Entrevista

Libros y cómic

David Uclés: "Siendo adolescente te pueden vender las virtudes de una dictadura y que te parezca atractiva"

Tras el éxito de 'La península de las casas vacías', Uclés ganó el Premio Nadal con una novela surrealista sobre una Barcelona donde los tiempos se superponen y que debe ser salvada por escritoras y artistas como Carmen Laforet o Salvador Dalí

  • El escritor posa tras ganar el Premio Nadal con La ciudad de las luces muertas.
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VALÈNCIA. El camino de David Uclés (Úbeda, 1990) hacia la omnipresencia en la conversación literaria de todo el país es breve pero intenso. Publica dos novelas, una con la Universidad Complutense en 2020 (El llanto del león) y otra con la editorial independiente Dos Bigotes, especializada en literatura LGTBIQ+, ese mismo año (Emilio y Octubre). Más tarde ficha por MB Agencia Literaria y llega La península de las casas vacías (Siruela, 2024), un fenómeno del que es difícil no haber escuchado hablar —con 300.000 libros vendidos en dos años y unas 25 ediciones—. Un éxito que, según confiesa el propio Uclés, no le ha permitido escribir en dos años, dada una campaña de promoción que ha encadenado con el Premio Nadal para La ciudad de las luces muertas (Editorial Destino, 2026). 

Por eso cuando nos vemos con él en un hotel del Carrer de la Pau nos recibe cansado pero animoso. El escritor parece convivir con una ansiedad permanente contraindicada para su arritmia cardíaca y la felicidad permanente que produce estar donde quieres estar. En cierta forma, David Uclés se ancla y flota a la vez. Es el peso de una tremenda exposición mediática mezclado con la ligereza de sentirse agradecido con el destino —disculpen el juego de palabras, editores—. Conversamos con él sobre La ciudad de las luces muertas, el futuro político, la juventud, el surrealismo y la Barcelona de ayer y hoy.

- ¿Cómo llevas eso de que el escritor ya no solo escriba, sino que promociona, mueve, gestiona y es su propio altavoz? 
- Es algo que no aceptan todos los escritores. Yo como no escribo cuando promociono, pues no me importa. Ahora toca promocionar y ya luego escribiré. Pero hay otros escritores que tienen que compaginar la escritura con la promoción o con otro trabajo, y es normal que se vuelvan un poco locos. A mí, personalmente, me viene bien porque a mi mente le sientan bien los periodos de barbecho. Llevo dos años sin escribir, pero no pasa nada, aunque tengo muchas ganas de volver, y voy a hacerlo con un torrente de ideas. 

- ¿Tienes miedo a que la escritura se resienta, en este sentido? ¿Buscarás un momento más tranquilo, para escribir? 
- Siempre que he tenido que hacer una inmersión en la escritura me he alejado de todo. Siempre. Emilio y Octubre la terminé en Toulouse. La península de las casas vacías la terminé en un pequeño pueblecito del Mont Blanc, en Suiza. La ciudad de las luces muertas la terminé en Asturias, pero la escribí casi por completo en Barcelona. No conocía la ciudad antes de escribir este libro. Siempre he ido a sitios que me eran exóticos. A partir de verano me iré a Praga o algún sitio así, algo que no conozca, y me permita escribir. 

  • David Uclés, en la presentación de la novela en Barcelona -

- ¿Escribiste tu última novela ex profeso para la beca Montserrat Roig [ayuda del Ayuntamiento de Barcelona dotada con 6.000 € para el desarrollo de proyectos literarios vinculados a la ciudad]?
- La beca fue la única razón para escribirla, efectivamente. Tenía el espíritu de que el proyecto resaltara las estrellas literarias de la ciudad, y me dije ‘voy a intentar hacer lo que me piden’. Lo que ocurre es que cuando empiezo a investigar, me abrumo. La beca te pagaba dos meses allí y me quedé seis. Esa ciudad es enorme. Hay un paralelismo brutal entre la ciudad y sus múltiples etapas humanas, que van cambiando y son tan distintas como las arquitecturas que ves. Entonces quise plasmar todo esto.

La novela surge de la ciudad. Esto no lo he explicado nunca así: yo veo la ciudad y veo lo plural que es, lo distinta que es de barrio a barrio. Barcelona es polifónica, así que mi novela debía ser coral por necesidad. Hay ciudades que son un solo personaje, como por ejemplo, Santiago de Compostela. Es preciosa, me fascina, pero es un solo personaje. Mientras que Barcelona es coral, no podía ser de otra forma. Si me hubieran dado la beca en Roma, la novela sería sobre Roma. 

