acuerdo y que no haya menores. Si los hay, el convenio de los padres, la ley quiere que lo revise un fiscal y ahí tiene que ser vía judicial. Pero es curioso: ahí la ley quiere que intervenga un abogado, porque el notario no actúa como asesor de los que se van a divorciar, sino como juez, para verificar que el convenio que le presentan no es contrario a la ley. Esa es una novedad. Y hace unos años salió una ley de jurisdicción voluntaria, que pretende que los notarios realicemos muchos actos jurisdiccionales siempre que no haya conflicto entre las partes, como en deslindes. Son 35 nuevas competencias, sobre todo pensadas para descargar al juzgado. Y la última novedad es la Ley de Crédito Inmobiliario, que exige como requisito ‘sine qua non’ para la escritura, que antes de formalizar una escritura de préstamo hipotecario, que antes la gente venga a la notaría a recibir de forma directa, personalizada y gratuita la explicación de la hipoteca que el banco ha concedido. Es decir, que ahora vas al banco, te dicen “esta es mi oferta, vinculante durante un plazo y en la que no puedo cambiar nada para evitar sorpresas el día de la firma, y ahora usted tiene que elegir un notario y que él le explique”. Es decir, que ahora la persona viene dos veces a la notaría: la primera para recibir la explicación -y en esta incluso se hace un test para comprobar que lo ha entendido todo- y luego ya a firmar. He de reconocer que compensa porque refuerza la figura del notario y facilita muchísimo el día de la firma.

- ¿A quiénes consideras tus maestros en la profesión jurídica? En tu perfil de LinkedIn dice que fuiste alumno ayudante de Derecho Romano con Álvaro d’Ors.
- Tuve la suerte de estudiar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra con grandes profesores. En mi época no era muy grande, así que todos estamos en la foto de la orla. Con el confinamiento hemos recuperado contacto a través de un grupo de WhatsApp y es increíble la facilidad con la que todos hemos recuperado la relación, con confianza y respeto. Fíjate, más de 40 años después, descubriendo afinidades con compañeros de entonces… pero bueno, sí, Álvaro d’Ors era un jurista magnífico, un catedrático de Derecho Romano extraordinario, nos marcó a todos. Otro gran profesor fue, en Derecho Penal, José Ortego. La Universidad me proporcionó esa visión global del Derecho que vas perdiendo con la especialidad, pero cuando acabé Derecho aún quería ser abogado del Estado. Luego, en la Universitat Jaume I he sido muchos años profesor asociado de Mercantil y de Derecho Notarial, que inicialmente no existía en en el plan de estudios de la UJI y que mediante un convenio con el Colegio Notarial de Valencia se creó y he estado impartiéndola durante 15 años. Ahora he pasado el testigo a otro compañero, para que otros tengan también ese honor.

- ¿Por qué dejaste las clases?
- Soy muy entusiasta, y las clases las doy con mucha pasión. Y realmente hacerlas telemáticas me costaba mucho trabajo. Mis clases eran muy dinámicas, pensadas para ser presenciales. Este año es el primer curso que no lo daré… el año pasado ya lo terminé virtualmente pero no me veo capaz de hacer ahora una clase virtual. Lo considero un privilegio, un honor, tener la oportunidad de expresar con pasión, enseñar la profesión a la que te dedicas. 2020 ha sido un año de cambios para mí, porque también he dejado el Consejo de Dirección de la Unión Internacional, y llevaba 6 años en el Consejo Social de la UJI… me apetecía dedicarme a otras cosas.

- ¿Cómo recuerdas tus inicios en el notariado?
- Pues empecé en L’Olleria en 1984, y allí cada año servido debería valer doble en el escalafón, porque la gente era muy lista. Te ponían problemas jurídicos de auténtico aprieto, un pueblo industrial que venía de una crisis importante. Un pueblo fabril, dedicado al vidrio y a los plásticos. Estuve dos años y era una auténtica escuela de notariado, porque al acabar tienes los conocimientos técnicos, pero te das cuenta de que personas muy mayores llegan y te confían cosas sin conocerte: se fían de la institución. Y ahí aprendes a ser notario, a interpretar a la gente, a saber lo que quieren… y eso es muy importante. La confianza es un árbol de crecimiento lento.

