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'Des', un asesino en serie de firmes convicciones socialdemócratas

Los británicos de toda la vida han sido conscientes de que la realidad supera a la ficción porque no tiene por qué esforzarse en parecer real. Su escuela audiovisual ha estado siempre orientada al realismo, sus actores se parecían a tus vecinos, no a modelos publicitarios. La serie 'Des' sigue esta línea. Es la reconstrucción del procesamiento de un asesino en serie escocés. El departamento de policía funciona de pena, todos beben pintas como agua y el asesino tiene un cacao mental importante

24/04/2021 - 

VALÈNCIA. ¿Qué recordaré de la serie Des de ITV? Sin duda alguna, los comentarios del asesino sobre Thatcher. Son todos de un sentido común incontestable. Está indignado por lo que está pasando en su país. Aquellas huelgas, los cierres, el ajuste en los servicios públicos, todo lo que conocemos de aquella época, el gran pulso que le echó la primera ministra a los sindicatos, la gran revolución neoconservaora. Lo únicos es que lo deja caer mientras la policía le interroga por los cadáveres descuartizados que han aparecido en el jardín de su casa. Cosas que pasan.

Se trata del caso real de Dennis Nilsen, natural de Fraserburgh, Aberdeenshire, Escocia, y que falleció en 2018 en la cárcel, incinerado ante los policías y una persona con la que mantenía correspondencia. Un funcionario que residió entre 1978 y 1983 en Londres, invitaba a gente a su casa, la estrangulaba y, después de pasarse unos días jugando con el cadáver, los descuartizaba y los tiraba por el váter. Fueron las quejas de los vecinos por los frecuentes atascos lo que le delató. Cuando abrieron el colector pensaron que alguien tiraba restos de pollo por el desagüe.

Parece que su problema era que no podía soportar que le dejaran. Cuando estrangulaba a sus invitados era con el fin de que pasasen con él más tiempo, que no se fueran. Luego con los cuerpos hacía cosas como beber cervezas viendo la tele. Se estima que fueron quince personas sus víctimas.

La mini-serie, sin embargo, no repara en estas escenas, que sin duda hubieran hecho las delicias de los amantes del universo de los serial killers. El peso de la trama lo lleva, como de costumbre, el departamento de policía que funciona de forma precaria. La falta de fondos hace que las investigaciones no se puedan llevar a cabo hasta el final y en condiciones porque cuestan recursos que no tienen. Un poli malo tiene que advertir del presupuesto y el bueno, hacerse el sordo.

El detective que lleva el caso se pelea con las altas esferas y sus politiqueos. Para no salirnos del tópico, su sentido del deber es el que le crea los problemas y no al revés. El gran drama que se presenta es que el asesino puede ser considerado un loco y eludir el peso de la ley en su vertiente más dura. En los tres capítulos de los que se compone Des asistimos a cómo se logra demostrar que el criminal sabía perfectamente lo que hacía.

Es curioso porque en la primera escena en su casa, cuando el policía sabe que hay un cadáver por el olor, se lo preguntan directamente y él con toda amabilidad les indica dónde está. Sabe lo que ha hecho en todo momento y ya asume que la sociedad le castigará severamente por ello. Los comentarios políticos de barra de bar que añade como coletillas son un contraste gracioso, pero escalofriante. Parece que tiene un esquema de valores humanista y con sensibilidad social, siendo un asesino despiadado. Sin embargo, decide alegar problemas psiquiátricos por consejo de sus abogados. Es una historia que transcurre en pasillos, oficinas y salas de vis a vis.

Para saber el cómo y el porqué está el actor Jason Watkins interpretando a un escritor que trata de indagar en su mente: es Brian Masters, autor de Killing for company. Su gran hallazgo fue descubrir la ansiedad que le producía al asesino que le dejaran, que no quisieran estar con él. A un chico al que hizo regresar de la muerte después de haberlo estrangulado, que prácticamente lo resucitó porque su perro empezó a lamerle la cara, le dejó irse y lo llevó a la estación solo por la esperanza de que volviese a llamarle.

Hasta llegar a esos recovecos de su mente hay un gran trabajo de David Tennant y uno de los grandes éxitos de la serie es mostrar cómo les repele a los que le rodean su educación y buenas maneras prácticamente más que sus atrocidades. En un momento, cuando está detenido y pregunta quién está alimentando a su perro, exige un trato humano para el animal, que no tiene la culpa de nada, añade. Igual que cuando frivoliza con sus actos. A veces se le escapa algún chiste o se ríe de su propia situación, esa banalidad, comentarios cordiales como si estuviese hablando de frutas, estomagan a los investigadores y con razón.

Las opiniones contra Thatcher que ponen en su boca en la serie se deben a que era militante del Partido Laborista y parece que también del Partido Socialista de los Trabajadores. De hecho, antes ser un oficinista había sido policía y tuvo que dejar el cuerpo o ser trasladado por los problemas que tenía con sus compañeros por sus opiniones cada vez más de izquierda.

En la elaboración del guion hubo un cuidado exquisito por parte de Luke Neal para no molestar a los familiares de las víctimas. Se habló con ellas desde el principio para respetar la privacidad de las que no querían verse reflejadas en la serie. Ese es el motivo de que no se representara ningún asesinato en pantalla.

No es necesario en absoluto. A la brutalidad de ese hombre se accede por la palabra y el escalofrío, lo que buscan las historias sobre asesinos en serie, llega por su comportamiento posterior cargado de modales y buenas maneras. La actuación de Tennant es gloriosa y los detalles de época, así como los laberintos burocráticos que tienen que soportar los policías, consiguen crear una atmósfera estancada y en ocasiones pestilente. No extraña en absoluto que se tardasen cinco años para rodar estos tres capítulos. Un trabajo cien por cien británico, que casi siempre se traduce en calidad.

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