La encrucijada / OPINIÓN

El valencià: algo más que un desencuentro de tildes

3/10/2023 - 

Tenía la esperanza, desde hace años, de que el valenciano había entrado, al fin, en una etapa de normalización. Que atrás quedaba la desgraciada 'Batalla de València': aquélla que llevó a actos de violencia y terror perpetrados por gentes oscuras que agredían a intelectuales, políticos progresistas y a cualquiera que se pusiera al alcance de las brigadas de matones que pululaban por las cercanías de diversas manifestaciones democráticas.

Había llegado a creer que todo ello formaba parte de un tiempo pasado y que el afán de una convivencia pacífica y dialogante había arrumbado aquella pesadilla. Que, por fin, la Comunitat Valenciana había accedido a la rutina democrática y superado el aliento en la nuca que procedía del franquismo. Una creencia importante porque aquel clima de confrontación, durante un extenso tiempo, permitió blanquear a un sector del franquismo militante y del sociológico: mientras en el resto de España ambos caían en la inanidad, recogían velas, se auto-situaban en la marginalidad del nuevo régimen constitucional o bien buscaban el amparo de los partidos políticos más conservadores, en la Comunitat Valenciana todavía tuvimos que soportar la epifanía de franquistas transmutados en aparentes demócratas tras invocar su presunta valencianía.

Para ello, estos personajes hablaban en nombre de una lengua que apenas practicaban, cuando no despreciaban, y de una tierra que les resultaba distante, cuando no ajena, irguiéndose como defensores de las esencias locales. Lo hacían pese a que un conocido partido regionalista quiso penetrar en Alicante de la mano de quienes, como don Vicente Ramos, habían defendido la unión de Alicante con Murcia en un fantasmagórico Sureste, segregando aquélla de la Comunitat Valenciana. Que lo hacían cuando, en su mochila personal, transportaban la infamia de haber felicitado oficialmente a Franco por dar su visto bueno al fusilamiento de los últimos presos condenados a muerte por la Dictadura. Dos simples recuerdos personales de una acción mucho más amplia y dolorosa, como describe Borja Ribera en Una historia de violencia. La transición Valenciana (1975-1982) (Editorial Plural).

En ilustrado contraste con las sucias regurgitaciones anteriores, la Academia Valenciana de la Llengua (AVL) ha contribuido decisivamente, desde su creación en 1998, a la apertura de una etapa en la que sus trabajos han dignificado el valenciano. Éste dispone de unas herramientas, -gramática, diccionario, fonética-, que lo sitúan donde le corresponde al contar con un marco normativo que sigue la estela de las instituciones que, en otras lenguas, buscan objetivos similares: entre éstos, otorgar seguridad en el empleo del idioma e investigar todo aquello que su uso cotidiano añade, día a día, a su acervo inicial. Unas tareas que no son políticas sino académicas. Que precisan de especialistas de primer nivel, como los que han pasado por la AVL desde su creación. Una Academia que no es víctima de complejos ni de inseguridades frente a otras variedades lingüísticas porque acredita sus tareas hurgando en los múltiples giros idiomáticos que la pluralidad de las comarcas valencianas proporciona.

Reunión de Carlos Mazón y Verònica Cantó, presidenta de la AVL. Foto: JORGE GIL/EP

Sin embargo, frente a la idoneidad y crédito que merece la AVL, he aquí que, de nuevo, se alzan voces que sustentan el regreso al pasado: el retorno a las trincheras de la confrontación, de la lengua como arma de combate y no como instrumento imprescindible e insustituible de diálogo. Así, de pronto, un ayuntamiento, sin capacidad legal para ello, cambia la tilde del nombre de su ciudad y anuncia que recurrirá a una entidad distinta de la AVL para solicitarle asesoramiento en la materia.  Y esa ciudad resulta ser València, la capital de la Comunitat. Igualmente, un conseller del gobierno de la Generalitat, advertido de que tiene que mostrar respeto a la normativa de la AVL, opta por despreciarla: abandona el uso del valenciano y decide expresarse únicamente en castellano poniendo de relieve, de paso e implícitamente, el nulo valor que otorga a una de las instituciones presente en el mismo Estatut d’Autonomia al que, pública y solemnemente, ha jurado fidelidad (artículo 41: “L' Acadèmia Valenciana de la Llengua, institución de la Generalitat de carácter público, tiene por función determinar y elaborar, en su caso, la normativa lingüística del idioma valenciano.

