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“La ciencia no me representa”

28/06/2021 - 

El interior valenciano también existe, aunque no contara con minutado en la escaleta del Telediario de la España vaciada de la noche del viernes. Ese paisaje de kilómetros de bancales, masos y caminos, las señas de identidad fosilizadas de la vida tradicional, no es fruto del apego al atraso y la incomodidad, sino un patrimonio cultural que la historia del arte de la Selectividad no examina. Para los amanecistas de asfalto y el Smart Village, ya lo dice el montañero Rafael Cebrián, espléndido narrador de cumbres que nos enseña a mirar cual John Berger de la ruralidad valenciana: “valoramos los castillos y las catedrales, pero el patrimonio humilde y sencillo se infravalora”. Así es, salvo cuando el cine te conmueve con los olivos milenarios, más de lo que puedan hacer cien Ramón Mampel.

El rural valenciano no le pide a Carlos Franganillo que salga del plató de TVE para sublimar la extinción, sino que clama que la universidad no le representa. Es decir, pide a los investigadores sociales que salgan del despacho para palpar su realidad. Servidora propondría un añadido amigable: se necesitan más investigadores que procedan del mundo rural (o con vivencias en él).

Como respuesta a la demanda, en el relato académico local el término ‘solución’ se abre camino dentro del utilitarismo. Así, ya no se promociona la ciencia útil, sino la investigación solucionadora, el solucionismo científico. “Qué investigación necesita el desarrollo rural. Las ciencias sociales orientadas a la solución de problemas” da título a un estudio autóctono que reconoce que los académicos y la administración pecan de lejanía con respecto de su objeto estudio y atención, por mucho que lo tengan presente en sus pensamientos y teorías.

Con la originalidad propia de la autocrítica pública, además del recurso al rural proofing y el rural lens en la política territorial simulando países de bien como Reino Unido, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Finlandia o Suecia, esta investigación apoyada por el Instituto Valenciano de Investigación y Formación Agroambiental (Ivifa) y en colaboración con la UJI de Castelló, la UPV y la UV, no solo admite que “el uso de criterios homogéneos cualitativos penaliza al medio rural”, también pone sobre el papel lo que muchos sufren: la academia investiga muy poco el mundo rural.

Cuando lo hace, señalan los autores, la inercia de los proyectos puntuales desde fuera del mundo rural, que estudia en términos de rentabilidad académica (publicar, puntuar para la permanencia, captar fondos…), lejos de la participación y las urgencias rurales, deriva en una desconexión o "cultura de la frustración", resultado de una ciencia extractivista sin retorno social y una administración autista a la transversalidad. Y luego usted, contribuyente del municipalismo, se extraña de que su alcalde, afectado por el virus del solucionismo tecnológico --bien señala el activista informático Jaime Gómez-Obregón--, anuncie la creación de un “Amazon” (o “Marketplace”) para incentivar la compra digital como reserva protegida del comercio local. La ingeniería dota de contenido a los avances y la política vacía de significado a las palabras.

La sobreabundancia blanca de la investigación

Mientras la ruralidad valenciana aqueja la falta de trabajo de campo, el científico atmosférico estadounidense Vernon R. Morris, profesor de química y director de la Escuela de Ciencias Matemáticas y Naturales en Universidad del estado de Arizona, protagoniza un reportaje de la revista Science que pone el acento sobre en qué manos queda la investigación de campo, como una de las caras de la crisis de representación de la ciencia. En este caso, se analiza la sobreabundancia de investigadores blancos en su disciplina.

Vernon es uno de los cofundadores del programa de ciencias atmosféricas de la Universidad de Howard, de Washington D.C., en la que más estudiantes negros logran graduarse, una condición que la ha hecho conocida como el templo del saber afroamericano. Aunque la administración Biden pretende aumentar su apoyo a los centros históricamente negros (e hispanos) como Howard, además de un nuevo laboratorio de investigación climática con titulados de esas universidades, la promesa política no suscita muchas esperanzas, dado que pocos graduados de Howard han terminado en la academia: “Las universidades contratan profesores de los mismos pocos programas académicos de élite, que continúan produciendo graduados predominantemente blancos, y cuando pocos profesores son personas de color, los estudiantes potenciales se desaniman”, una lamentable realidad que recoge el artículo.

Cuando se predica que la lucha contra la crisis climática debe ir unida a la lucha contra la desigualdad, la predominancia blanca en las ciencias de la Tierra encaja como una de las dimensiones del denominado colonialismo del clima, que no afecta solo a las estructuras de dominio entre los ricos países industriales y sus antiguas colonias, sino también a la definición de las urgencias y el diseño de las soluciones. No en vano, cuando se habla de emisiones neutras o de cero emisiones, hay más matemáticas y más Occidente que acción real global, con apenas cambios en los modelos de producción y consumo aplicables para todo el planeta.

Quién hace investigación, a fin de cuentas la pluralidad participante en la observación, es el punto clave que trasluce los sesgos científicos, como bien recalcan las especialistas y las investigadoras de la salud cuando se trata la atención a los problemas sanitarios de las mujeres. El problema de la representación de la ciencia no es banal, sino una cuestión de debate filosófico que se nutre, entre otros, de las siete tesis de Mario Bunge, cuya traducción se resiste al lenguaje influencer. Para una metáfora más literaria, siempre merece la pena la herencia borgiana, no de nuestros Borgia o Borja, sino de Borges, Jorge Luis, Del rigor en la ciencia.

Cuando se dice que la ciencia o la academia, con sus termómetros y diagramas de flujo, descripciones verbales, fotografías, imágenes de rayos X o digitales, ecuaciones, modelos y teorías, no representan a un colectivo, se toca la médula del realismo científico, que defiende que el universo descrito por la ciencia es real independientemente de cómo se pueda interpretar, cosa distinta de cuando alguien confiesa su abstención en las elecciones porque los partidos no le representan.

Aunque me resisto a compartir el menosprecio y el descrédito que provoca el cliché de la ciencia blanca, machista, elitista, urbanita e industrial, una forma de caer en la tentación de la anticiencia, nada que ver con las críticas loables a las visiones distorsionadas de lo científico, la investigación no puede permanecer inmóvil a los problemas del mundo rural, la raza, el sexo/género y la pobreza, que se tornan en un auténtico reto ante la emergencia climática y sus derivaciones ambientales y sociales.

Con todo, al igual que la democracia, sin ser perfecta, la ciencia es lo mejor que tenemos. Ya lo dijo el gran divulgador Carl Sagan: “Con frecuencia se utiliza mal, no es más que una herramienta, pero es la mejor herramienta que tenemos, se corrige a sí misma, está siempre evolucionando y se puede aplicar a todo. Con esta herramienta conquistamos lo imposible”. No hay que caer en el rechazo de la ciencia porque no se sienta representado, sino entender la ciencia como perdonaría a cualquier mortal, con disposición al error pero también a la mejora. Hacer partícipe al objeto de estudio, como en el caso de la ruralidad valenciana, es un paso significativo en el camino.

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