Hubo un tiempo en el que la autonomía de la Comunitat Valenciana formaba parte de un hermoso triángulo: “Llibertat, Amnistía i Estatut d’Autonomía”. Mucha de nuestra actual población no puede revivir la emoción que acompañaba a este lema porque de su proclama ya ha transcurrido más de 50 años. Somos minoritarios quienes vivimos aquellos tiempos de Transición hacia un nuevo escenario de libertades, justicia y reparación histórica que, por fin, nos identificaba como demócratas y valencianos.
Aquel grito por la Autonomía nacía del sentimiento y de la memoria. Nacía de los hijos de una tierra que guardaba el gran tesoro del valenciano y una cultura propia; emergía de una historia que nos impelía a retirar de la circulación el enorme centralismo que, durante siglos, había capturado valiosas energías de la periferia española; surgía, en fin, de una autoafirmación y confianza en nosotros mismos como actores de un tiempo abierto.
Junto a las emociones que promovían una ruta diferenciada, coherente con la redistribución del poder político, se situaban las razones ligadas a la funcionalidad de las nuevas instituciones. La recuperada Generalitat tenía que servir para acelerar los cambios internos que precisaba una Comunitat con serios problemas en su dotación de servicios fundamentales. Quienes repasen las series históricas de capital público elaboradas por el IVIE, -un cómplice imprescindible para conocernos por dentro-, comprobarán el déficit que la Generalitat heredaba del franquismo. Y, junto a la superación de éste, se alzaba la ambición de comprometer a empresas, trabajadores y profesionales en un renovado apetito de superación, innovación y apertura a nuevos retos.
En la década de los 70 hubo años en los que la exportación valenciana representaba la quinta parte del total español, con una acentuada propensión hacia Europa. Deseábamos eso y mucho más: llegar a las dos caras del Pacífico, la de EEUU y Latinoamérica, y la de Japón y los Tigres asiáticos. Y hacerlo con nuevos productos y procesos que desprendiesen calidad, diseño, servicio, formación de trabajadores y empresarios, creación de sucursales y filiales, con apoyos de las instituciones feriales de Alicante y València y de la propia Generalitat. Hacerlo con un efecto demostración y de arrastre que se ganara la complicidad de las principales actividades económicas.
Todo ello perseguía que se pudieran conseguir salarios y beneficios mayores. Unos beneficios ue permitieran superar las limitaciones reinversoras de unas pymes llamadas a ser, en la visión autonómica, empresas ejemplares y semilla de grandes firmas que fortalecieran el tejido económico existente. Metas para aproximarnos no sólo en lo político, sino también en lo social y económico, a esa Europa con la que, en 1985, acordamos la plena integración.
Aunque algunos de los objetivos perseguidos no se alcanzaron o no lo hicieron con la fiereza necesaria; aunque hubiera gente que traicionara sus responsabilidades con el pueblo valenciano y despertara una época de grandes despilfarros, algo hemos aprendido: primero, que nuestra causa no es la de otros lugares, sino la que brota de nuestras necesidades, aspiraciones y ambiciones. Y, de igual modo, hemos aprendido que, prácticamente desde el inicio de nuestra Autonomía, la financiación de la Generalitat no ha sido suficiente ni ecuánime. Que la infrafinanciación ha secuestrado, a lo largo de más de 35 años, una parte de nuestro futuro, de nuestro bienestar, de nuestra energía.
Había sucedido desde el principio, en los años 80 y siguientes, cuando se aplicó el mal llamado coste efectivo, -no era ni lo uno ni lo otro-, derivado de un cómputo antediluviano de los gastos de la administración central, ajeno a la contabilidad de costes; un cómputo de resultados aleatorios que, además, eludía los déficits históricos acumulados en equipamientos escolares y sanitarios y castigaba a las CCAA que, como la valenciana, apechugaron con tales servicios desde bien pronto.
De igual modo, no fue justo el modelo aplicado a partir de 2001 que, entre otras consecuencias, impidió, mediante una artimaña propia del Estado oscuro, la repercusión financiera del fuerte aumento de población experimentado por la Comunitat durante la primera década del siglo XXI. Y, si la referencia es el modelo de 2009, ¿qué decir que no se haya dicho ya acerca de sus efectos demoledores sobre los valencianos, en parte por la indolencia de la Generalitat de entonces? Pues bien: se diga lo que se diga ahora, lo bien cierto es que el Perú valenciano se jodió mucho y mucho antes de que aparecieran los Junqueras y los Puigdemont.
La propuesta recientemente conocida, -aunque los detalles explicados no completan aún la transparencia requerida-, remite a una situación distinta: por fin parece que se hace eco del “problema valenciano”. Veremos con qué intensidad, pero adopta la dirección deseada. No hay excusas políticas como las que se expusieron hace meses: no existe cupo, concierto fiscal ni una “singularidad” exclusiva y excluyente para Cataluña, puesto que la aplicación del nuevo modelo se comparte con las restantes CCAA, siendo la valenciana una de las que más destacan por la mejora prevista de su financiación, tanto en valores absolutos como relativos.