"si en algún sitio tienen recursos pero no riqueza es EN ÁFRICA: ALLÍ no hay seguridad jurídica, EMPEZANDO POR LA FALTA DE TÍTULOS DE PROPIEDAD"

- Luego estuviste en Canarias, adonde llegaste en el 86.
- Siempre tuve un cierto atractivo por África… y quería ir cerca. En Canarias tuve un tiempo feliz, allí constituimos con unos compañeros la Comisión de Cultura del Colegio de Las Palmas. Allí estuve en Santa Lucía-Vecindario, un pueblo de servicios entre Maspalomas y el aeropuerto. Hace poco estuve y me quedé impresionado de lo que había crecido. Coincidimos en Canarias Ximo Sapena, que hoy está en Valencia; Luis de la Higuera, ahora en Granada; también Castán… hicimos un grupito de notarios jóvenes e invitábamos a los grandes ‘budas’ de Madrid para que vinieran fines de semana y nos daban conferencias: ahí tuvimos a grandes notarios, muy famosos. Estuve muy bien, pero el caso es que yo quería hacer oposiciones entre notarios y allí era muy difícil estudiar: el buen tiempo, con los niños… al final decidí irme a Alzira a finales de los 80, porque quería progresar en el escalafón, porque allí un corredor de comercio, Rafael Fabra, que era de Castellón, me habló de una vacante. Luego no pude estudiar tanto, porque hubo una riada tremenda. La cuestión es que esas oposiciones luego no me sirvieron para nada, porque antes de aplicar la antigüedad me fui a Vitoria.

- ¿Por qué Vitoria?
- Era una capital de provincia, primera clase, y eso me facilitaba llegar a Castellón, que era mi meta de siempre. Yo quería ser notario de mi pueblo, mi ciudad. Y lo más fácil para ello era ir por otra capital, y Vitoria entonces era poco atractiva porque había mucha competencia, no tenía ningún apoyo, iba a pecho descubierto… y llegué allí con mis tres hijos entonces y mi mujer. Y muy a gusto, tanto es así que al cabo de 6 años sale una vacante de Castellón y no la pido. En el 95 o así. Y luego, la vida me dio otra oportunidad y tampoco la pido. La dejé pasar dos veces. Y en el 2000, después de 10 años allí llegó la tercera ocasión y esa ya la pedí. Era mi ilusión de siempre pero Vitoria me había calado hondo. Se dieron entonces varias circunstancias: por un lado, mi padre era mayor y yo quería pasar sus últimos años con él; además yo quería participar en el crecimiento de la UJI y se iba a producir una fusión con el cuerpo de corredores de comercio, y eso me parecía una situación especial. Y hubo también otro factor más personal.

- ¿Cuál?
- En aquel año 2000 mataron a Fernando Buesa, con quien yo tenía amistad porque compartíamos la afición al baloncesto, íbamos a ver al TAU. En aquel momento la sociedad vasca estaba un poco viciada, y me parecía que aquello era difícil de resolver. Nunca tuve ningún problema político ni social en Vitoria, pero pensé que algo iba mal cuando era la oposición la que tenía que llevar escolta mientras el Gobierno no la llevaba. Yo estaba en mi despacho y oí cómo explotó la bomba de Fernando Buesa. Nunca tuve miedo personal pero sí la sensación de que aquello no se iba a arreglar, porque veía cómo gente estupenda tenía unos planteamientos tan distintos e incompatibles con la idea de España que yo tenía, que veía surgir un conflicto social. Así que entre unas y otras circunstancias me llevaron a volver a Castellón, y nunca me he arrepentido.

- Cambiando de tercio, en tu currículo destaca el trabajo con África. ¿Qué significa ese continente para ti?
- Muchas cosas. Será porque estudié el bachiller en Melilla, y hacía excursiones con mis padres por Marruecos, o también porque desde que estuve en l’Olleria formo parte de una escuadra de moros. La cuestión es que África supuso para mí un reto profesional notarial: si en algún sitio tienen recursos pero no riqueza es allí. Y si no la tienen es porque no hay seguridad jurídica. África está muy necesitada de instituciones jurídicas solventes, hace falta Estado, sociedad civil, clase media. Y estoy convencido de que sin formación no hay desarrollo posible.

