el interior de las cosas / OPINIÓN

La vida y la patria

19/07/2021 - 

Era noviembre de 2019, y la bella Habana bullía con la celebración del 500 aniversario de su fundación, con la pompa de grandes actos, fuegos artificiales, y actuaciones musicales que las lluvias del atardecer suspendieron en algunos barrios. Aquel 16 de noviembre el agua jugó su papel protagonista. El 500 Aniversario había restaurado los edificios más emblemáticos, recuperado espacios históricos, había pintado de colores las principales calles, sacado brillo a sus estatuas, se habían inaugurado hoteles de lujo y algún centro comercial como templo de un consumo inexistente entre el pueblo cubano. El día siguiente, era domingo, La Habana regresaba a su melancolía urbanaa su tristeza, a sus sueños y luchas ciudadanas. 

Era noviembre de 2019 y tuve la oportunidad de conocer gente interesante, colegas periodistas, fotógrafos, artistas, escritores, profesores, peluqueros y hosteleros. Así de simple e importante. Aquel otoño ya se respiraba en el aire el cansancio de décadas de una revolución, brillante en su origen y primeros años, que no ha evolucionado de la mano de la realidad del siglo XXI. Como si se precisara una nueva revolución, la del pueblo, su supervivencia y su dignidad. El gobierno cubano podría ir avanzando en el tiempo, asimilando que un país no puede seguir regido por principios de hace sesenta años. Que aquellos ideales y sentimientos cubanos, y la patria, están ahí, en el corazón y en la mirada de cada joven, de cada mujer y cada hombre. Pero la lucha por la supervivencia y las libertades es una prioridad inaplazable, es la revolución pendiente. 

Foto: Eduardo Peris

En noviembre de 2019 se palpaba esta jodida realidad, la carencia de productos esenciales, alimentos, medicamentos… los apagones, la grave ruina de las casas que en Habana Vieja contrastaban, rabiosamente, con un exceso de carteles que anunciaban la próxima construcción de nuevos hoteles, muchos con la etiqueta ‘de lujo’. Una realidad demasiado dura para vivirla cada día de cada año desde hace décadas. Se daban reuniones clandestinas, obviamente no permitidas, cuestión que ya no se entiende en los tiempos que corren. En esos encuentros la condena al bloqueo de EEUU era unánime pero, también, las críticas a un gobierno cubano débil que no gestionaba bien la economía local ni el bloqueo que en tiempos de Obama pudo cambiar de rumbo. Pero no sucedió. Y con Trump llegó otro periodo de terror económico y social, con ciertos grupos de cubanos exiliados en Miami coreando “más bloqueo” “más presión y penurias” -muchos han sido instigadores de las sanciones-, manipulando y reivindicando aquello que no les pertenece. Como si desearan que Cuba reviente o explote. Hermanos contra hermanos. Los mismos que hoy claman esa libertad que ya sabemos cuántas manos manosean.

Foto: A. P.

Después, una maldita pandemia cierra la isla al turismo. Sobrevivir es la prioridad, la urgencia. Sobrevivir y luchar, y reivindicar, porque de eso se trata. De comer, medicarse, vivir en casas habitables y reclamarlo como derechos fundamentales. Porque son derechos humanos. Los cambios y apertura que anunciara Raúl Castro y el actual presidente Díaz-Canel no llegaron, no llegan. Es el momento de escuchar a la gente cubana que sufre la mayor crisis de su historia más cercana. Y, mientras, tengo un amigo que vivió varios años en Habana y está desolado. Muy conocedor de la realidad, sufre con las opiniones y vivencias de sus amigos de allá. Se encuentra en el medio, como en la hermosa canción de Tontxu Ipiña que cuenta el dolor de las relaciones personales en los tiempos de plomo de ETA. Que tengo dos amigos, cada uno está en un bando y en el medio muero yo… 

Foto: A. P.