Este modelo de financiación nos sitúa ante una oportunidad que, de perderse, perjudicará al pueblo valenciano y beneficiará a la extrema derecha. Lo hará porque la gobernabilidad de la Generalitat no es ajena, en absoluto, a la situación de su hacienda y ésta es extremadamente precaria por la acumulación de déficits y deuda. Porque continuaremos en la senda de una menor capacidad económica para sanar, educar y atender los servicios de la dependencia. Porque seguiremos estancados en esa tendencia económica que nos impide mostrar liderazgo ante el resto de la economía española, acelerar nuestro nivel de renta per cápita e intensificar su redistribución. En definitiva, porque la valenciana podría convertirse en la primera Comunidad Autónoma fallida. Una consecuencia que permitiría, a los enemigos del Estado de las Autonomías, “justificar” sus ansias de recentralizar la sanidad y la educación como primer paso para esterilizar la Generalitat y el autogobierno valenciano: ser, pues, cobayas de un ensayo de demolición, como ya lo fuimos en 1707.
De otra parte, mostrar laxitud ante el nuevo modelo o enquistarse en su negación por mandato superior sería una irresponsabilidad de imposible justificación racional. Los primeros cálculos realizados a partir del modelo presentado (1) revelan que la Comunitat Valenciana sale ganando, incluso en algunos de los aspectos más controvertidos, como la opción de recaudar el IVA de las pymes o el Fondo Climático. A ello se añade la fuerte reducción de la insultante distancia ahora existente con las CCAA de régimen común mejor financiadas: el principal caballo de batalla del modelo todavía vigente.
Llegados a este punto, si de verdad estiman la Autonomía de los valencianos, no dejen que se hunda por falta de diálogo y piensen menos en las estrategias partidarias y mucho más en lo que une a la mayoría de quienes integramos la ciudadanía valenciana: nuestra condición democrática. Y ser demócrata más que partidista debería conducir al president de la Generalitat a aceptar y plantear al gobierno español cuantas ocasiones de negociación resulten necesarias y a impulsar foros domésticos de concertación política y con la sociedad civil. Evitando, pues, las insólitas excusas argüidas por el portavoz del Consell y actuando como president de un gran pueblo que se llama Comunitat Valenciana: ¿lo dudaría si el beneficiario de la mayor financiación fuera su amado Finestrat?
Merece aceptarse ese escenario de diálogo porque lo contrario supondría la renuncia a pelear por los flecos del nuevo modelo que interesan, especialmente, a los valencianos. Entre éstos, el tratamiento de la evolución de la población, -de nuevo estamos en una etapa de intenso crecimiento demográfico que debe repercutir en más euros, evitando lo ocurrido con el llamado “modelo Zaplana”; la implantación de una nueva contabilidad del gasto en salud que contemple una capacidad complementaria para afrontar pandemias; y la ampliación del fondo relativo al cambio climático: si existe alguna duda a este respecto, imaginen las medidas necesarias para responder con solvencia a las inundaciones, los incendios forestales, la erosión de las playas y la incidencia del calentamiento global sobre la salud. Ante tales riesgos, la cifra asignada a dicho fondo destaca por su insuficiencia: aunque se prime la participación de las regiones mediterráneas, sólo 1.004 millones para el conjunto de España.
Asìmismo, conviene aceptar y crear cauces de diálogo porque Hacienda está dispuesta a abrir el grifo de la nivelación vertical, con los famosos 20.975 millones de euros de aportación adicional en 2027, de los que 3.669 corresponderían a la Comunitat Valenciana: un hecho que no puede aislarse de la excelente evolución de la recaudación tributaria conseguida en los últimos años Una circunstancia que hay que aprovechar ahora, porque es bien conocida la reacción de este ministerio cuando le vienen mal dadas: la época del ministro Montoro puede servir de guía y ejemplo.
Finalmente, tampoco toca decir: lo tomas o lo dejas. Para la Comunitat Valenciana la financiación es nuestra particular cuestión de Estado y los matices importan: para evitar sorpresas negativas y para mejorar el nuevo modelo. Trátenlo, pues, como demócratas y valencianos: con responsabilidad, inteligencia y sensibilidad y no como un artefacto más de brega y polarización a cuenta del fondo de nivelación o de la quita de la deuda. Sean prácticos y piensen en soluciones imaginativas cinceladas por el acuerdo: desde convenios con el gobierno para cofinanciar infraestructuras autonómicas, en el caso del fondo, a la reestructuración temporal de la deuda y su carga financiera u otras que sugieran nuestros mejores expertos. Porque los tenemos.
Somos cerca de 5.5 millones de personas en la Comunitat: tengan el debido respeto hacia ellas y una especial identificación con una Autonomía regenerada que les abra nuevos horizontes, descubra sus capacidades y aliente sus nobles ambiciones.