- Bueno, está la beca para residencias en la Real Academia de España en Roma.
- La pedí, de hecho, con un proyecto muy similar, pero no me la dieron. Me habría gustado hacer aquello, pero ya no la voy a pedir. Ahora no la necesito. No tengo esa cara de presentarme ahora a cosas que le pueden venir bien a escritores que están empezando.

Un carnaval, un palimpsesto, un torrente de imágenes, un retablo barroco, una fantasmagoría, un calidoscopio, todos esos adjetivos van bien en esta novela

- Leyendo La ciudad de las luces muertas más que en Roma, yo pensaba en Venecia. Puede que por la cercanía de fechas con nuestro carnaval: ¿Esta novela es un desfile de carnaval en el que te disfrazas de decenas de literatos y artistas? 
- Un carnaval, un palimpsesto, un torrente de imágenes, un retablo barroco, una fantasmagoría, un calidoscopio, todos esos adjetivos me parece que van bien, sí.

- ¿Tuviste reparos al ‘disfrazarte’ de esos literatos? Me refiero a si pensaste ‘Igual Cortázar no hablaría así como yo hago que hable, tal vez Manuel Vázquez Montalbán se expresaría de otra forma’.
- Sí, pero tampoco es un ensayo. No tuve la obsesión de tallarlos exactamente como eran, porque la novela no tiene una ambición realista. Lo que sí intenté fue captar algún deje. Mercè Rodoreda terminaba muchas frases diciendo ‘¿Verdad? ¿Verdad?’. Montalbán, su carácter, intenté también imprimirlo un poco en el personaje. En cuanto a manera de hablar, la parte inicial de Carmen Laforet es más naif y me daba miedo, pero luego envejece y tiene otro lenguaje. Josep Maria de Sagarra intento hacer su fraseo más elevado y barroco. La carta que escribe imita también su caligrafía. El encuentro entre Jean Genet y Terenci Moix me permite imaginar un intercambio que son los únicos personajes que podrían haberlo hecho así… me refiero a que intenté plasmarlo pero sin obsesionarme. 

- Los personajes femeninos de esta novela, de alguna forma, son los que hacen avanzar la historia. Todo empieza y termina con Carmen Laforet, al tiempo que otros como Maria Aurèlia Capmany resultan clave para devolver a Barcelona a la normalidad. ¿La historia avanza con las mujeres mientras los hombres se divierten?
- [Ríe] Es divertido leerlo así, aunque la novela se ríe de algunos hombres, también. Pero sí, yo diría que los personajes que sostienen la historia son Carmen Laforet, Montserrat Roig, Mercè Rodoreda, Maria Aurèlia Capmany y Mari Pepa Colomer. ¿Por qué salió así? De alguna forma pensé: por fin puedo hacer una novela en la que las protagonistas son mujeres, que muchas veces la propia historia te lo impide. Por ejemplo, La Península de las casas vacías me lo impedía por la importancia de ciertos hombres durante la guerra. Fui feliz ante la idea de que esta historia me brindara esa oportunidad, además de darle un papel tan relevante a mi escritora favorita, Carmen Laforet. 

Disfruté mucho viendo que mis personajes preferidos eran mujeres porque siempre hay un trabajo de recuperación de memoria literaria cuando haces un homenaje como este [señala su libro]. Intento poner el foco en las mujeres porque fueron las que menos voz tuvieron. Por ejemplo, si hablo de realismo mágico, primero hablo de Elena Garro y de María Luisa Bombal y luego ya de Márquez.

Para mí el arte es buscar algo que me parece bello y llevárselo a la gente que no ha podido conocerlo

- ¿La ciudad de las luces muertas es también tu descubrimiento de autores y autoras que crees que merecen más atención?
- Es que la literatura puede ser un ejercicio de rescatar voces que no tuvieron la suerte de tener el reconocimiento merecido. Por ejemplo, en los últimos tiempos se está rescatando justamente la obra de Jean Genet en España, la obra de Agustín Gómez Arcos, de María Luisa Bombal, de Chávez Nogales… Hay una función en la escritura, que en mi caso era buscada, de recuperación de memoria literaria. Ahora estoy fascinado, por ejemplo, con La muerte y la primavera, de Mercè Rodoreda, y he convencido a Club Editor para hacer una nueva edición, en la que dibujo la portada y la contra, y escribo un prólogo que atraiga a los lectores para decirles: “estáis ante una novela increíble”.

En general, para mí el arte es buscar algo que me parece bello y llevárselo a la gente que no ha podido conocerlo. Yo dediqué casi 15 años a viajar por todos lados para investigar la guerra, porque quería dárselo todo en un solo libro al lector que no supiera mucho de la guerra civil. En este caso, quiero coger Barcelona, meterla en un bote y entregársela a un lector. Y eso me permite descubrirle autores y autoras que tal vez no conocía, o que yo mismo no conocía bien antes de ponerme a escribir.

