Ha comenzado el mundial de fútbol. Durante las próximas semanas se van a cansar de oír a comentaristas destacar una y otra vez la importancia de los espacios en el juego: cómo generarlos, cómo protegerlos y, sobre todo, cómo ocuparlos. Algo muy parecido sucede en otro juego: el de la política.
La definición clásica de la política nos dice que es la actividad orientada a resolver los problemas de los ciudadanos y mejorar sus condiciones de vida. Es lo mismo que decir que los niños vienen de París transportados por una cigüeña. La política, en realidad, es mucho más tangible: es el arte de ocupar espacios. Es, por tanto, una práctica extremadamente competitiva por la ocupación y conservación de áreas de poder.
En política, esta competición se produce en una doble dimensión: la externa y la interna. La primera hace referencia a los intereses de las diferentes formaciones que, legítimamente, aspiran a obtener el poder. Ahora bien, el poder es limitado. Y cuando alguien lo ocupa, otros quedan necesariamente fuera. La consecuencia es una incesante carrera para impedir que otros ocupen ese espacio. Carl Schmitt sostenía que la esencia de la política reside en la distinción entre amigo y enemigo. Buena parte de la actividad partidista contemporánea parece confirmar su diagnóstico.
El gobierno de turno, en lugar de centrar todos sus esfuerzos en gestionar con rigor para conservar el poder, utiliza todos los resortes para desprestigiar al aspirante. Fíjense, si no, en los actuales casos de cloacas del Estado. La oposición, por su parte, hace cuanto puede para erosionar al gobierno, convirtiendo cualquier situación, por nimia que sea, en un presunto fin del mundo.
Escuchaba a Iñaki Gabilondo en una reciente conferencia organizada por La Vanguardia defender que la política debía ser una actividad de consensos y no de enfrentamientos. Es una visión atractiva, aunque difícilmente compatible con la lógica competitiva que domina hoy la vida partidista.
Las ansias de poder de los partidos hacen que, en lugar de buscar acuerdos en aras del bien común, la política se resuma en una frase: quítate tú para ponerme yo. A ojos de los políticos, el consenso evidencia debilidad. Para quien ocupa el poder, porque otorga protagonismo a sus adversarios. Para quien aspira a alcanzarlo, porque facilita la tarea de quienes ya lo ejercen. Por eso vivimos instalados en una confrontación permanente.
En la dimensión interna, asistimos periódicamente a cruentos enfrentamientos entre miembros del mismo partido para ocupar el mismo espacio. Henry Kissinger decía que “las luchas internas son feroces precisamente porque lo que está en juego suele ser muy poco”. Por tanto, quien aspira a estar en una lista debe eliminar a la competencia para despejarse el camino. La pregunta pertinente es si lo hace convencido de que es más capaz, de que su propuesta política es más afinada o efectiva o de que, simplemente, porque la política le ofrece una carrera profesional difícilmente equiparable a la que podría desarrollar fuera de ella.
El día a día parece ofrecer más ejemplos de quienes conciben la política como una carrera profesional que de quienes llegan a ella impulsados por una vocación transformadora. Bajo la noble vitola de servidor público, topamos con personas que jamás han trabajado en el sector privado, sino que desde jóvenes han hecho carrera en su partido.
Hace más de un siglo, Robert Michels ya lanzó su “ley de hierro de la oligarquía”, según la cual toda organización tiende a generar una élite profesional interesada en preservar su posición. Para comprobarlo, basta echar una ojeada a los barones del Partido Popular, buena parte de los cuales ya salía hace décadas en los cromos de nuevas generaciones. O al portavoz socialista en el Congreso, Patxi López, presente en responsabilidades institucionales y orgánicas desde los años ochenta. La lista podría resultar interminable.
Muchos de ellos se aferran a sus cargos porque abandonar la política implica renunciar a la única carrera profesional que conocen. El fenómeno puede observarse tanto en la política nacional como en la local, donde no son pocos los dirigentes que prolongan su presencia institucional mucho más allá de sus mejores años políticos. En Alcoy, sin ir más lejos, el ex alcalde popular Jorge Sedano alargó su estancia en el Ayuntamiento ocho años después de dejar la vara de mando. Y su sucesor, el socialista Antonio Francés, se resiste a retirarse tras 19 años en la casa consistorial.
¿Y dónde queda el ciudadano? Desgraciadamente, en última fila. El administrado se convierte en un elemento más del decorado de un escenario en el que todos los actores buscan exclusivamente su interés particular. Si eso, de paso, implica alguna mejora, pues mejor que mejor. Volviendo al símil futbolístico, los jugadores chocan y chocan para ocupar los espacios, pero nadie le marca un gol ni al arco iris.
Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor de Historia