La corrupción no es genética. Es una conducta aprendida. Así lo sostiene el psicólogo Luis Fernández Ríos, autor de “Psicología de la corrupción y de los corruptos”. Afirma que no existe predisposición biológica conocida y que el entorno político y social es determinante.
El corrupto suele presentar baja culpa y escasa empatía. Justifica sus actos y prioriza poder, dinero y estatus. En el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, España obtiene 60 puntos sobre 100 y se sitúa en el puesto 14 de los 27 países de la Unión Europea.
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