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LA OPINIÓN PUBLICADA / OPINIÓN

Cuando la desescalada terminó, el coronavirus seguía ahí

11/07/2020 - 

Tras los durísimos meses de marzo y abril, en mayo y junio llegó la desescalada. La población española, que se había pasado casi dos meses de confinamiento estricto, observando las terribles cifras diarias de afectados (contagiados y, sobre todo, fallecidos) por el nuevo coronavirus, vivió el inicio de la desescalada, a finales de abril, con comprensible alivio. Desde entonces, y durante dos meses, asistimos a una desescalada casi tan veloz como lo fue el incremento de casos durante el brote. 

El público salió de esa situación excepcional, al llegar a la "nueva normalidad", con la sensación de que lo peor había pasado, y de que, si el CoVid19 volvía, sería dentro de unos meses. Más o menos tácitamente, se tenía (y se tiene aún) la sensación de que el verano nos daría un respiro. Así, la gente ha salido a la calle, se han relajado las medidas de prevención, y se ha planificado apresuradamente la temporada turística, en la confianza de salvar los muebles este año (o, al menos, que el hundimiento del sector no sea total y absoluto). 

Hasta los reyes de España han hecho una insólita "gira por España" para recuperar popularidad, mientras se multiplican las noticias sobre oscuros manejos de fondos por parte del Rey emérito, y se instaura entre los defensores de la monarquía la peculiar idea de que el hijo, heredero del padre y que encarna una legitimidad dinástica, es decir, hereditaria, no tiene nada que ver con el padre ni debería verse afectado en lo más mínimo por sus acciones. Es decir: como siempre.

El culmen de esta "vuelta a la normalidad" fue la convocatoria de elecciones en dos comunidades autónomas, Galicia y País Vasco, tras la cancelación de los comicios inicialmente previstos para el mes de abril. Todo se había diseñado en previsión de un verano tranquilo, con la incertidumbre de qué sucedería después, es decir: qué pasaría a partir de octubre, cuando las temperaturas bajaran y un eventual rebrote del coronavirus pudiera mezclarse con la gripe estacional. 

Esa amenaza sigue muy presente, pero por desgracia no parece que el verano vaya a proporcionarnos un oasis de tranquilidad. O, como mucho, será un oasis accidentado, plagado de sucesivos brotes en localidades que obliguen a una "reescalada" y a nuevos confinamientos, aunque ahora sean mucho más localizados. Es lo que ha comenzado a pasar en España, pero es también lo que estamos viendo que sucede en prácticamente todo el mundo: cuando se relaja el confinamiento, el coronavirus, tarde o temprano, vuelve a aparecer. En países en los que no se tomaron en serio la amenaza, como Brasil y Estados Unidos, no ha habido prácticamente desescalada, porque los casos han repuntado muy rápido, superando los niveles de la escalada inicial (en Estados Unidos se están batiendo los récords de contagios diarios).

En resumen: tal vez la temida "segunda ola" que llegaría a partir de octubre esté implantándose ya. Es muy pronto para saberlo en países como España, y además hay algunos factores alentadores: se están detectando muchos más contagios asintomáticos, porque ahora el sistema sanitario está preparado, a diferencia de lo sucedido en marzo; la capacidad de hacer test y rastrear contagios es mucho mayor, y en consecuencia la incidencia hospitalaria del coronavirus, así como la edad media de los contagiados, ha descendido, porque ahora se detectan y computan a los que antes quedaban fuera del radar del sistema (y podían seguir contagiando a otros sin saberlo), y porque, además, se detecta antes a los contagiados y se les puede tratar precozmente, sin esperar a que la enfermedad se agrave. 

También las autoridades políticas saben mucho mejor qué hacer ahora y cómo combatir la propagación del virus, con medidas proporcionadas... a diferencia del "todo o nada" de marzo, en donde se pasó de la libertad absoluta al confinamiento casi total, sin distinguir entre las zonas con muchos contagios y las que apenas tenían incidencia, porque realmente las autoridades sanitarias no eran capaces de discernir ni dónde estaba el virus ni cómo se estaba difundiendo.  

Pero el problema es que ahora, nuevamente, el virus muestra su enorme capacidad para propagarse entre una población que en su mayoría aún no está inmunizada. Y aunque el problema no alcance las cotas de marzo-abril, continúa siendo una amenaza muy seria. Una amenaza que irrumpe de improviso y desbarata cualquier planificación que pueda realizarse de cara al futuro. Es lo que ha sucedido, sin ir más lejos, con las elecciones gallegas y vascas de mañana domingo, que se programaron en julio precisamente para minimizar los efectos adversos del virus, en la convicción de que la salida de la desescalada en España, combinada con el calor, lo convertirían en algo residual en este mes. Y así parecía, hace apenas algunas semanas. Ahora, en cambio, hay 80.000 habitantes en Galicia que están confinados, y es obvio que la amenaza del coronavirus puede desalentar a muchas personas (sobre todo si pertenecen a grupos de riesgo) para ejercer su derecho al voto. Lo mismo cabe decir del País Vasco, donde también han aparecido nuevos brotes. 

Habrá que ver cuál es el balance de la temporada turística, cuando millones de personas, tanto ciudadanos españoles como turistas provenientes de otros países, incrementen significativamente la movilidad poblacional a lo largo del territorio. Pero, visto lo visto, no hay muchos motivos para ser optimista. Lo mejor que podemos esperar es que, si hay contagios, éstos sean mucho más leves que en la primera ola. 

El coronavirus ha venido para quedarse, por desgracia. Como no podemos estar eternamente confinados, no nos queda otro remedio que convivir con esa difícil realidad, minimizando sus efectos en lo posible, con las medidas profilácticas y de protección de aquellos más vulnerables que sea razonable aplicar, a la espera de que llegue un remedio o una vacuna eficaz. 

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