Bitácora de un mundo reinventado / OPINIÓN

Metamundo

5/11/2021 - 

En el día de todos los santos, y aunque no soy muy santa, me homenajeo dedicando la mañana a mirar cómo gira mi colada. Necesito dar con una ocupación que no sea múltiple ni productiva ni que cotice o engrose mi currículum. Ni siquiera aspiro a llamarle ocupación, por eso planto una banqueta delante de la lavadora y me dedico a seguir los giros de la manta de Noa que necesita un programa mixto a treinta grados. 

De pronto mi mañana tiene sentido. Detengo el tiempo. Soy un gato desocupado, puro presente, delante de un amasijo de tela que gira en un ángulo y el contrario de forma alterna. Si pudiera lamerme las almohadillas de las patas de puro ocio, lo haría. El mundo por fin se ha ordenado. El mundo es un aria de Bach y yo no lo sabía. La colada baila y el motor emite un ronroneo de graves salpicado de crujidos y agudos arrastrados, como sirenas lejanas. Me concentro en la base rítmica, un oleaje de agua que rompe, y mi imaginación quiere colocarlo cerca del rumor de una playa. Posiblemente no hay tal sinfonía ni tal rompiente natural sino sólo la Siemens vario Perfect 8 kg, desobediente como todas las máquinas a las que me enfrento. Me ha chuleado tres veces con el centrifugado mientras intentaba escribir esta columna y por eso me planto enfrente y la vigilo. Esta vez he estudiado bien los comandos, he pegado mi nariz a la rueda: centrifugado adicional al mil cuatrocientas, no quiero que el agua vuelva a chorrear hasta el suelo cuando abra el tambor. 

Nunca me he llevado bien con las máquinas, por eso me estremezco al conocer los planes de Mark Zuckerberg para refinar su brujería: el metamundo. Alguien me manda su vídeo promocional y le veo explicar su maravilla mientras luce camiseta y zapatillas como si aún fuera aquél chaval un poco Asperger de su residencia de estudiantes en Harvard. Intento imaginar lo que me vende, pero me desconcentro, sólo me digo que no puede uno fiarse de alguien tan rubio que no tiene cejas, no puede uno pillarle la expresión. Rebautiza su corporación, que en adelante no se llamará Facebook sino Meta, y presenta el metaverso: una red de mundos virtuales por la que pasear (teletransportarse) a capricho. Espero no haberlo entendido bien. Espero que, cuando revisite la primera entrega de Matrix, esto que se anuncia no se parezca tanto a la película de culto: un mundo físico de mierda y un metamundo a la carta donde huele a flores. 

No creo que nos sofronicen para usarnos como una pila de litio, pero sabemos que nos usan para convertir nuestros datos en petróleo. Y una legión de ociosos como la que se avecina podría vaciar su vida en el metamundo ataviado con unas gafas de realidad virtual. Gente que, como yo ahora, puede perder la noción del tiempo mirando el tambor de su lavadora o regalar su vida a una pantalla durante años. El centrifugado de mi Siemens está en su cénit y me excito al comprobar cómo bailan los botes de detergente sobre el cuadro de mandos: me ha asaltado una imagen terrible, una humanidad disociada. Por un lado, una estirpe de currantes pluriempleados como yo, por otro: millones de jóvenes irrelevantes (irrelevantes, sí, los que no encontrarán curro en su vida) convertidos en materia prima para los planes del icónico programador. Para estos últimos ya no habrá nada que temer, la pantalla de su videojuego se habrá hecho infinita. Puede que los primeros costeemos el ingreso mínimo vital de los segundos, pero de esto no habla el señor Montaña de Azúcar (Zucker Berg), ni falta que le hace. Hotel Posmoderno, en su descarada Biografía No Autorizada de Mark Zuckerberg (editada en Che Books), nos recuerda que “Mark es el Colón de nuestro siglo: quería descubrir una aplicación que le facilitase follar y encontró un Nuevo Mundo”. Me ronda esta idea mientras vuelvo a su vídeo promocional y a su “interoperatividad” entre mundos o plataformas. Insiste en que podremos traer cosas del mundo físico al metaverso e imagino a Colón entregándole a un nativo semidesnudo a la reina Isabel. “Cualquier tipo de objeto anuncia el mago que se pueda representar digitalmente se podrá teletransportar”. Más allá del ocio y los videojuegos, Zuckerberg habla de encuentros empresariales y de aprendizaje, qué raro que no le hayan dicho que hable también de medicina, ¿conoceré la visita psiquiátrica virtual? ¿Cómo harán los pacientes cuando quieran llevarse un boli de mi mesa como recuerdo? El caso es que nuestro avatar podrá saltar de un metamundo al siguiente, ilustra el Mesías, mientras los currantes como yo no podemos ni tomarnos un café analógico con un amigo que vive a dos bloques de casa. 

No sé nada. Por no saber, no sé si pertenezco a la estirpe de los premiados. El pitido de mi lavadora anuncia el final del programa y compruebo que me he teletransportado. Abro el tambor temerosa de una nueva inundación, pero me felicito de palpar una humedad agradable en la manta de Noa. He tenido éxito. Quizá la máquina sólo quería un poco de compañía, algo de calor animal a su lado. Que la miren. Que alguien gire sus ruedas con una caricia lenta y la incluya en nuestra tribu. Unas palabras dulces, un cierre de la portezuela que hable de la gratitud por ahorrarme los sabañones de lavandera que sufrieron nuestras abuelas. 

La máquina que reclama al humano y el humano que reclama irse por los mundos virtuales. Nada cambia, en el fondo. Siempre existirán estos torpes desencuentros, estos cruces que inspiran comedias románticas o idilios imposibles. ¿Les habla Zuclerberg a sus dispositivos? ¿Acaso imagina que las máquinas sufren nostalgia de lo humano? Supongo que no. Supongo que sólo le ciega la vanidad de seguir tocando la flauta en su Hamelin de cuento.  

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