  • David Uclés ha vendido ya 300000 ejemplares de La península de las casas vacías

- También la sátira está presente aquí. En la novela narras un episodio en el que Mario Vargas Llosa quiere someterse voluntariamente a una operación que le cambie el corazón de lugar, porque le molesta tenerlo en la izquierda. ¿Crees que la ideología conservadora está vinculada a la edad y el poder? ¿Esa idea de cuánto mayor te haces, más de derechas te vuelves?
- Los cambios de ideología pueden pasar por experiencias vitales, como por ejemplo le pasó a muchos escritores franceses que, siendo de derecha liberal, vinieron durante la Guerra Civil y viraron hacia la izquierda, como le ocurrió a Georges Bernanos. Y al revés también puede ocurrir, hay multitud de ejemplos de intelectuales que con el paso de los años se van haciendo más de derecha. Lo veo mucho, y tiene sentido. Me refiero a que la izquierda es más utópica, es más idealista y requiere imaginación y una cierta llama interior de querer un mundo distinto a este. Y eso son ideas más propias de la juventud. Pero conforme uno se va haciendo mayor, tiene menos fuelle, menos chispa, y quiere la estabilidad, quiere conservar las cosas como están, no que sean distintas. 

- Es paradójico el relato que se está instaurando ahora de que la juventud es más reaccionaria, ¿no? 
- Bueno, ojo, porque estamos hablando de la juventud que es una etapa idealista pero también muy maleable. Siendo adolescente te pueden vender las virtudes de una dictadura del proletariado o de una dictadura fascista, y eso puede resultar atractivo en tu mente. 

- También está la idea de disputar ese relato: la juventud es reaccionaria y se siente atraída por la idea de una dictadura porque solo conoce la democracia. Pero cuando sean adultos, tal vez le vean las orejas al lobo y cambien de opinión. Al final la juventud es pasajera y puede que su ideología también. ¿Qué opinas tú? 
- En ese sentido soy más agorero que tú. Una vez me dijo un traumatólogo que hay un huesecito en la cadera que se cierra a los 22 años y ya no crece más, ya es imposible que cambie. Y con el carácter puede pasar algo parecido. Además, en este país es muy difícil el ejercicio de hacer análisis, cambiar públicamente de opinión y decir ‘me equivoqué con esto, pido disculpas’. Igual es que ahora soy muy agorero, pero creo que Vox tendrá más representación que el PP en cuestión de seis años. He estado en muchos institutos, he visto cómo cantan el ‘Cara al sol’, se saben la letra, como les hablan de consignas fascistas en los gimnasios en los que hacen crossfit, cómo dicen con ligereza que habría que volver al 36 y terminar lo que se empezó… 

- Igual es una necesidad vital de mantener un poco la esperanza, pero me niego a pensar que sea la opinión mayoritaria entre la juventud. 
- Claro, no, no, es que es minoritario. Son muy pocos, pero hacen mucho ruido. Y ese ruido cada vez llega a más gente, y se van haciendo fuertes. Ojalá me equivoque. Preferiría hablar contigo dentro de seis años y que me digas que exageré a que yo te diga “¿Viste como tenía razón?”. 

- Hablando de juventud, también tengo la sensación de que esta novela es más vitalista, más accesible que La península de las casas vacías. ¿Querías hacer algo más ligero, más juguetón?
- Hace poco leía en una crítica que decía que La ciudad de las luces muertas podía leerla tanto un adolescente como un adulto formado. No sé si lo decían como algo bueno o algo malo, pero pensé: ‘me gustaría que esta novela también pudiera ser leída por un sector de población más amplio’. Dicho esto, la verdad es que está pensada como un juego. 

Cuando empecé a construirla establecí una buena relación con un miembro del grupo Oulipo francés [acrónimo de “Ouvroir de littérature potentielle”, en castellano conocido como “Taller de literatura potencial”]. Y quise hacer una novela oulipiana: quería escribir un dodecaedro en la que cada parte de la novela fuese un barrio de Barcelona, y cada arista un personaje literario distinto. Pero al final la idea fue evolucionando hacia un relato ‘aventuresco’, que ofreciese una imagen de la ciudad. Eso no significa que no fuese riguroso. Por ejemplo, el personaje de Laforet tiene mucho recorrido en la novela y estoy orgulloso del retrato que hago de ella. Me han escrito su hija, su sobrina y su nieta para darme la enhorabuena, así que yo ya estoy contento.  

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