TODO DA LO MISMO

El chicle de Nina Simone

10/10/2021 - 

VALÈNCIA. Cuenta Warren Ellis, mano derecha de Nick Cave desde hace ya unos cuantos lustros, que guarda un chicle masticado por Nina Simone igual que si fuera una reliquia. De ahí que haya publicado un libro titulado Nina Simone’s Gum, el chicle de Nina Simone, que no son exactamente unas memorias, pero se le parecen mucho. En el texto, Ellis cuenta que ese pedazo de goma masticada proviene de la actuación de doña Simone en el Meltdown Festival de 1999, que ese año estaba comisariado por Cave. La artista pidió “champan, cocaína y embutido” antes de salir a escena. También exigió que Cave la presentara ante el público como la doctora Nina Simone. “Sabía que estaba en presencia de una genuina grandeza”, comenta Cave en el prólogo del libro. 

También recuerda haber visto a Ellis casi reptar por el escenario, para hacerse con un chicle que la estrella se había sacado de la boca nada más sentarse al piano, y había pegado en la parte inferior del instrumento, igual que hubiera hecho una colegiala en un pupitre para no ser sorprendida por el profesor. A partir de ahí, envuelto en un paño, el fetiche se convierte en una reliquia sagrada digna de ser adorada. Además, el tiempo -la doctora Simone falleció en 2003 y podemos estar seguros de que no nacerá artista igual en este mundo- ha conseguido que, a ojos de su feliz propietario, su simbolismo religioso aumente.

A lo largo de su libro, que también es un ensayo, Ellis se revela como un ávido coleccionista de fetiches, que ha ido acumulando desde la infancia en cajas de cartón, cofrecillos de madera e incluso una maleta. Su primer instrumento musical fue un acordeón que extrajo de un cubo de basura. Eso le hizo ser consciente de que su carrera musical surgió de la mismísima basura. Lo que distingue a Ellis como artista es su mirada. Un tipo que ve algo sagrado en un chicle masticado merece ser escuchado. Un tipo que llega a conclusiones como esta última de la basura es un escritor que hace música o un músico que extraerá de sus instrumentos sonidos que nos contarán cosas de una manera diferente. La manera que tenemos de expresar lo que nos rodea o lo que llevamos dentro es lo que nos diferencia de los demás. Esa capacidad, en cierta medida, la tenemos todos. Unos la desarrollan y otros ni siquiera se preocupan por saber si existe. Y finalmente, hay quienes la cultivan a diario, porque la única manera que tienen de comunicarse con el mundo es descodificarlo y contar lo que otros no son capaces de ver.

Yo soy un desastre porque acumulo cosas que casi de inmediato olvido que tengo. Las coloco en recipientes y sitios concretos que se supone deberían ayudarme a recordar que están ahí, pero no hay manera. Nunca sé lo que conservo y si creo recordar que lo tengo, muchas veces no sé dónde está. desde siempre tengo tendencia a guardar cosas que para mí marcaban un momento y para el resto del planeta eran insignificantes. Tengo fajos de entradas de conciertos, llaveros, pegatinas, pósteres, camisetas, apuntes para artículos, artilugios promocionales, borradores de textos manuscritos. También guardo un par de chicles, pero sin masticar, unos que se lanzaron en 1981 y que tenían el tamaño de un álbum en miniatura. Por algún sitio deben de estar el dedicado a Autoamerican de Blondie y a Telekon de Gary Numan. Tengo una carta de Jello Biafra en lo que fue un breve intercambio de correspondencia para intentar distribuir aquí el catálogo del sello, Alternative Tentacles. Conservo muchas cosas, pero me desespera comprobar cuántas otras he perdido. 

El otro día me puse a buscar una carta que en 1984 me remitió, en respuesta a una petición mía, Sterling Morrison, guitarrista de Velvet Underground, porque la nostalgia por el grupo aumenta a medida que se aproxima el estreno del documental que Todd Haynes ha dirigido sobre el grupo. En breve podréis leer el correspondiente artículo, porque como le dije al compañero Carlos Garsán, responsable de Cultur Plaza, mientras le comentaba algunos contenidos, los Velvet son mi Maredeueta. Ahora me arrepiento de no haberme agenciado, cuando estando con sus miembros tuve la oportunidad de hacerlo, un fetiche como ese chicle de la doctora Simone. A lo máximo que llego es a un par de emails que recibí de Lou Reed desde su correo privado y que yo imprimí como si fuesen las sagradas escrituras. El caso es que, buscando, como decía antes, la carta de Sterling, descubrí que no encuentro una que me envió Glenn Branca en 1984, de esta sí que no recuerdo el motivo.

Creo que entre mis fetiches más preciados están unas fotos que le disparé a Ana Curra en 1983, cuando hacía mi fanzine. Conservo los negativos e incluso los tengo localizados. También he llevado a cabo la proeza de escanear las copias que tengo impresas en papel desde entonces. No son fotos profesionales, ni siquiera son buenas técnicamente, pero tienen algo que no sé definir exactamente y que les confiere un cierto valor. Cuatro de ellas se han reproducido en el libro Conversaciones con Ana Curra, el muy recomendable libro que ha escrito la periodista Sara Morales

Otra de esas fotos fue escogida como portada del libro Estricnina que publicó Efe Eme reproduciendo los tres números del citado fanzine. Les tengo mucho cariño a estas instantáneas, por lo que son y por lo que representan. Lo que me emociona es que esas fotos imperfectas le gusten a la implicada, a Ana Curra. Eso significa que contienen algo de ella misma, captado por una mirada que es la mía. En los tiempos en los que hice aquellas fotos seguramente también le habría cogido un chicle usado de no haber sido tan patológicamente tímido. Somos nosotros, y no los demás, los únicos que podemos decidir lo que es sagrado, quiénes son nuestros ídolos, y qué es para nosotros la genuina grandeza.

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