El maestro cubano Carlos Lazo, que reside en Nueva York, ha realizado publicaciones en redes sociales conmovedoras, sensatas, realistas, apoyando al pueblo que está en la calle, denunciando el bloqueo, y reclamando la esperanza de que no triunfe ni el odio ni la violencia. Con el pueblo cubano, sí, con los de allá y los de aquí, revolucionarios o anticomunistas, ateos o cristianos, santeros o católicos, con esos sí. Porque el mundo no se divide en ideologías sino entre los que aman y fundan y los que odian y destruyen… Por esos cubanos, los que salieron a la calle o los que se quedaron en casa, por esos seguiremos pidiendo el fin de las sanciones que atormentan y empobrecen a la familia cubana… Pero con los que desde lejos miran el holocausto con la boca hecha agua, el holocausto que ellos ayudaron a crear, con los que quieren anegar en sangre la tierra que los vio nacer… ¡con esos no voy ni de aquí a la esquina!. 

Foto: A. P.

Un buen amigo, vecino del Cerro, está jodidamente triste. Hace años que sufre este devenir. Me cuenta que incitar al odio entre hermanos lleva a la muerte, no a la vida ni a la patria. Y tiene miedo. Mucho. Me cuenta que no se pueden reprimir los derechos legítimos de un pueblo. La libertad y la dignidad son tan preciados como el pan para comer. A él no le ha movilizado ninguna estrategia estadounidense ni de otras marcas. Quizás a algunos sí, no parece ser que sea la mayoría, pero sobre la isla se están cruzando demasiadas informaciones no certeras. Hay que tener en cuenta, además, que varias generaciones cubanas no han conocido otra forma de vivir y les ha tocado lo peor de la hermosa historia de una revolución que todos amamos.

Aquí, en este país, también. Una “representante de la población cubana en una provincia” habló en una emisora y gastó más aliento en criticar a Podemos y PSOE que en defender y explicar la realidad de sus hermanos cubanos. El colega periodista Gorka Landaburu denunciaba en  redes sociales sobre que la hipocresía y la desfachatez del PP no tiene limite sobre Cuba. Omiten los viajes de Fraga y Aznar a la isla y sus encuentros con Fidel Castro. Bien callados están con China, la URSS o Hungría a la cual  apoyan, sin olvidar a Vox. Acá, en el primer mundo hay mucho polítogo y observadores de la realidad de otros países que generan el exceso de ruido que está mezclando el agua y el aceite. 

Foto: A. P.
Quizás hiciera falta más empatía, dentro y fuera de la isla. El artículo de  Carolina García Salas en oncubanwes.com , ¿Cómo le explico a mi abuela que no son delincuentes? advierte del peligro de estigmatizar y criminalizar a quienes salieron a la calle el 11 de julio, “porque salieron pidiendo libertad, comida y medicinas”. El 11 de julio es el catalizador de procesos que habían comenzado mucho antes. El gobierno perdió la oportunidad de sumarse a la transformación que impulsó su propia ciudadanía. Pudo apelar a la conciliación, pudo pedir un voto de confianza a la sociedad a la que se debe, pudo prometer que saldríamos juntos de la crisis, solicitar cordura en medio de la pandemia, garantizar revisiones y soluciones.

En La Habana se cruzan los sentimientos como lo hacen los pasos cansados de sus habitantes. En noviembre de 2019, desde Habana Vieja, Vedado, Mirarar, Cerro, La Víbora o Lawton, pude compartir y sentir dolor con la lucha sin tregua por una supervivencia al límite. (Fue triste contrastar las luchas, memoria y sueños de mi generación). Y con unas clases sociales que mostraban una aparentemente creciente clase media, una medio pobre, otra pobre y otra demasiado pobre. Allá, en aquel mes de hace dos años, todo seguía suspendido en el tiempo. El pueblo cubano esperaba y sigue esperando un desenlace que nunca llega. Miraban sin esperanza el futuro y reclamaban no ser espectadores en silencio. Son un pueblo ilustrado, que sufre, vive y resuelve, que observan un futuro incierto desde una isla que camina con pies de barro.

El escritor Leonardo Padura, ha remitido un artículo, titulado Un alarido, a medios de comunicación de diferentes países, en el que ha destacado: Un grito que es también el resultado de la desesperación de una sociedad que atraviesa no solo una larga crisis económica y una puntual crisis sanitaria, sino también una crisis de confianza y una pérdida de expectativas. La situación es desesperada y así lo están manifestando, cada día más, una larga lista de intelectuales cubanos y de otros países. Quizás sea el momento, la oportunidad de que el gobierno cubano escuche a la ciudadanía y se fije en las miradas y corazones de quienes reclaman derechos fundamentales y poder sobrevivir en la isla que tanto aman. La patria y la vida. 

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