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la cultura invisible / OPINIÓN

La noche en que Green Day tocó en una casa okupa de Vila-real ante 150 personas

21/04/2019 - 

 Según la RAE, en su segunda acepción, una leyenda sería un «relato basado en un hecho o un personaje reales, deformado o magnificado por la fantasía o la admiración». Esta semana, el día 23 de abril, se cumplirá el veintiséis aniversario de un hecho que se narra en formato de leyenda desde entonces por los mentideros del punk, del rock… de la provincia de Castellón, pero que la sobrepasa, y corre por blogs, revistas especializadas de música o emisoras de radio de lugares lejanos; una historia que se cuenta y cuesta de creer. Pero siempre hay alguien que conoce a alguien que estuvo en el concierto que la banda americana Green Day dio en la casa okupa de Vila-real en 1993 ante un aforo de unas 150 personas.

El primer recuerdo que tengo de aquello es yo con casi diecinueve años caminando por la calle Doctor Font de Vila-real. Allí un amigo que estudiaba en Zaragoza me dio la noticia, la gente de Producciones Zambombo nos proponían un concierto de Green Day para el viernes 23. Tenían esa fecha suelta, después de tocar en la sala Garatge de Barcelona el 22 y antes de la sala Revolver de Madrid el 24. Los acompañarían Trip Inside de Zaragoza, a los que ya conocíamos. Nos pedían confirmarlo. Yo debía proponerlo a la asamblea, pero ya intuía que el concierto se iba a producir. Aunque Green Day, que recorría Europa por segunda vez, todavía no salía en televisión ni llenaba estadios de fútbol, para nosotros era una oportunidad única para verlos en directo, porque teníamos muy escuchados 39/Smooth y Kerplunk. Y así fue como, tras aprobarlo en la asamblea, llamamos a Zaragoza desde la cabina de teléfono que había junto al Ateneu Llibertari La Kanya, la casa okupa que autogestionábamos con tanto esfuerzo. No era el primer grupo extranjero que hacía escala en el pueblo para actuar en nuestro centro social, ni fue el último, pero no imaginábamos la repercusión que aquello tendría, ni la leyenda que se forjaría de aquella tarde.

siempre hay alguien que conoce a alguien que estuvo en el concierto que la banda americana Green Day dio en la casa okupa de Vila-real en 1993 ante un aforo de unas 150 personas.

Del concierto no recuerdo gran cosa. Sé que estuve en la taquilla cobrando las quinientas pesetas que valía la entrada, y luego atendí la barra hasta el final. Creo que salí en un par de ocasiones para vivirlo de cerca, pero no lo recuerdo. Recuerdo todo lo demás. Recuerdo que aquellos chicos eran apenas dos años mayores que nosotros, otros chavales casi imberbes. Recuerdo que cenaron nuestros populares bocadillos vegetal o vegetal con queso. Recuerdo que después vinieron con nosotros al pub Merlín, donde pasábamos las noches de viernes y sábado. Recuerdo que de pronto Green Day dejaron de ser Green Day, un ente abstracto californiano que escuchaba en la intimidad de mi habitación, para ser tan sólo Billie, Mike y Tré. Tres chavales que en unas horas parecían unos de nosotros. Recuerdo que nos dijeron que habían firmado con Reprise Records, subsidiaria de Warner Bros. Y que aquélla era su última gira underground, y el nuestro uno de sus últimos conciertos. A partir de ahí todo aquello iba a terminar. Los conciertos en squats, los aforos de doscientas personas, dormir en sacos en el suelo… Recuerdo que lo vivimos como una despedida, y creo que ellos también.

El último recuerdo de aquella noche fue un regalo, una de esas cosas sin importancia que se afianza en la memoria y resiste el paso del tiempo. Era de madrugada. Sólo quedábamos tres o cuatro personas en pie. El bajista de Green Day, Mike Dirnt, yo y no consigo recordar quién más. Estábamos allí, con el bajo, hablando de música y de cosas que sólo tienen sentido para un adolescente cuando la noche enferma y muere y la mañana comienza a destruir la calma desde el horizonte. Entonces comenzamos a hablar de los Clash, y tomé su bajo y toqué el Jimmy Jazz. Mike me pidió que le enseñara cómo era, y la estuvimos tocando un rato. Y puede que la cantáramos también. Y así termina esta historia. Con dos chavales que no iban a volver a verse nunca agotando la noche tocando a los Clash. El año siguiente publicaron Dookie y comenzaron a llenar estadios.

Veintiséis años después, siempre que suenan Green Day en la televisión o en la radio todavía me pregunto si Mike se acordará de aquella escala de los Clash, si la tocará en algún rato muerto entre bolos y recordará de dónde salió. Si él, Billie y Tré se acordarán de nosotros, de aquella noche en nuestra pequeña casa, en nuestro querido pub Merlín, en nuestras calles vacías en la pequeña madrugada de nuestro pequeño mundo. La noche en que Green Day tocó en nuestra pequeña casa okupa de Vila-real ante 150 personas, aunque ya saben lo que dicen, es una leyenda.


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