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Júlia: "Este disco parece más sencillo, pero tiene una barbaridad de sonidos escondidos"

El dúo alcoyano formado por Estela Tormo y Lídia Vila presenta estos días su tercer álbum, compuesto y grabado durante una residencia artística de varios meses en la sede del IVAM en Alcoy

21/01/2021 - 

VALÈNCIA. El tercer trabajo discográfico del dúo alcoyano Júlia arranca con un solemne paisaje sonoro de tres minutos que contiene “claves” ocultas. En esa transición instrumental, que en apariencia solo es electrónica, hay muchos sonidos orgánicos enterrados. Es la antesala de un álbum de vocación experimental y compuesto en el seno de un museo. Las ocho canciones que componen CASA (Hidden Track, 2021) se gestaron durante una residencia artística de tres meses en el CADA, la sede del IVAM en la ciudad de Alcoy. Esta beca estaba vinculada a su vez al Premi Llançadora de Creació i Investigació en Arts Contemporanies, concedido por el Ayuntamiento de Alcoy en 2019 a la formación integrada por Estela Tormo (principal “arquitecta musical” del álbum) y Lídia Vila (a cargo de los sintetizadores). En el estudio de grabación del CADA es donde ambas, con el apoyo de Adrià Sempere, han dado forma a un disco que en apariencia es más sencillo que los dos anteriores, pero que de hecho ellas consideran que es el más elaborado que han presentado hasta el momento.

La nota promocional que acompaña al disco nos hablan del regreso de Júlia a sus orígenes. CASA, nos dicen, es “un lienzo al pasado con sonidos del presente”. Sin embargo, si volvemos a escuchar ahora el primer LP -aquel Nuvolàstic (Malatesta Records, 2015) que nos puso sobre la pista del enorme talento de Estela Tormo como compositora- comprobamos con asombro el enorme trabajo de depuración que ha llevado a cabo el dúo en los últimos cinco años. Y esa es una forma de evolucionar que no suele tener vuelta atrás. Aunque decidiesen volver a coger los ukeleles y las guitarras acústicas -cosa que no han hecho en este último disco-, es difícil imaginar a Estela y a Lídia desplegando sin más semejante surtido de herramientas sobre el tapete. Si Nuvolàstic era un disco con muy buenas canciones, pero en el que quizás había un aporte sobredimensionado de ideas diferentes, su siguiente disco, Pròxima B (Malatesta Records, 2017) tenía una mayor cohesión interna, un carisma muy marcado. En él, Estela y Lídia lo apostaron todo a los loops de sintetizadores, las capas de efectos, las texturas y los muros de distorsión. Era un disco de pop envuelto en polvo cósmico.

En CASA se ha aplicado un tamiz todavía más fino. Ellas lo explican así: “Nuestra manera de componer antes consistía en meter muchas capas de cosas. Ahora estamos centradas en quitar cada vez más elementos. Nos hemos estado educando a nosotras mismas para no llenar la música con demasiados elementos. En realidad, en CASA hay muchos sonidos escondidos. Parece sencillo, pero detrás hay tela… Eso sí, la criba lleva mucho trabajo, hay que sacrificar partes que te gustan mucho”.

La propuesta de investigación de este proyecto era el tratamiento digital de sonidos orgánicos. La portada y la contraportada del vinilo, diseñadas una vez más por Magda Arques y Soysoft, son impresiones serigrafiadas de algunas de las piedras que utilizaron para emular bombos y cajas durante el proceso de grabación. “La estructura de CASA está construida a partir de sonidos de objetos domésticos como útiles de cocina, pedazos de madera o cristales. Esos sonidos están muy tratados digitalmente hasta hacerse casi irreconocibles, pero siguen manteniendo de alguna manera su carácter orgánico. Un sonido tan básico o rudimentario como dedo contra una pared de platico o contra el suelo; los golpes de piedras contra distintas superficies de madera, plástico o mármol; cristales dentro de cajas de cartón… Es muy curioso como puedes hacer que unas piedras suenen como bombos y cajas de los años ochenta, por ejemplo -explica Estela-. Las canciones donde más se aprecia, si te fijas, son las que abren y cierran el disco: Tradicional y UT. “El tratamiento de la voz también ha sido muy diferente -añade Lídia-. Hay mucho juego ahí dentro también. Solo en los tres primeros minutos instrumentales del disco ya hay una barbaridad de sonidos escondidos junto a la voz”.

