NOSTRADAMUS YA LO SABÍA  / OPINIÓN

Píldoras climáticas para liderar la sobremesa

8/08/2022 - 

Sin apenas darnos cuenta, una pandemia y una guerra han hecho posible que cualquier momento sea bueno para hablar de cambio climático. Esto es lo que ha pensado Naciones Unidas en medio de la declaración como emergencia sanitaria internacional de la viruela del mono y las provocaciones geopolíticas entre Estados Unidos y China. La ONU se empeña en verano, temporada de excesos, que recuerde usted, mujer u hombre sin culpa de nada y que se ha ganado la tumbona tras superar el dióxido de carbono de las retenciones, que la superpoblación humana sigue creciendo. Y ese crecimiento pasa mientras la renta de sus hijos cae al nivel más bajo frente a la suya.

Hacia el 15 de noviembre, cuando le mareen por enésima vez con que si podemos o no prescindir del gas ruso para la calefacción y las luces de los planes navideños, usted será una o uno más de los 8.000 millones de personas que habitarán el planeta por entonces. Naciones Unidas ofrece el dato con retrovisor y pronóstico: en 1952, se situaba en 2.500 millones; y para 2092, habrá aumentado otros 2.500 millones sobre los niveles actuales. Independientemente de si las cifras son menores o mayores de lo apuntado, mencionar millones y crecimiento no debería alterarle el sueño cuando precisamente más escasea.

Sin embargo, los altos funcionarios de la ONU insisten en que debemos dejar de ver a la humanidad como consumidora y votante, y que queda un buen porcentaje de personas en todo el planeta, en concreto el 10%, que necesitan que las empoderen, un préstamo sociológico que alude al control de los recursos materiales y no solo al aumento de la autoestima con la versión covídica de Resistiré. Ellos, siempre tan cuidadosos, también saben que el empoderamiento tiene mejor prensa que el antinatalismo y los anuncios de desastres.

Por mucho que rompa el buen rollo veraniego, hoy todavía 860 millones de humanos viven en condiciones de pobreza extrema. No lo ha podido evitar ni el éxito de la revolución verde de Norman Borlaug, que contradecía a la bomba P, los teóricos de la catástrofe de la superpoblación. Entre tanta cifra, Michael Herrmann, asesor superior de Economía y Demografía del Fondo de Población de la ONU (UNFPA), insta a que "el mundo debe mantenerse como uno solo", como homenaje anticipado al deceso de James Lovelock, que deja la pirámide del envejecimiento bien alta y una elucubración histórica celebrada y detestada, la hipótesis Gaia, que entiende la Tierra como un organismo autorregulado (la biodiversidad como un todo) cuya enfermedad se atribuye a los impactos negativos de las actividades humanas del Antropoceno.

La llamada a empoderar a una masa de población vulnerable se pone al servicio de desmantelar lo que se entiende por crecer, cuando los juegos al equívoco sobre el 'decrecimiento' o el ‘post-desarrollo' (o ‘desacoplamiento’, que debe de gustar más a los malthusianos), cuyo origen no es otro que la cultura de la austeridad que aboga toda religión, devienen tendencia para desviar el consenso que tanto necesitan las soluciones a la emergencia climática. Bien lo refleja la compilación más completa hasta ahora sobre atribución de eventos extremos del sitio web Carbon Brief, que muestra que el calentamiento global causado por el humano está provocando desastres más frecuentes y mortales en todo el planeta. El diario de The Guardian, que tiene la exclusiva de su difusión, aboga en su editorial por seguir a la ciencia. Pero, ¿a qué ciencia hay que seguir?

La elección siempre la tiene la persona usuaria de la información. Puede atraerle la polémica de la química y divulgadora Deborah García Bello@deborahciencia, en Twitter (“desarrollo sostenible y decrecimiento no son lo mismo"), empaparse en diagonal la entrevista al economista ecológico Hermann Daly en The New York Times (“desarrollo y crecimiento no son lo mismo”), o alinearse con el encendido inalterado de los escaparates (“o estás en la Edad Media o estás con el progreso”), cara opuesta al racionamiento inspirado en la sociedad convivial de Latouche y el colapso, palabra maldita en cualquier agenda ambiental.

El debate científico queda lejos de cerrarse. En marzo, un editorial de Nature celebraba los 50 años de la publicación de Los límites del crecimiento, origen de la ecología política, reconociendo haber acogido en 1972 como "otro soplo del fin del mundo" a esta obra encargada por el Club de Roma al grupo de Dinámica de Sistemas del Instituto de Tecnología de Massachusetts, el MIT, que abrió el melón tecnológico de la discusión sobre qué hacer con la escasez de los recursos, y del que se han vendido 30 millones de copias, nada mal para una obra sobre limitar la industrialización.

Desde entonces, el único acuerdo desde el lado del conocimiento reconoce los efectos  ambientales irreversibles de las actividades humanas, pero la comunidad científica no acaba de afinar y consensuar las soluciones, sobre todo las más controvertidas como frenar el crecimiento económico. Es decir, que poco se sabe desde la evidencia quién (y cómo) debe ponerse a decrecer, y si el decrecimiento será igual de desigual que el crecimiento. La imposibilidad de definiciones singulares siempre deja abierta la puerta para postureos como la noticia viral de la bolsa de basura firmada por Balenciaga, que puede llegar a costar 1.750 euros, símbolo insospechado del decrecimiento sin sacrificar la promesa del desarrollo. Por qué todo esto iba a estar reñido con el buen vivir.

A esta cínica celebración de lo negativo se refería en el libro Pensar en sistemas (Capitán Swing, 2022) la científica ambiental Donella Meadows, gran pensadora de sistemas y madre de Los límites del crecimiento, para alertar sobre la “deriva hacia el rendimiento bajo”: del proceso de la cultura moderna industrial a erosionar el objetivo de la bondad, cuando los comportamientos humanos negativos se consideran habituales. La reducción de las expectativas es lo que realmente decrece mientras el desajuste entre el comportamiento deseado y el real cae en picado, sin acciones que oxigenen los ideales. Y aquí, la deriva: “Es mucho más fácil hablar en público de odio que de amor”. ¿Le suena?

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