- Y por eso apostásteis por la formación notarial.
- Pues sí. Un grupo de entusiastas, en colaboración con los franceses, creamos un máster en Derecho Notarial en Niamey, la capital de Níger. Allí todos los años se imparten clases para que licenciados en Derecho, o que aspiren a ser notarios en sus países tengan formación teórica y deontológica. Son másters que financian el notariado español y el francés, con colaboración canadiense por la parte de Québec. Y esos cursos están abiertos a Níger, Burkina Faso… de todos los países del Sahel. Se hace una muy buena labor, lo pusimos en marcha hace cinco años. Me nombraron delegado para Asuntos Africanos del Consejo Nacional del Notariado, pero he considerado también que debía cambiar: en África se generan unas vinculaciones personales tremendas, y al final el notariado español allí era yo. Cuando las personas están mucho tiempo en los cargos se produce una identificación con la institución que no es bueno para esta última. Me ha costado trabajo renunciar porque el último viaje que hice fue el 9 de marzo a Bamako (Malí). Aquel día no me dejaron bajar del avión sin tomarme la temperatura. Me di cuenta de que allí tenían unas medidas de prevención más adelantadas que en Europa. Pero volviendo al tema: hacer apostolado del notariado es hacerlo de la seguridad jurídica. Y allí la necesitan para avanzar.

- Ponme un ejemplo práctico.
- Pues mira, un estudio de Unicef dice que una de las causas de la falta de escolarización de los niños en África, pásmate, es la falta de títulos de propiedad de las casas. Porque allí el padre es una figura familiar prácticamente desconocida: las familias las llevan las mujeres. Y si trabajan fuera de casa necesitan que alguien ocupe la casa. Si no tienes un título de propiedad que garantice frente a cualquiera, incluso frente al Estado, que tú eres el dueño, no puede haber otra protección que la permanente ocupación. Y si hay ocupación, no hay colegio. Sólo por eso, explicábamos la importancia de tener títulos de propiedad. Hemos organizado cuatro conferencias en el mundo sobre titulación de las tierras, de África a Chiapas (México), y yo aportaba el sistema que aprendí en la Facultad sobre nuestro Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario (Iryda), con la concentración parcelaria. Un órgano del Estado que formaba unos comités que daba títulos de las tierras, y te permitía tener una titulación sobre la propiedad de la tierra… ese en África es un problema grave. Tienes una casa y ¿cómo puedes venderla, tener la seguridad de que ese patrimonio te puede ayudar? Si no tienes seguridad jurídica sólo se la podrás vender al vecino, en el mejor de los casos, si no te la ocupa. Eso es esencial para el desarrollo y requiere a unos protagonistas, los notarios, lo que exige una dedicación, una formación, una inversión que tiene que hacer Europa. Luego, si no hacemos nada, no podemos quejarnos de que vengan en pateras. Nadie quiere irse de su casa: hay que invertir en origen. Y la mejor inversión es la educación. Pensándolo bien, quizá esa labor haya servido para la concesión de la medalla.

"La formación de notarios es esencial en África y en ello debe invertir Europa: si no hacemos nada por su seguridad jurídica, no podemos quejarnos de que vengan en pateras"

- Desde tu conocimiento, ¿cómo afecta a todo ello el fenómeno de la colonización china de África?
- Eso es impresionante. La primera vez que fui a Niamey estuve en un hotel colonial francés, precioso pero viejo, ajado… con poco mantenimiento. La segunda vez, menos de un año después, habían hecho un hotel los chinos. Un hotel supermoderno, funcional, y todo estaba en chino. Los trabajadores eran chinos que hablaban muy poco francés y casi nada de inglés. Un hotel de chinos para chinos. África para China es su despensa: África tiene unos recursos económicos enormes y China se está haciendo con todos los derechos mineros y sobre minerales estratégicos.

- ¿Puedes poner algún ejemplo que hayas vivido personalmente?
- Te cuento una anécdota: en un viaje a Argelia, nos recibe el ministro de Justicia del país y acompañamos al presidente del notariado del país. Y ya distendidos en la cena, el ministro me dice que acababa de hacer un pacto con los chinos. Y que aunque creía haberlo hecho bien, tenía la sensación de que le habían engañado. Le pregunté y me dice: “he firmado un convenio para que vengan aquí presos chinos a trabajar los campos de gas y les pagaremos el salario con gas”. Es decir, que China exporta hasta presos, se los quitan de en medio y los envían a Argelia para ir a trabajar a los campos de gas. Si son capaces hasta de eso… Me preocupa mucho porque creo que China tiene una visión completamente mercantil de África, como por desgracia la tuvieron las metrópolis europeas. África siempre ha estado explotada. Por eso lo más indignante es cuando hay corrupción y ves que para los propios africanos su modelo a seguir son las mafias y no quienes intentan aumentar la calidad de vida de sus países.