La normativa lingüística de L'Acadèmia Valenciana de la Llengua será de aplicación obligatoria en todas las administraciones públicas de la Comunitat Valenciana.”)

 Y, para remate, el conseller de Educación, hasta que rectificó tras ser reconvenido, expresó su parecer de que el valenciano se podía hablar de más de una forma: algo que, siendo cierto en el habla coloquial, como sucede en el castellano y en cualquier otra lengua, rechina cuando quien lo expresa es el responsable del valenciano que se enseña en nuestras escuelas, esto es, el responsable del valenciano oficial (y se supone único) que corresponde impartir a la comunidad educativa.

 Y mientras el president Mazón, reunido con la presidente de la AVL, pide a ésta “gestos” para una etapa de “concordia”, he aquí que, pocos días después, su vicepresidente manifiesta, en sede parlamentaria, su voluntad de luchar contra el "pancatalanismo supremacista y cultural" que busca "robar nuestra singularidad, la identidad propia y busca separarnos de nuestros compatriotas de España".

¿Acaso son éstas unas palabras de concordia, cuando su punto de partida es la lucha? En absoluto. Se asemejan mucho más a los ecos del odio que sonaban en los años 70 y 80 y que, visto lo visto, algunos quieren mantener vivos usando, para ello, términos populistas y guerracivilistas de absoluta indeterminación, -significantes vacíos-, bien fáciles de reconducir hacia la plena arbitrariedad de las decisiones públicas.

Sí, arbitrariedad: porque, con un objetivos tan de brocha gorda como el señalado, ¿hasta dónde alcanzarán las iras desatadas contra el llamado pancatalanismo? ¿Aparecerán listas negras, arrojando a la basura la libertad de expresión individual y la imparcialidad de la administración autonómica? ¿Deberemos renegar de Raimon? ¿Serán sospechosos de robo cultural los escritores valencianos cuya obra, escrita en su propia lengua, se lea en Catalunya sin necesidad de traducción al catalán del Principado? ¿Tendrá Algemesí que mostrar la limpieza de sangre de su muixeranga, pese a ser Patrimonio de la Humanidad, por su proximidad a los castellets? ¿Será Escola Valenciana arrojada al fuego purificador del infierno de Dante, junto a sus decenas de miles de padres y profesores? ¿Se censurarán las publicaciones que adquiera la Biblioteca Valenciana? ¿Mereceremos la persecución de los nuevos Torquemadas quienes entendemos A Punt y TV3 sin haber estudiado dos lenguas distintas?

Foto: AYUNTAMIENTO DE VALÈNCIA

Recae en el inquilino del Palau de la Generalitat la responsabilidad última del Consell y de las políticas de las instituciones locales que cruzan los caminos competenciales autonómicos, como es el caso de la política lingüística valenciana. Y, si bien el pasado no debe iluminar `por norma el presente, sí merece servirle de referencia. Más aún cuando ese pasado advierte sobre el tiempo perdido a causa de las tormentas lingüísticas y el combustible con que se han alimentado las divisiones internas de los valencianos. Ahora, en 2023, no confío que, en respuesta al actual conseller de Cultura, se recupere aquel Decáleg d’Ares del Maestrat que, hace veinte años, impulsó el entonces conseller González Pons para extender la presencia del valenciano; sólo, como ciudadano de una Comunitat integradora, dialogante y ambiciosa de un futuro de progreso, me preocupa extraordinariamente que se regrese a  una nueva etapa de broncas, pérdidas reputacionales e improductividad en la gestión de la convivencia.

Por favor, no hagan del minotauro el  nuevo animal de compañía de la cultura y lengua valencianas.  

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