Opinión

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El problema de las redes no es que nos mientan

Publicado: 23/03/2026 ·06:00
Actualizado: 23/03/2026 · 06:00
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CASTELLÓ. Lo que nos debería de preocupar realmente sobre las redes sociales no es la desinformación.

Vivimos un momento en el que la conversación pública sobre desinformación parece girar siempre en torno a lo mismo: deepfakes cada vez más realistas, campañas coordinadas para influir en elecciones, avatares generados por IA capaces de decir cualquier cosa con la voz y el rostro de otra persona, gobiernos y empresas manipulando narrativas. Y sí, todo eso existe. La inteligencia artificial generativa ha reducido drásticamente el coste de producir contenido falso creíble. Hoy cualquiera puede fabricar un vídeo verosímil en minutos.

Pero quizá el debate más importante no está solo en lo que otros pueden hacer para manipularnos, sino en lo que nosotros decidimos hacer con la información que tenemos a nuestro alcance.

Nunca en la historia de la humanidad hemos tenido tanto acceso al conocimiento. Hace cien años, la mayoría de la población mundial no tenía estudios secundarios. El acceso a libros dependía de bibliotecas físicas —cuando existían— y la información internacional llegaba con días o semanas de retraso a través de periódicos. Hace cincuenta años, una enciclopedia completa era un lujo doméstico. Hoy, cualquier persona con un teléfono móvil tiene acceso inmediato a más información de la que podía consultar un jefe de Estado en 1950.

Se estima que cada día se generan cientos de millones de gigabytes de datos en el mundo. Pero más allá de la cifra exacta, lo relevante es que el conocimiento humano acumulado está, literalmente, en nuestro bolsillo. Podemos acceder a cursos de las mejores universidades, a publicaciones científicas, a archivos históricos digitalizados, a conferencias de expertos de cualquier disciplina. La barrera de entrada al saber nunca ha sido tan baja.

Y, sin embargo, nunca hemos estado tan expuestos a la superficialidad.

El problema no es solo que exista desinformación. El problema es que, teniendo la posibilidad de contrastar, investigar y profundizar, preferimos a menudo consumir entretenimiento inmediato. No hay nada malo en distraerse en una vida acelerada. Pero cuando la distracción sustituye sistemáticamente a la formación, el resultado no es descanso: es ignorancia.

Una persona que acepta como cierto cualquier contenido bien producido —por más convincente que parezca— no es víctima únicamente de la tecnología; es víctima de su propia falta de espíritu crítico. La historia está llena de ejemplos. Durante siglos se dió por evidente que la Tierra era el centro del universo. Cuando Galileo defendió el heliocentrismo, no solo cuestionaba una teoría científica: cuestionaba una verdad socialmente incuestionable. Y mucho antes, la idea de una Tierra plana era simplemente la explicación más intuitiva a lo que los ojos veían.

La verdad rara vez es la más cómoda o la más inmediata. Exige contraste, duda, pensamiento crítico.

Por eso, aunque regular plataformas y desarrollar herramientas de detección sea necesario, el núcleo del problema es cultural. Podemos exigir más control a las redes sociales, pero si como individuos no desarrollamos autocrítica, seguiremos siendo vulnerables. La tecnología amplifica; no sustituye el juicio.

La desinformación no se combate solo con algoritmos más sofisticados. Se combate con ciudadanos más formados. Tenemos acceso a una cantidad de conocimiento que generaciones anteriores ni siquiera podían imaginar. Desaprovecharlo y elegir permanecer en la superficie es, en cierto modo, una forma moderna de ignorancia voluntaria.

La pregunta no es si nos pueden manipular. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a aprender para que no lo hagan.

Jose Bort. Presidente Fundación E&S, XarxaTec y autor de El Buen Emprendedor

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