La nave de los locos / OPINIÓN

Los encamados  

La enfermedad, aunque se trate de un simple catarro, invita a la reflexión. Te apartas del mundo y en silencio dialogas contigo mismo. ¡Qué sería de los enfermos sin una cama donde soportar sus males!   

11/12/2023 - 

El puente me lo pasé en la cama. A veces ocurre. Mientras los había que disfrutaban de estos días de descanso en Madrid o Motilla del Palancar, mis defensas peleaban contra un proceso viral, como así me lo definió una joven doctora suramericana, diligente y amable, que me recetó reposo y paracetamol. 

No es que mis planes para estas fechas fuesen la bomba, pero hube de cancelarlos. Lo curioso es que un día antes de que se me presentaran los síntomas de la enfermedad —tos productiva, congestión nasal, dolor de cabeza y un poco de fiebre— había cambiado el colchón. Será cierto que Dios aprieta pero no ahoga. El colchón recién estrenado ha sido mi confidente estos días. 

Mi madre dice que la cama es el mejor invento de la humanidad. Lleva razón. La cama y la ducha con agua caliente son conquistas del genio humano sin las cuales nos sería muy difícil vivir. Y añado una tercera: el arroz con leche. 

“El encamado toma conciencia de su soledad, de la lentitud de los días, de la fragilidad de su cuerpo”

Quien ha estado en la cama por enfermedad se aparta del ruido del mundo. Esto le ayuda a reflexionar. Toma conciencia de su soledad, de la lentitud de los días, de la fragilidad de su cuerpo, y se hace sensible a cualquier sonido, por imperceptible que sea. En estos días me he acostumbrado a oír el taconeo de la vecina del segundo, los ladridos del perrucho de la puerta 1 y el griterío de los niños asilvestrados que pasan por la plaza. Algo así no recordaba desde el encierro de la primavera de 2020, cuando descubrí que los pájaros cantaban. 

Seres inofensivos y sentimentales

Los encamados son seres inofensivos y sentimentales; diría que hasta buenas personas, obligados por las circunstancias.  Un encamado no puede hacer el mal y, si lo intenta, lo tendrá harto difícil. Imaginaos que el Consejo de Ministros en pleno contrae un virus que obliga al presidente y a sus ministros a guardar reposo. Esto sería una magnífica noticia ya que el proceso de demolición del país se detendría unos días. A la vista de impotencia demostrada por la oposición conservadora, sólo nos queda confiar en el poder a menudo devastador de la naturaleza sobre los cuerpos y las almas. Ojalá Dios atienda mi plegaria. 

He reparado en la diferencia entre un encamado y un acostado. Según la RAE, el primero es aquel que se mete en la cama por enfermedad. El segundo va más allá: hace de la cama una forma de vida. El acostado ha renunciado a pisar la calle donde sólo puede encontrar confusión y vorágine. 

En la historia ha habido ilustres acostados que por comparación nos dejan a nosotros, pobres diablos, en muy poquita cosa. Uno fue el extraordinario novelista Juan Carlos Onetti. A España vino huyendo de la dictadura uruguaya. En su casa de la avenida de América de Madrid, se puso el pijama e hizo de la cama su lugar para recibir a periodistas, leer, beber whisky y escribir novelas como Dejemos hablar al viento y Cuando ya no importe

Otro que le tomó el gusto a la calidez y la ternura de las sábanas y las colchas fue Marcel Proust. En la cama escribió En busca del tiempo perdido. Le llevó quince años, encerrado en un dormitorio forrado de corcho para evitar ruidos, en su vivienda del número 102 del bulevar Haussmann, en París. 

Personajes más humildes, más parecidos a nosotros, son los parientes de los que habla José Manuel Caballero Bonald en Tiempo de guerras perdidas. También ellos fueron acostados. Al parecer ninguno se arrepintió de la decisión; les fue bien de esa manera. 

Lo mío ha sido transitorio porque cuando escribo estas líneas comienzo a encontrarme mejor. Por extraño que parezca, no he leído apenas durante la convalecencia: sólo unas páginas de Gracián. He preferido resguardarme bajo las mantas, adoptando la posición fetal del niño que me gustaría volver a ser, a oscuras, con las persianas bajadas. Así, en la más estricta soledad y oscuridad, han transcurrido las horas y las horas, una forma de pasar la vida como otra cualquiera.  

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