- Volvamos a España. ¿Es la sociedad española lo suficientemente consciente del papel que tiene el Derecho en una sociedad avanzada?
- Yo creo que sí, pero es como la salud: no la aprecias bastante hasta que estás enfermo. Hemos nacido en un sistema jurídico estable, donde sabes que tus derechos se respetan. Incluso cuando no se respetaban los derechos públicos, cuando no había democracia, España era un país con unas leyes privadas muy buenas. Y eso no justificaba en absoluto la falta de democracia, por supuesto. Fíjate, incluso una ley sensiblemente política como la del Derecho de Asociación que era del 64 y que se había de cambiar tras la Constitución, la cambiaron hace relativamente poco, en 2002. Había leyes técnicamente muy buenas, incluso en épocas de falta de libertad democrática, y ahora son muchísimo mejores. Quiero decir que existe una situación que te parece de lo más natural, derechos garantizados por los tribunales, y la gente lo aprecia. Quizá está más indignada por un sistema burocrático excesivo. Y en eso quizá la única parte buena de la pandemia es que ha aligerado los sistemas burocráticos.

"Haber participado en la estructura de la UJI ha sido un honor, y también firmar por ejemplo la escritura del convento de las Capuchinas"

- A veces triunfa en parte del público cierta dicotomía entre ley y democracia.
- No puede haber democracia sin ley. Al revés sí. Porque la democracia requiere unas reglas. Un profesor mío de Derecho Político decía que la democracia es el sistema de las ‘tres F’: la de fiesta, por la celebración de las elecciones; la de fiducia, de confianza porque confías en las cualidades del candidato y la de fiscalización: no existiría si no hubiera un sistema de contrapoderes judiciales, parlamentarios y sociales, entre los cuales los periodistas debéis ser el cuarto poder y no instrumentos de propaganda política.

- Si España como Estado de Derecho fuera un organismo, ¿a qué virus habría de tener más miedo?
- El que más miedo me da es la deslealtad autonómica. Que una Constitución que reconoce unos niveles de autogestión altísimos se utilice con poca lealtad a España. Los movimientos secesionistas.

- ¿Y tendría el Estado la ‘vacuna’ para desincentivar eso?
- En mi opinión falta la ‘vacuna’ de la españolidad. Intencionadamente me parece que se ha descuidado mucho la historia y la visión de España, pasando de ser una gran nación, entre las más antiguas del mundo, a ser un ejemplo de algo molesto u opresor de mi propia identidad regional o autonómica. Eso se ha descuidado porque ha sido mal utilizado por nacionalistas. Que yo comprendo que están en su derecho y su perfecta aspiración, pero personalmente entiendo que hay algo por encima y que nos une. Y me siento tan español en Bilbao como en Cádiz. Y esa sensación que tengo, que me da satisfacción y orgullo, siento que no la tengan todos los españoles. En EEUU puedes pensar políticamente tan diferente como Trump y Biden, pero todos son americanos, pese a estar en países muy dispersos y con sistemas jurídicos muy diferentes. Y en España, que tiene muchísima afinidad por proximidad geográfica, junto a una gran disparidad en la que reside también su riqueza y su encanto… ese virus de falta de lealtad autonómica hacia la idea de España nación, me preocupa mucho.

- De estos 20 años en Castellón, ¿cuál ha sido el momento que más te ha gustado vivir profesionalmente? ¿Y cuál el que menos?
- Tengo la suerte de haber participado en escrituras muy señaladas aquí, y haber participado en la estructura de la UJI para mí ha sido un honor. Por ejemplo, también firmar la escritura del convento de las Capuchinas, en la que se mezclaba un problema jurídico importante, como era el de su dote, con la permanencia de los zurbaranes en Castellón, la solución de dejarlos en depósito y cobrar a cambio una renta… fue una escritura bonita, que forma parte de la historia. Pero más que grandes escrituras concretas, para mí la mayor satisfacción ha sido tener cerca a personajes característicos y cercanos a mí, esa gente de mi entorno con la que me siento identificado, para mí ha sido de las mejores cosas. Y los peores, cuando me encuentro auténticas barbaridades urbanísticas. Sobre todo al principio, viniendo de Vitoria, donde el urbanismo es casi una ciencia exacta, aquí llegas y esas situaciones de desorden urbanístico me causaban gran impacto como notario. Sobre todo, por contraste.

Noticias relacionadas