CASA ha contado con la colaboración de Víctor Blanes tocando las guitarras en tres temas y la de Adrià Sempere con la batería. Repite Carasueño (Tulsa, Alondra Bentley, Calavera) como productor, aunque con una implicación por parte de Júlia mucho mayor que en el trabajo anterior. “Le dimos las canciones bastante menos verdes que otras veces. Fui montando la estructura básica de las canciones durante el verano de 2019, y fue después cuando nos dieron la residencia y empezó el maratón. Muchas horas, de lunes a domingo, compartiendo espacio con Adrià, que ha tenido un gran peso en el proceso de grabación de sonidos y digitalización. Carasueño después nos han ayudado a ordenar las cosas, y a quitar otras, para que todo estuviese bien integrado y no hubiese elementos fuera de lugar. Además, Carasueño ha metido en el disco algunos arreglos muy acertados”.

El pop caleidoscópico y con vocación experimental de Júlia no encaja con precisión en ningún molde, aunque a ratos se pueda emparentar -esto es muy subjetivo, claro- con la música de Aries, con los primeros discos de los neozalandeses Tamaryn, o con los ritmos protoelectrónicos de Kraftwerk. “Hay canciones como Flash que tienen ese rollo de guitarras melancólicas con mucho efecto chorus a lo Smiths -señala Lídia-. Y hay cajas y sonidos en este disco que están muy inspirados por el último disco de Metronomy. Otro LP que estuve escuchando mucho el año pasado fue el último de Caribou”. “Yo estuve muy enganchada al Aenima de Thom Yorke, creo que se nota bastante sobre todo en el tema de Voltors”, añade Estela.

Un ejercicio de nostalgia

En enero de 2021, cualquier disco que se titule CASA nos trae automáticamente a la cabeza una ristra de palabras: acústico, lo-fi, bedroom pop, canciones sobre el encierro. Pues bien, este disco no tiene nada que ver con esto (de hecho éste empezó gestarse antes de que eclosionara la pandemia). El hogar al que se refiere el disco no es tanto un techo y cuatro paredes como un estado emocional. Si Pròxima B tomaba prestado el nombre de un exoplaneta, este último baja a la Tierra y reclama los recuerdos de la infancia, los enamoramientos instantáneos, los paisajes conocidos, los olores del pasado. Por ejemplo, Càmping es una canción nostálgica sobre los veranos de Estela en los años noventa. -single que viene acompañado de un videoclip de Jorge Vañó- es la historia de amor entre una dobladora de películas y la actriz a la que está doblando.

Preguntamos a ambas por sus planes de futuro. ¿Hay concierto de presentación a la vista? ¿Irán con banda o en formato de dúo? “Estamos planteándonos cómo hacerlo. Tampoco es que haya un panorama muy propicio… Ahora mismo hay varias cosas, y en principio la presentación oficial será en Alcoy; en marzo deberíamos tocar en València, y en mayo en Cataluña. Pero está todo pendiente de un hilo. En principio, cuando podamos hacer directos, lo haremos nosotras dos solas. De todos modos, aparte de la pandemia, no estamos interesadas en hacer ningún concierto con formato de puesta de largo, generando expectación y todo eso. Esas cosas nos suponen mucha presión, y no nos sienta bien”. Estela confiesa: “La parte que disfrutamos más, sin duda, es la de composición. El directo es un poco más traumático para nosotras, por nuestra forma de ser. Somos muy exigentes y críticas”.

Júlia, eso hay que reconocerlo, es una banda que nunca se ha plegado al imperativo de la visibilidad constante en redes sociales; a esa exigencia tácita de reinventarse y sorprender con un nuevo look rompedor en cada disco. Pasan olímpicamente de todo ello. “Es que no somos así ninguna de las dos; sencillamente no nos sale naturalmente -comenta Estela-. Yo entiendo perfectamente a la gente que opta por esa manera de vivir dentro del sector musical, aunque debe ser agotador si no lo tienes en tu ADN. Fíjate que ha salido hace unas semanas el videosingle de L, y yo no quiero saber nada. No lo he visto aún” (ríe). “Nos pasa lo mismo a las dos -dice Lídia-. No digerimos bien la exposición pública de nuestras personas. Nos resulta antinatural. Donde damos lo mejor de nosotras es en el disco. Es nuestra mejor manera de comunicarnos”.

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