Al libro El arte de habitar la frontera, escrito por el valenciano Natxo Escandell, debería asomarse todo el mundo. Desmitificar lo que consideramos que ha estado ahí siempre, esas líneas que creemos que solo pueden ser como son, nos ayuda a ser menos categóricos. Que ya es mucho.
Antes de comenzar a explicar por qué eso de las fronteras es un invento -—trascendente, pero invento— el autor cita a Heyerdahl, cuando asegura que nunca ha visto una, pero ha oído que existen en las mentes de algunas personas. Y vaya si lo están. Luego de pensarse se escriben en normas, se dibujan en mapas e incluso se alambran. Llama la atención que tras la caída del Muro de Berlín se hayan multiplicado las fronteras valladas. Símbolo, sin duda, de la debilidad de los tiempos, más que de su fortaleza.
Porque una frontera es el fruto de una debilidad. Sirve para eso, para situar a unos fuera y a otros dentro. A unos nuestros y al resto, otros. A unos ciudadanos y a otros paganos. Es una decisión, solo eso, quienes forman parte de cada uno de los grupos.
Somos de un país y no de otro porque algún suceso histórico lo determinó así, probablemente no hace tanto como nos creemos y no tan épico como nos han contado. El nacionalismo es mito. Todo podría haber sido de otra manera.
Claro que compartimos algunas cosas con la gente que vivimos cerca, pero también con otros que no tienen nuestro pasaporte. ¿Tiene más que ver un valenciano con un napolitano o con un gallego? Si me dan a elegir yo me quedo a vivir en un plano mediterráneo de Sorrentino.
Podríamos dirimir esta cuestión recurriendo a esos estudios genéticos —que a lo mejor deberían subvencionarse a todo racista, para que se diera cuenta que esa supuesta pureza sobre la que edifica su rabia es… otro invento— pero no hace falta. Si vas a sus cursos de cocina o te acercas a su puesto en el mercado de Rojas te puede contar Ibra, palestino afincado en València, que al otro lado del mismo mar tienen un plato de arroz que se hace los domingos para compartir mesa con la gente que quieres. Y yo me encuentro entre los que defiende que paella solo es lo que lleva los ingredientes de la paella, pero a mí me rima la costumbre.
La identidad existe, claro que sí. Pero, no sé si porque realmente no somos tan únicos —o, precisamente, porque todos los somos—, cuesta más encontrar diferencias insalvables que coincidencias humanas.
Por eso, me produce tanto rechazo escuchar algunas reacciones a la regularización de personas que ya viven en nuestro país, pero no tienen papeles.
Me he molestado en atender muchas de las razones que se dan en contra y aún no he encontrado una sola que pueda compartir. Ni mucho menos que pueda aceptar. Todas al fin y al cabo provienen de una frontera mental; la del racismo o el clasismo, que pueden cruzarse, a diferencia de un checkpoint, sin necesidad de salvoconducto.
Hay quienes alertan sobre el problema que causarán para los servicios públicos. Saturación de colegios, centros de salud o instalaciones públicas. Apocalipsis. Lo hacía sin ir más lejos el president Pérez Llorca —al que se lo nota cierto aire de interino, al estilo Alberto Fabra—. Pero, afortunadamente en este país hemos decidido que a los niños y niñas se les escolariza, aunque sus padres no tengan papeles y a que a las personas se les atiende en la sanidad vengan de donde vengan y como hayan conseguido hacerlo. Esas personas ya están aquí y ya tienen acceso a esos servicios públicos. En todo caso ahora podrán contribuir a hacer mejores esos servicios cotizando a la seguridad social.
Así que salvo que lo que desee decirnos el president es que ahora hay personas en la Comunitat Valenciana que no hacen uso de sus derechos por miedo a que les detecten como ilegales y desea que siga siendo así, el argumento es absurdo. A lo mejor es eso.
También hay quienes alertan sobre la peligrosidad de dar papeles a todos. A los buenos y a los malos. Y más allá de que no se vaya a regularizar a personas con antecedentes y este proceso sea muy similar al que hizo un peligroso soñador de izquierdas llamado José María Aznar, me llama la atención la alegría con la que se distingue un delincuente patrio de uno foráneo. Como si al que padece un delito le supusiera un alivio que quien le roba es de Albacete.
Y no, no hay más probabilidades de que te robe un inmigrante que una persona que ha nacido a dos manzanas. Eso se llama prejuicio, que es como denominamos educadamente a los pensamientos irracionales que delatan al que no ha entendido algo. Pero es que, además, por una cuestión de azar yo caí al nacer en este lado de la frontera que se llama València, y a mí que me digan que va a robarme un inmigrante, como si por aquí no hubiera pasado Zaplana —que es muy moreno, pero nacido en Cartagena—, también me llama la atención. Si la propuesta fuera dejar al otro lado de alguna frontera a todos los que delinquen algunos cambiarían corriendo de bando.
Otros profetizan que nuestra cultura se va a ver afectada por convivir con personas de otros orígenes. No creo que se refieran a la proliferación de rótulos en inglés y negocios para el turista, por lo que presumo que es una cuestión, de nuevo, discriminatoria. Y aun así me parece muy sano tener un debate sobre como las costumbres chocan con las libertades, pero eso no significa enfrentar tradiciones para que acabe imponiéndose una, sobre la otra y sobre todos. A quienes crean en ella y a quienes no. Tradiciones que, por cierto, en sus vertientes más reaccionarias también riman. O alguien se cree que los ultraconservadores españoles no defenderían el burka o perseguirían homosexuales si hubieran nacido en un país musulmán. Hay una diferencia grande entre quienes defienden una sociedad laica o republicana y quienes quieren su propia teocracia.
Y, por último, aunque sobren argumentos económicos para defender la inmigración, me niego a centrarme en ellos. Una persona no comienza a ser considerada persona, porque cuide a tu padre enfermo, limpie tu casa o recoja naranjas a dos euros la hora. No pienso militar en ese utilitarismo, ni mucho menos en quienes lo ven desde una óptica cuasi esclavista. No porque desconozca la realidad de esa situación —mi abuela, como muchas, se vino a esta ciudad siendo una niña a servir, así tal y como suena—. Sino porque no quiero unir la condición de ciudadano a la de utilidad económica. O, ¿alguien estaría de acuerdo en retirarle algún derecho a alguien si queda incapacitado para trabajar?
Todos estos argumentos se basan en lo mismo en aceptar para los otros, lo que no consideraríamos tolerable para los nuestros. Si es por miedo es una pena. Y debemos superarlo. Si es por odio es una vergüenza. Y debemos combatirlo. Si la frontera es también un límite, ahí está el mío.
Pero al final, la cuestión es mucho más sencilla. Si una sola de estas personas, que hoy ven la oportunidad de seguir viviendo donde ya viven, pero con derechos, se sentara a contarnos su vida, nos mirara a los ojos y nos preguntara: ¿puedo seguir intentando ganarme la vida aquí?… la respuesta decente solo podría ser sí.
Y si tu respuesta es que no, a quien te retiraría yo los papeles, es a ti.
Porque no aspiro a que mi país —signifique eso lo que signifique— sea perfecto, pero sí a seguir teniendo ganas de que cuando veamos sus cuadros torcidos me encuentre una sonrisa cómplice y no una mueca triste, por blanco que sea su rostro. No existirá en el corto tiempo un mundo sin fronteras, pero sí es posible uno en el que podamos olvidarlas. Y olvidar las fronteras es un arte, solo al alcance de los mismos que las trazan; los seres humanos.